2018
Ministrar como lo hace el Salvador
Mayo de 2018


Ministrar como lo hace el Salvador

Ruego que demostremos nuestra gratitud y nuestro amor por Dios al ministrar con amor a nuestras hermanas y hermanos eternos.

¡Qué maravillosa bendición vivir en una época de continua revelación de Dios! Al esperar y aceptar la “restauración de todas las cosas”1, que ha venido y que vendrá a través de los eventos profetizados de nuestros tiempos, se nos está preparando para la segunda venida del Salvador2.

¡Y qué mejor manera de prepararse para recibirlo que esforzarse por llegar a ser como Él al ministrarnos con amor los unos a los otros! Tal como Jesucristo enseñó a Sus seguidores al comienzo de esta dispensación: “Si me amas, me servirás”3. Nuestro servicio a los demás es una muestra de discipulado y nuestra gratitud y amor por Dios y Su Hijo, Jesucristo.

A veces pensamos que tenemos que hacer algo grandioso y heroico para “que cuente” como servicio a nuestro prójimo. Sin embargo, los simples actos de servicio pueden tener efectos profundos en los demás, así como en nosotros mismos. ¿Qué hizo el Salvador? Mediante Sus dones divinos de la Expiación y la Resurrección —que celebramos en este hermoso Domingo de Pascua— “[ninguna] otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra”4. Pero Él también sonrió, habló, caminó, escuchó, dedicó tiempo, animó, enseñó, alimentó y perdonó a los demás. Dio servicio a familiares y amigos, vecinos y extraños por igual, e invitó a conocidos y seres queridos a disfrutar de las abundantes bendiciones de Su evangelio. Esos “sencillos” actos de servicio y amor proporcionan un modelo de cómo debemos ministrar hoy en día.

Al tener el privilegio de representar al Salvador en los esfuerzos que hagan para ministrar, pregúntense: “¿Cómo puedo compartir la luz del Evangelio con esa persona o familia? ¿Qué es lo que el Espíritu me inspira a hacer?”

Ministrar se puede llevar a cabo en una gran variedad de formas personalizadas. ¿Cuáles son ejemplos de ello?

Un ejemplo de ministrar son las presidencias de los cuórums de élderes y de la Sociedad de Socorro que deliberan con espíritu de oración sobre las asignaciones. En vez de que los líderes simplemente entreguen pedacitos de papel, otro ejemplo es deliberar en consejo sobre las personas y familias cuando se dan asignaciones a los hermanos y a las hermanas ministrantes. Es salir a caminar, reunirse para una noche de juegos, brindar servicio o incluso servir juntos. Es charlar en persona, hablar por teléfono, conversar o textear en línea. Es obsequiar una tarjeta de cumpleaños y ser animador en un partido de fútbol. Es compartir un pasaje de las Escrituras o una cita de un discurso de la conferencia que pudiese tener significado especial para esa persona. Es analizar una pregunta del Evangelio y compartir el testimonio a fin de dar claridad y paz. Es convertirse en parte de la vida de una persona y preocuparse por él o ella. Es también una entrevista de ministración en la que se analizan las necesidades y fortalezas de manera sensible y apropiada. Es cuando el consejo de barrio se organiza para responder a una necesidad mayor.

Esa clase de ministración fortaleció a una hermana que se mudó lejos de casa cuando su esposo comenzó sus estudios de posgrado. Sin un teléfono que funcionara y un bebé pequeño que cuidar, se sintió desorientada en la nueva ubicación, totalmente perdida y sola. Sin previo aviso, una hermana de la Sociedad de Socorro llegó a la puerta llevando un pequeño par de zapatos para el bebé, los subió a ambos en su auto y los llevó a buscar la tienda de comestibles. La agradecida hermana informó: “¡Ella me dio ayuda y apoyo!”.

La verdadera ministración la ilustra una hermana mayor de África a quien se le asignó buscar a una hermana que no había ido a la Iglesia durante mucho tiempo. Cuando fue a casa de la hermana, descubrió que a esa mujer la habían golpeado y robado, que tenía muy poco para comer y que no tenía ropa apropiada para las reuniones dominicales de la Iglesia. La mujer que fue asignada para ministrarle llevó un oído atento, verduras de su jardín, Escrituras para leer y amistad. Al poco tiempo, la hermana “ausente” regresó a la Iglesia y ahora tiene un llamamiento porque sabe que se le ama y valora.

