Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia

El presidente Henry B. Eyring saluda a los miembros antes de la dedicación de un centro de reuniones. Él ha servido en la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce Apóstoles, el Obispado Presidente y como miembro de los Setenta.

La familia del presidente Eyring (de izquierda a derecha): su padre, Henry; sus hermanos, Ted y Harden; Henry de pequeño o “Hal”; su madre, Mildred.

Pocos años después de que Henry Bennion Eyring se convirtiera en Rector de lo que ahora es la Universidad Brigham Young-Idaho (entonces llamada Colegio Universitario Ricks), se le ofreció un empleo muy bien remunerado y de alto prestigio en el Sur de California.

“Parece una gran oportunidad”, le dijo su tío, Spencer W. Kimball, el décimo segundo presidente de la Iglesia (1895-1985), cuando Henry le habló acerca de la oferta y los beneficios. “Si en algún momento te necesitásemos, sabríamos dónde encontrarte”.

Henry (“Hal” para su familia y amigos) pensaba que el presidente Kimball le pediría que se quedara en Ricks, así que él y su esposa, Kathleen, decidieron ayunar y orar en cuanto a su decisión. Una semana después, el Espíritu le susurró que tendría el privilegio de quedarse “un poquito más” en el Colegio Universitario Ricks.

Llamó a Jeffrey R. Holland, que en ese entonces era el Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia, y le dijo que había rechazado la oferta de trabajo. Esa noche Hal recibió un llamado telefónico del presidente Kimball.

“Tengo entendido que has decidido quedarte”, le dijo el presidente Kimball.

“Así es”, respondió.

“¿Consideras que has hecho un sacrificio?”, le preguntó el presidente Kimball.

“No”.

“¡Exacto!”, le aseguró el presidente Kimball, y terminó la conversación.

A los que conocen al presidente Henry B. Eyring no les sorprende su disposición a seguir las impresiones espirituales. Ha aprendido por experiencia propia que la fe y la humildad, sumadas a la obediencia, hacen que los hijos de Dios sean merecedores de bendiciones más preciadas que las riquezas del mundo.

El presidente Eyring sirvió como rector del Colegio Universitario Ricks, un puesto que aceptó fielmente después de haber logrado un puesto fijo en la Universidad Stanford. Más tarde sirvió como Comisionado de Educación de la Iglesia.

La preparación para el futuro

Hal nació el 31 de mayo de 1933, en Princeton, Nueva Jersey; hijo de Henry Eyring y Mildred Bennion Eyring.

De joven, Hal nunca se consideró mejor que otros, pero se negaba a participar de actividades que lo distrajeran de su vida espiritual. Se hacía tiempo para jugar básquet en la escuela secundaria, pero ponía en primer lugar sus estudios.

El padre de Hal, que era un químico de renombre y daba clases en la Universidad Princeton, alentaba a sus hijos a que estudiaran física y se prepararan para una carrera en alguna de las ciencias. Sin embargo, un día, cuando Hal le preguntó a su padre en cuanto a un complejo problema matemático, Henry se dio cuenta de que era evidente que Hal no compartía su pasión por los cálculos.

La altura ayudó a Henry Eyring cuando jugaba básquet en la escuela secundaria. Durante su juventud, se esforzaba por que su prioridad fueran los estudios, pero también hacía tiempo para participar en actividades sanas.

“Mi padre se encontraba junto a la pizarra que teníamos en el sótano”, recuerda el presidente Eyring. “De pronto se detuvo y dijo: Hal, la semana pasada estuvimos resolviendo un problema de este mismo tipo. No parece que lo entiendes mejor ahora que la semana pasada. ¿No has estado trabajando en él?”.

Hal reconoció que no lo había hecho. “No lo comprendes”, continuó su padre. “Cuando caminas por la calle, cuando estás en la ducha, cuando no tienes la mente ocupada en otra cosa, ¿no estás pensando en esto?”.

“Cuando le dije que no”, dice el presidente Eyring, “mi padre hizo una pausa. Fue un momento verdaderamente tierno y conmovedor, porque yo sabía cuánto él me amaba y cuánto deseaba que yo fuera científico. Entonces dijo: ‘Hal, creo que será mejor que dejes la física. Tienes que encontrar algo que ames tanto que, cuando no tengas que pensar en otra cosa, estés pensando en eso’”.

El padre del presidente Eyring, Henry, representado en este retrato, era un químico y un educador de renombre. Tenía una pizarra en el sótano de su casa que usaba para estudiar y alentaba a sus hijos a que aprendieran física.

Al servicio del Señor

A pesar de eso, Hal obtuvo su título en física de la Universidad de Utah en 1955, antes de entrar a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Dos semanas después de llegar a la Base Sandia, cerca de Albuquerque, Nuevo México, fue llamado como misionero de distrito en la Misión de los Estados del Oeste, llamamiento que magnificó durante los dos años que estuvo en el servicio militar.

Una vez que hubo cumplido con su obligación militar, Hal se inscribió en la Escuela de Estudios de Posgrado en Negocios de Harvard, donde completó una maestría en 1959 y un doctorado en 1963, ambos en administración de empresas. Se casó con Kathleen Johnson en julio de 1962 y más adelante, ese mismo año, llegó a ser profesor auxiliar de la Escuela de Estudios de Posgrado en Negocios de Stanford. Hal descubrió que su pasión era enseñar, elevar y fortalecer a otras personas.

