Religión y gobierno
    Notas al pie de página

    Religión y gobierno

    La religión y el gobierno recorren vías diferentes pero paralelas; tienen más éxito y son más eficaces cuando se protegen y se apoyan mutuamente.

    Ilustración fotográfica por David Stoker.

    La religión y el gobierno son como un matrimonio que a veces tiene gran dificultad para vivir juntos pero que, por otra parte, encuentran que no pueden vivir separados. Tanto la religión como el gobierno necesitan independencia a fin de prosperar; no obstante, la historia ha demostrado que un divorcio completo no es bueno para ninguno de los dos; recorren vías diferentes pero paralelas; tienen más éxito y son más eficaces cuando se protegen y se apoyan mutuamente.

    Los gobiernos tienen un papel esencial en la protección y conservación de la libertad religiosa y en fomentar el papel que tienen las religiones en la sociedad. Afortunadamente, en la actualidad, la mayoría de los gobiernos del mundo reconocen al menos algo de libertad religiosa y conceden a sus ciudadanos el derecho de adorar y de practicar su religión de acuerdo con los dictados de su conciencia. Pero no siempre ha sido así.

    Muchas generaciones han visto la opresiva pérdida de libertad que resulta cuando el gobierno impone una religión del estado; otras han experimentado el deterioro moral que sobreviene cuando el gobierno prohíbe por completo la religión. Estamos agradecidos de que la mayoría de las constituciones de los países en el mundo de hoy contemplen una sociedad en la que la creencia y la observancia religiosas, aunque separadas del gobierno, deban protegerse y defenderse contra la persecución1.

    El gobierno inspirado por los cielos que se describe en el Libro de Mormón permitía a su pueblo esa libertad de creencias y prácticas religiosas:

    “De modo que si un hombre deseaba servir a Dios, tenía el privilegio; o más bien, si creía en Dios, tenía el privilegio de servirlo; pero si no creía en él, no había ley que lo castigara…

    “Porque había una ley de que todos los hombres debían ser juzgados según sus crímenes. Sin embargo, no había ninguna ley contra la creencia de un hombre…” (Alma 30:9, 11).

    Como personas de fe, debemos sentir gratitud por las protecciones gubernamentales que nos permiten adoptar y practicar nuestras creencias religiosas de acuerdo con nuestros deseos.

    El papel esencial de la religión

    Posiblemente para algunas personas no sea tan obvio el hecho de que la religión y la moralidad tienen una función fundamental en mantener y promover un gobierno bueno y eficaz. Las únicas soluciones verdaderas de muchos de los serios problemas que enfrenta nuestro mundo en la actualidad son espirituales, no políticas ni económicas. Por ejemplo, el racismo, la violencia y los crímenes provocados por el odio son problemas espirituales y la única verdadera solución es espiritual. El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

    “Muchos de los avances morales más importantes de la sociedad occidental han sido motivados por principios religiosos y se han adoptado oficialmente gracias al poder de persuasión de las prédicas desde el púlpito. Entre los ejemplos se incluyen la abolición del comercio de esclavos en Inglaterra y la Proclamación de Emancipación [en Estados Unidos]. Lo mismo sucedió con el movimiento de los Derechos Civiles durante el pasado medio siglo en Estados Unidos”2.

    En gran parte, las sociedades dependen de la religión y de las iglesias para establecer el orden moral. Un gobierno nunca podrá construir suficientes cárceles para contener a los criminales de una sociedad privada de moralidad, carácter y fe; esos atributos se fomentan más eficazmente por la observancia religiosa que por los decretos legislativos o la fuerza policial. Al gobierno le es imposible controlar las actitudes, los deseos y las esperanzas que surgen del corazón humano y, sin embargo, ésas son las semillas que producen la conducta que un gobierno debe reglamentar.

    El historiador y estadista francés Alexis de Tocquerville escribió: “El despotismo puede gobernar sin fe, la libertad no”3. Incluso el despotismo no puede gobernar indefinidamente sin fe, pues como observó Boris Yeltsin, el primer Presidente de la Federación Rusa: “Es posible crear un trono con bayonetas pero es difícil sentarse en él”4.

    En el Sermón del Monte, Jesús destacó un contraste entre la ley que se escribe en los libros y la escrita en el corazón:

    “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.

    “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje con su hermano será culpable de juicio…” (Mateo 5:21–22).

    Mientras que los gobiernos imponen la ley que está escrita en los libros, la religión enseña la que está escrita en el corazón y exhorta a obedecerla; quienes obedezcan esta última, raramente quebrantarán la otra. Como se nos dice en Doctrina y Convenios: “…quien guarda las leyes de Dios no tiene necesidad de infringir las leyes del país” (58:21).