El combinar esos esfuerzos de la Sociedad de Socorro con el ahora reestructurado cuórum de élderes dará lugar a una unidad que puede arrojar resultados sorprendentes. El ministrar se convierte en un esfuerzo coordinado para cumplir con el deber de “visitar la casa de todos los miembros” y de “velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos”5, así como llevar a cabo el propósito de la Sociedad de Socorro de ayudarnos mutuamente a prepararnos para las bendiciones de la vida eterna6. Al trabajar juntas bajo la dirección del obispo, la presidencia del cuórum de élderes y de la Sociedad de Socorro pueden ser inspiradas al buscar las mejores formas de velar y cuidar a cada persona y familia.

Permítanme darles un ejemplo. A una madre le diagnosticaron cáncer. Al poco tiempo comenzó el tratamiento y, de inmediato, las hermanas de la Sociedad de Socorro se pusieron a trabajar, planeando la mejor forma de ayudar con las comidas, el transporte, las citas médicas y otro tipo de apoyo. La visitaban con regularidad, brindándole alegre compañía. Al mismo tiempo, el cuórum del Sacerdocio de Melquisedec se puso en marcha. Proporcionaron mano de obra para agregar un dormitorio y un baño para facilitar el cuidado de la hermana enferma. Los hombres jóvenes prestaron sus manos y espaldas para participar en esa gran labor, y las mujeres jóvenes participaron al ofrecerse alegremente a pasear al perro todos los días. Con el paso del tiempo, el barrio continuó su servicio, añadiendo y adaptando según fuese necesario. Era claramente una obra de amor, en la que cada miembro daba de sí mismo, mostrando unidos el modo personal de brindar cuidado que bendijo no solo a la hermana que sufría, sino a cada miembro de su familia.

Tras un valiente esfuerzo, la hermana finalmente sucumbió al cáncer y fue sepultada. ¿Respiraron aliviados en el barrio y consideraron que habían hecho un buen trabajo y que era todo? No, las mujeres jóvenes siguen paseando al perro todos los días, los cuórums del sacerdocio continúan ministrando al padre y a su familia, y las hermanas de la Sociedad de Socorro siguen tendiendo una mano para determinar fortalezas y necesidades. Hermanos y hermanas, eso es ministrar; ¡es amar como el Salvador ama!

Otra bendición de esos inspirados anuncios es la oportunidad que tienen las mujeres jóvenes de 14 a 18 años de participar en ministrar como compañeras de las hermanas de la Sociedad de Socorro, así como los hombres jóvenes de su edad sirven como compañeros ministrantes de los hermanos del Sacerdocio de Melquisedec. Los jóvenes pueden compartir sus dones únicos y crecer espiritualmente al servir junto a los adultos en la obra de salvación. Contar con los jóvenes en asignaciones de ministración también puede aumentar el alcance del cuidado que la Sociedad de Socorro y los cuórums de élderes impartan a los demás al aumentar el número de miembros que participen.

Al pensar en las excelentes jovencitas que he conocido, me alegro por esas hermanas de la Sociedad de Socorro que tendrán el privilegio de ser bendecidas por el entusiasmo, talentos y sensibilidad espiritual de esas jóvenes al servir juntas, o ser ministradas por ellas. Me alegra también la oportunidad que tendrán las mujeres jóvenes de que las guíen, instruyan y fortalezcan las hermanas de la Sociedad de Socorro. Esa oportunidad de participar en edificar el reino de Dios será de gran provecho para las jóvenes, lo que les servirá para prepararse mejor para cumplir sus funciones como líderes en la Iglesia y en la comunidad, así como colaboradoras en sus familias. Tal como dijo ayer la hermana Bonnie L. Oscarson, las mujeres jóvenes “desean prestar servicio. Necesitan saber que son valiosas e imprescindibles en la obra de salvación”7.

De hecho, las mujeres jóvenes ya están ministrando a los demás, sin asignación ni alarde. Una familia que conozco se mudó a cientos de kilómetros a un lugar nuevo donde no conocían a nadie. Durante la primera semana, una niña de 14 años del nuevo barrio apareció en la puerta de su casa con un plato de galletas, para darles la bienvenida. Su madre sonreía detrás de ella, en calidad de servicial chofer, apoyando el deseo de su hija de ministrar.