Henry B. Eyring contrajo matrimonio con Kathleen Johnson en julio de 1962, en el Templo de Logan Utah. Tienen seis hijos.

El presidente Eyring ha dedicado su vida a enseñar, fortalecer y elevar a otras personas. A menudo usa ejemplos de las Escrituras y de su experiencia personal.

El primer día de clase en Harvard el profesor dijo: “Miren a la persona de su izquierda y a la de su derecha. Uno de ustedes tres no estará aquí cuando esto termine”. El horario de las clases ocupaba los cinco días de la semana, desde la primera hora hasta la última. Los preparativos para las clases del día siguiente duraban hasta cerca de medianoche, y a menudo más. Y luego, a última hora del viernes, se asignaba un trabajo importante que no se podía empezar a preparar mientras no se diera la asignación y cuyo plazo de entrega era para las nueve de la noche del sábado.

“Todavía recuerdo las horas de estudio y redacción frenéticos que pasé aquellos sábados”, dijo. “Al acercarse el plazo de las nueve de la noche, se congregaban grupos de estudiantes en las inmediaciones de la biblioteca para animar al último estudiante desesperado que llegaría a toda prisa para entregar su trabajo justo antes de que se retirara el receptáculo donde depositarlo. Entonces, los alumnos regresaban a sus casas y a sus cuartos durante unas horas para celebrarlo antes de comenzar los preparativos de las clases del lunes. La mayoría de ellos estudiaba todo el domingo hasta bien entrada la noche”.

Pero para Henry no había fiestas el sábado ni estudios el domingo. Ese año se le dio un llamamiento en la Iglesia que requería que viajara mucho los días domingo: visitaba las ramas pequeñas y a los Santos de los Últimos Días esparcidos por el área. “Disfrutaba yendo a esos sitios, amando al Señor y confiando en que, de algún modo, Él cumpliría Su promesa”, dijo. “Y siempre lo hizo. Durante los breves minutos que podía dedicarle a prepararme la mañana del lunes antes de las clases, venían a mí ideas y una comprensión que superaban lo que los demás obtenían estudiando todo el domingo”.

El presidente Eyring aprendió que, si uno acude al Señor en oración y le pregunta qué desea Él que uno haga, con la promesa de que pondrá Su reino en primer lugar, Él contestará su oración.

Años más tarde, cuando Hal disfrutaba de su puesto fijo en Stanford y servía como obispo, Kathleen le hizo dos preguntas: “¿Estás seguro de que estás haciendo lo correcto con tu vida? ¿No podrías realizar estudios para Neal Maxwell?”.

Kathleen le pidió a Hal que orara al respecto y Hal escuchó el consejo de su esposa. Menos de una semana más tarde, Neal A. Maxwell —como Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia— llamó e invitó a Hal a una reunión en Salt Lake City. Hal tomó un vuelo al día siguiente. Las primeras palabras que salieron de la boca del Comisionado Maxwell fueron: “Me gustaría pedirle que sea el rector del Colegio Universitario Ricks”.

El presidente Eyring disfruta de un momento con su esposa, Kathleen, a continuación de una sesión de la conferencia general.

Hal le dijo al Comisionado Maxwell que tendría que orar al respecto. La mañana siguiente se reunió con la Primera Presidencia y, cuando regresó a California, Hal siguió orando fervientemente. La respuesta llegó, “oí una voz tan suave que no le había prestado atención”, recuerda. “La voz decía: ‘Es mi colegio’”. Llamó al Comisionado Maxwell y le dijo: “Allí estaré”.

Fue un gran cambio, de estar en una de las universidades más importantes del país, situada en una gran área metropolitana, pasé a ser el rector de una institución educativa pequeña, privada, que otorgaba títulos de dos años, en el pueblo rural de Rexburg, Idaho. Pero fue una época maravillosa para la familia Eyring. Les dio la oportunidad de ser más unidos unos con otros.

Aunque el presidente Eyring no lo sabía en ese momento, cuando aceptó el puesto en el Colegio Universitario Ricks dejó atrás el empleo secular. Su trabajo y su servicio lo llevaron a estar más en contacto con los líderes de la Iglesia, que supieron ver sus dones espirituales. Mientras tanto, el Señor sabía que él estaba dispuesto a servir.

El 1 de abril de 1995, Henry B. Eyring fue sostenido como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Luego, el 27 de enero de 2008, el presidente Thomas S. Monson llamó al presidente Eyring para que sirviera como Primer Consejero de la Primera Presidencia, después de haber servido durante cuatro meses como Segundo Consejero del presidente Gordon B. Hinckley (1910-2008). Desde entonces, ha procurado obtener una mayor porción del Espíritu del Señor a medida que ha bendecido a los miembros de la Iglesia de todo el mundo.

Abajo, el presidente Thomas S. Monson (centro) con sus consejeros, Henry B. Eyring (izquierda) y Dieter F. Uchtdorf (derecha), responden a preguntas en una conferencia de prensa.

Lea la biografía oficial.