    Sin embargo, donde se haga caso omiso a los asuntos del corazón, la ley escrita y el sistema legal del gobierno, con el tiempo, quedarán atascados. El civismo se logra cuando la mayor parte de la gente hace lo que es moral porque creen que deben hacerlo, no porque la ley o la fuerza policial los obligue.

    El gobierno supervisa la conducta de sus ciudadanos y trata de que se comporten de manera decente y moral. La religión, por otra parte, trata de lograr que deseen comportarse de manera decente y moral. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994), que integró el gabinete de ministros del presidente Dwight D. Eisenhower, en Estados Unidos, explicó esta distinción sumamente importante:

    “El Señor ejerce Su poder desde el interior del hombre hacia afuera… el mundo lo ejerce desde afuera hacia el interior. El mundo trata de sacar a la gente de los barrios bajos; Cristo saca la bajeza social del corazón de las personas y ellos mismos salen de los barrios bajos. El mundo trata de reformar al hombre cambiándolo de ambiente; Cristo cambia al hombre, y éste cambia el ambiente que lo rodea. El mundo trata de amoldar el comportamiento del hombre, pero Cristo puede cambiar la naturaleza humana”5.

    Con el tiempo, todo gobierno libre tiene que depender, en última instancia, de las buenas cualidades y el apoyo de sus ciudadanos. Como lo dijo el ilustre estadista y filósofo político Edmund Burke: “En la constitución eterna de los elementos se ha decretado que el hombre de mente inmoderada no puede ser libre; sus pasiones forjan los grilletes que lo encadenan”6.

    Para ese fin, un buen gobierno protege la religión y fomenta la libertad religiosa; y, a su vez, la buena religión motiva a la gente a ser buenos ciudadanos y a obedecer la ley del país.

    Un buen gobierno no toma partido, o sea, no debe promover ni favorecer una religión en particular; sus representantes deben tener la libertad de creer y practicar lo que crean según los dictados de su propia conciencia. De la misma manera, una buena religión no debe apoyar ni oponerse a ningún partido ni candidato político, y sus creyentes deben tener la libertad de participar en el proceso político y de apoyar a cualquier partido o candidato que consideren es el mejor; e incluso se les debe animar a hacerlo.

    Hagan oír su voz

    Aunque la Iglesia, como institución, ha afirmado repetidamente su neutralidad política, se insta a los Santos de los Últimos Días a participar en el proceso político y a hacer oír su voz en el debate público. El ser buenos ciudadanos dondequiera que vivamos es parte de nuestra religión.

    En el Manual 2: Administración de la Iglesia, dice: “De acuerdo con las leyes de sus respectivos gobiernos, se anima a los miembros a inscribirse para votar, a estudiar minuciosamente y con espíritu de oración los asuntos políticos y los candidatos, y a votar por las personas a quienes consideren que actuarán con integridad y buen criterio. Los Santos de los Últimos Días tienen la obligación especial de buscar y de apoyar a dirigentes políticos que sean honrados, buenos y prudentes, y de votar por ellos” (véase D. y C. 98:10)7.

    Un día el Salvador vendrá otra vez; es Su derecho gobernar y reinar como Rey de reyes y como nuestro gran Sumo Sacerdote. Entonces el cetro del gobierno y el poder del sacerdocio se combinarán en uno.

    Hasta que llegue ese grandioso día, la religión y el gobierno deben andar de la mano por el sendero de la historia humana, respetando mutuamente su independencia y apreciando cada uno la contribución esencial que hace el otro a la sociedad.

    Notas

    1. Véase de W. Cole Durham Jr., Silvio Ferrari, Cristiana Cianitto, Donlu Thayer, eds., Law, Religion, Constitution: Freedom of Religion, Equal Treatment, and the Law, 2013, págs. 3–5.

    2. Dallin H. Oaks, “Strengthening the Free Exercise of Religion”, discurso pronunciado en la cena de The Becket Fund for Religious Liberty Canterbury Medal, en la ciudad de Nueva York, el 16 de mayo de 2013, pág. 1; para el discurso en inglés, véase mormonnewsroom.org.

    3. Alexis de Tocqueville, Democracy in America, 2 tomos, 1835–1840, tomo I, pág.306.

    4. Boris Yeltsin, citado por Donald Murray en A Democracy of Despots, 1995, pág. 8.

    5. Ezra Taft Benson, “Nacidos de Dios”, Liahona, enero de 1986, pág. 3.

    6. Edmund Burke, A Letter from Mr. Burke, to a Member of the National Assembly; in Answer to Some Objections to His Book on French Affairs, 2ª ed., 1791, pág. 69.

    7. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 21.1.29.