Otra madre se preocupó un día porque su hija de dieciséis años no llegó a casa a la hora habitual. Cuando la muchacha finalmente llegó, su madre la interrogó con cierta frustración acerca de dónde había estado. La jovencita respondió casi tímidamente que le había llevado una flor a una viuda que vivía cerca; había notado que la hermana mayor parecía muy sola y sintió la impresión de visitarla. Con la plena aprobación de su madre, la joven siguió visitando a la anciana; se hicieron buenas amigas, y esa dulce asociación continuó por años.

Cada una de estas mujeres jóvenes, y muchas más como ellas, notan la necesidad de alguien y se esfuerzan para satisfacerla. Las mujeres jóvenes tienen el deseo natural de cuidar y compartir, el cual puede ser dirigido adecuadamente al ministrar en compañía de una hermana adulta.

Sin importar nuestra edad, cuando consideramos cómo ministrar de manera más eficaz, preguntamos: “¿Qué necesita ella [o él]?” Combinando esa pregunta con un deseo sincero de servir, el Espíritu nos guía a hacer lo que animaría y fortalecería a la persona. He escuchado innumerables historias de hermanos y hermanas que fueron bendecidos con un simple gesto de inclusión y bienvenida en la Iglesia, un amable correo electrónico o mensaje de texto, un contacto personal en un momento difícil, una invitación a participar en una actividad de grupo o una oferta para ayudar con una situación difícil. Los padres solteros, los nuevos conversos, los miembros menos activos, las viudas y los viudos, o los jóvenes con dificultades pueden necesitar atención adicional y ayuda urgente de hermanos y hermanas que ministren. La coordinación entre la presidencia del cuórum de élderes y de la Sociedad de Socorro da lugar a que se hagan las asignaciones apropiadas.

Después de todo, la verdadera ministración se realiza uno por uno, siendo el amor la fuerza motivadora. ¡El valor, el mérito y la maravilla de la verdadera ministración es que realmente cambia vidas! Cuando nuestros corazones sean receptivos y estén dispuestos a amar e incluir, alentar y consolar, el poder de nuestra ministración será irresistible. Con el amor como la fuerza motivadora, ocurrirán milagros y encontraremos maneras de llevar a nuestros hermanos y hermanas “ausentes” al abrazo incluyente del evangelio de Jesucristo.

El Salvador es nuestro ejemplo en todo, no solo en lo que debemos hacer sino en por qué debemos hacerlo8. “Su vida en la tierra fue [una] invitación a nosotros para elevar nuestra visión un poco más, olvidar nuestros propios problemas y tender una mano de ayuda a los demás”9. Al aceptar la oportunidad de ministrar de todo corazón a nuestras hermanas y hermanos, tenemos la bendición de ser más espiritualmente puros, de estar más en armonía con la voluntad de Dios, y ser más capaces de comprender Su plan para ayudar a todos a regresar a Él. Reconoceremos más fácilmente Sus bendiciones y estaremos ansiosos de extender esas bendiciones a los demás. Nuestros corazones cantarán al unísono con nuestras voces:

Quiero yo amar a todos,

pues yo tengo Tu amor

Mi deseo es servirte;

pido que me des valor.

Quiero amar a los demás;

Señor, yo te seguiré10.

Ruego que demostremos nuestra gratitud y nuestro amor por Dios al ministrar con amor a nuestras hermanas y hermanos eternos11. El resultado será una unidad de sentimiento como la que gozó el pueblo de la Antigua América 100 años después de la aparición del Salvador en su tierra.

“Y ocurrió que no había contenciones… a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

“… no había envidias, ni contiendas… y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios”12.

Con alegría doy mi testimonio personal de que estos cambios reveladores son inspirados por Dios y que, al abrazarlos con corazones dispuestos, estaremos mejor preparados para recibir a Su Hijo, Jesucristo, a Su venida. Estaremos más cerca de convertirnos en un pueblo de Sion y sentiremos un gran gozo con aquellos a quienes hemos ayudado a lo largo del camino del discipulado. Que así sea, es mi ferviente y humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.