Omni, Amarón, Quemis, Abinadom y Amalekí, cada uno, a su vez, llevan los anales—Mosíah descubre el pueblo de Zarahemla, el cual había llegado de Jerusalén en la época de Sedequías—Mosíah es nombrado rey—Los mulekitas habían descubierto a Coriántumr, el último de los jareditas—El rey Benjamín sucede a Mosíah—Los hombres deben ofrecer su alma como ofrenda a Cristo. Aproximadamente 323—130 a.C.

  He aquí, sucedió que yo, Omni, habiéndome mandado mi padre Jarom que escribiera algo sobre estas planchas, para preservar nuestra genealogía,

  quisiera, por tanto, que supieseis que durante el curso de mi vida combatí mucho con la espada para proteger a mi pueblo, los nefitas, de caer en manos de los lamanitas, sus enemigos. Mas he aquí, en cuanto a mí, yo soy inicuo, y no he guardado los estatutos y mandamientos del Señor como debía haberlo hecho.

  Y sucedió que habían transcurrido doscientos setenta y seis años, y habíamos tenido muchas épocas de paz; y habíamos tenido muchas épocas de serias guerras y derramamiento de sangre. Sí, y en fin habían pasado doscientos ochenta y dos años, y yo había guardado estas planchas según los amandatos de mis padres; y las entregué a mi hijo Amarón. Y así termino.

  Y ahora yo, Amarón, escribo las cosas que vaya a escribir, y que son pocas, en el libro de mi padre.

  He aquí, sucedió que habían pasado ya trescientos veinte años, y la parte más inicua de los nefitas fue adestruida.

  Porque el Señor no quiso permitir, después que los hubo sacado de la tierra de Jerusalén, y guardado y protegido de caer en las manos de sus enemigos, sí, no quiso permitir que dejasen de verificarse las palabras que habló a nuestros padres, diciendo: Si no guardáis mis mandamientos, no prosperaréis en la tierra.

  Por tanto, el Señor los visitó con grandes juicios; no obstante, preservó a los justos para que no perecieran, y los libró de las manos de sus enemigos.

  Y sucedió que entregué las planchas a mi hermano Quemis.

  Ahora yo, Quemis, lo poco que escribo lo hago en el mismo libro que mi hermano; pues he aquí, vi que lo último que escribió, él lo escribió de su propia mano; y lo escribió el mismo día en que me lo entregó. Y de este modo llevamos los anales, porque es según los mandamientos de nuestros padres. Y así termino.

 10  He aquí, yo, Abinadom, soy hijo de Quemis. He aquí, sucedió que vi mucha guerra y contención entre mi pueblo, los nefitas, y los lamanitas; y con mi propia espada he quitado la vida a muchos de los lamanitas en defensa de mis hermanos.

 11  Y he aquí, la historia de este pueblo está grabada sobre planchas que guardan los reyes, según las generaciones; y yo no sé de ninguna revelación salvo lo que se ha escrito, ni profecía tampoco; por tanto, es suficiente lo que está escrito. Y con esto concluyo.

 12  He aquí, soy Amalekí, hijo de Abinadom. He aquí, os hablaré algo concerniente a Mosíah, que fue hecho rey de la tierra de Zarahemla; pues he aquí, le advirtió el Señor que huyera de la tierra de aNefi, y que cuantos quisieran escuchar la voz del Señor también deberían bpartir de la tierra con él hacia el desierto.

 13  Y sucedió que obró según el Señor le había mandado. Y cuantos quisieron escuchar la voz del Señor salieron de la tierra para el desierto, y fueron conducidos por muchas predicaciones y profecías. Y continuamente fueron amonestados por la palabra de Dios, y guiados por el poder de su brazo a través del desierto, hasta que llegaron a la tierra que se llama la tierra de Zarahemla.

 14  Y descubrieron a un pueblo llamado el pueblo de aZarahemla. Ahora bien, hubo gran alegría entre el pueblo de Zarahemla; y también Zarahemla se regocijó en extremo porque el Señor había enviado al pueblo de Mosíah con las bplanchas de bronce que contenían los anales de los judíos.

 15  Y he aquí, sucedió que Mosíah descubrió que la agente de Zarahemla había salido de Jerusalén en la época en que bSedequías, rey de Judá, fue llevado cautivo a Babilonia.

 16  Y viajaron por el desierto, y la mano del Señor los condujo, a través de las grandes aguas, a la tierra donde Mosíah los encontró; y allí habían morado desde aquel tiempo.

 17  Y en la época en que Mosíah los descubrió, habían llegado a ser numerosos en extremo. No obstante, habían tenido muchas guerras y graves contiendas, y de cuando en cuando habían caído por la espada; y su idioma se había corrompido, y no habían llevado aanales consigo, y negaban la existencia de su Creador; y ni Mosíah ni su pueblo podían entenderlos.

 18  Pero aconteció que Mosíah hizo que se les enseñara su idioma. Y sucedió que después de haber sido instruidos en el idioma de Mosíah, Zarahemla dio una genealogía de sus padres, según su memoria; y está escrita, mas no en estas planchas.

 19  Y aconteció que el pueblo de Zarahemla y el de Mosíah se aunieron; y bMosíah fue nombrado para ser su rey.

 20  Y acaeció que en los días de Mosíah, se le trajo una piedra grande con grabados; y él ainterpretó los grabados por el don y poder de Dios.

 21  Y relataban la historia de un tal aCoriántumr y la matanza de su pueblo. Y el pueblo de Zarahemla descubrió a Coriántumr; y vivió con ellos por el término de nueve lunas.

 22  También relataban algunas palabras acerca de los padres de Coriántumr. Y sus primeros padres vinieron de la atorre, en la ocasión en que el Señor bconfundió el lenguaje del pueblo; y el rigor del Señor cayó sobre ellos, de acuerdo con sus juicios, que son justos; y sus chuesos se hallan esparcidos en la tierra del norte.

 23  He aquí yo, Amalekí, nací en los días de Mosíah, y he vivido hasta ver su muerte; y su hijo aBenjamín reina en su lugar.

 24  Y he aquí, he visto una guerra seria en los días del rey Benjamín, y mucho derramamiento de sangre entre nefitas y lamanitas. Mas he aquí, que los nefitas los superaron en gran manera; sí, a tal grado que el rey Benjamín arrojó a los lamanitas de la tierra de Zarahemla.

 25  Y aconteció que empecé a envejecer; y no teniendo descendencia, y sabiendo que el rey aBenjamín es un varón justo ante el Señor, le bentregaré, por tanto, estas planchas, exhortando a todos los hombres a que vengan a Dios, el Santo de Israel, y crean en la profecía y en revelaciones y en la ministración de ángeles, en el don de hablar en lenguas, en el don de interpretación de lenguas, y en todas las cosas que son cbuenas; porque nada hay, que sea bueno, que no venga del Señor; y lo que es malo viene del diablo.

 26  Y ahora bien, mis amados hermanos, quisiera que avinieseis a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participaseis de su salvación y del poder de su redención. Sí, venid a él y bofrecedle vuestras almas enteras como cofrenda, y continuad dayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos.

 27  Y ahora quisiera decir algo concerniente a cierto grupo que fue al desierto para volver a la tierra de Nefi; porque había muchos que deseaban poseer la tierra de su herencia.

 28  De modo que partieron para el desierto. Y su caudillo, siendo un hombre fuerte, poderoso y obstinado, provocó, por tanto, una contienda entre ellos; y todos, menos cincuenta, fueron amuertos en el desierto, y éstos retornaron a la tierra de Zarahemla.

 29  Y aconteció que también llevaron consigo a otros, hasta un número considerable, y otra vez emprendieron su viaje para el desierto.

 30  Y yo, Amalekí, tenía un hermano que también fue con ellos; y desde entonces nada he sabido de ellos. Y estoy para descender a mi sepultura; y aestas planchas están llenas. Y doy fin a mi narración.