Saltar navegador principal

Sobre el sellamiento en el templo

La familia es fundamental en el plan de Dios

La Familia: Una Proclamación para el Mundo” establece que “el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos” (Liahona, noviembre de 2010, pág. 129).

El gozo más grande de esta vida se encuentra en una familia amorosa. Esto es así a pesar de las muchas distracciones y desafíos de la vida. Las relaciones familiares sólidas requieren esfuerzo, pero dicho esfuerzo puede brindar felicidad en esta vida y a lo largo de toda la eternidad. Incluso en las familias donde las relaciones son difíciles o inciertas, el evangelio de Jesucristo puede proporcionar esperanza, consuelo y sanación.

En el plan de felicidad de nuestro Padre Celestial, un esposo y una esposa pueden estar juntos para siempre. La autoridad para unir familias para siempre se llama el poder “sellador”. Es el mismo poder que Jesucristo confirió sobre Sus apóstoles durante Su ministerio en la tierra (Mateo 16:19). Un matrimonio eterno es por lo tanto llamado un sellamiento y los niños que nacen o son adoptados dentro de ese matrimonio eterno pueden también ser sellados a su familia para siempre.

A diferencia de los matrimonios que solo duran “hasta que la muerte los separe”, los sellamientos en el templo aseguran que la muerte no puede separar a los seres amados. Para que las relaciones matrimoniales continúen después de la muerte, esos matrimonios deben ser sellados en el lugar correcto y con la autoridad correcta. Ese lugar es el templo y esa autoridad es el sacerdocio (D. y C. 132:7, 15–19).

Un esposo y una esposa que son sellados en el templo hacen convenios sagrados con el Señor y el uno con el otro. Estos convenios les aseguran que sus relaciones continuarán después de esta vida si permanecen fieles a sus compromisos. Saben que nada, ni siquiera la muerte, puede separarlos. Aquellos que están casados deben considerar su unión como su relación terrenal más preciada, porque un cónyuge es la única persona además del Señor a quien se nos ha mandado amar con todo nuestro corazón (D. y C. 42:22).

El matrimonio eterno es esencial

El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “El matrimonio es quizás la más vital de todas las decisiones, la que tiene efectos de más alcance, ya que tiene que ver no solo con la felicidad inmediata, sino también con el gozo eterno. Afecta no solamente a los cónyuges sino también a sus familias, particularmente a sus hijos y a los hijos de estos a través de las últimas generaciones” (“La importancia del matrimonio celestial”, Liahona, octubre de 1980).

El convenio del matrimonio eterno es esencial para la exaltación. La exaltación es la vida eterna, la clase de vida que tiene Dios. Él es perfecto, Él vive en gran gloria, Él posee todo conocimiento, todo poder y toda sabiduría. Él es amable, compasivo y misericordioso, Él es el Padre Celestial de cada persona en la tierra. Algún día podremos llegar a ser como nuestro Padre Celestial. Esa es la exaltación.

La exaltación es el don más grande que el Padre Celestial puede dar a Sus hijos (D. y C. 14:7). Es la recompensa para todos aquellos que demuestran ser fieles al Señor. Aquellos que lo hagan vivirán en el grado más alto del Reino Celestial de los cielos.

El Señor reveló por medio de José Smith:

“En la gloria celestial hay tres cielos o grados; y para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio]; y si no lo hace, no puede alcanzarlo” (D. y C. 131:1–3).

Al honrar fielmente nuestros convenios, podemos estar seguros de poder estar con nuestros seres queridos para siempre. El Señor ha prometido:

“… si un hombre se casa con una mujer por mi palabra, la cual es mi ley, y por el nuevo y sempiterno convenio, y les es sellado por el Santo Espíritu de la promesa, por conducto del que es ungido, a quien he otorgado este poder y las llaves de este sacerdocio… y si cumplen mi convenio… les será cumplido en todo cuanto mi siervo haya declarado sobre ellos, por el tiempo y por toda la eternidad; y estará en pleno vigor cuando ya no estén en el mundo” (D. y C. 132:19).

El Señor también está consciente que no todos Sus hijos tendrán la oportunidad de casarse en esta vida. Él ha prometido que todos los que acepten el Evangelio y se esfuercen por honrar sus convenios tendrán la oportunidad de casarse y tener hijos, ya sea en esta vida o la próxima.


Todas las generaciones están conectadas

La proclamación sobre la familia también establece que “el divino plan de felicidad permite que las relaciones familiares se perpetúen más allá del sepulcro. Las ordenanzas y los convenios sagrados disponibles en los santos templos hacen posible que las personas regresen a la presencia de Dios y que las familias sean unidas eternamente”.

El poder sellador también se extiende de los padres a los hijos, a través de todas las generaciones desde el comienzo del mundo. El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972) declaró que los hijos que nacen dentro del convenio —los cuales incluye a todos aquellos que son sellados a sus padres en el templo— “tienen derecho a las bendiciones del Evangelio más allá de sus circunstancias. Recibirán mayor instrucción, protección, inspiración del Espíritu del Señor, y entonces, no habrá poder que los separe de sus padres” (Doctrines of Salvation, compilación de Bruce R. McConkie, 1955, tomo II, pág. 90).

Los hijos que nacen de padres sellados en el templo nacen en el convenio y automáticamente forman parte de una familia eterna. Los hijos que no nacen en el convenio también pueden llegar a formar parte de una familia eterna una vez que sus padres naturales o adoptivos sean sellados. La ordenanza de sellar hijos a padres se efectúa solamente en el templo. Para extender estas bendiciones a todas las personas, aquellas que están vivas también pueden efectuar sellamientos vicarios en nombre de aquellos que han fallecido. De esta manera, todas las familias pueden estar juntas para siempre.

La promesa de que nuestra familia puede estar junta después de la muerte da mayor significado a la vida; nos anima a ser leales y fieles; y mejora y enriquece nuestras relaciones familiares. Nos ayuda a encontrar gozo y esperanza al afrontar los desafíos de la vida cada día. Saber que podemos estar juntos de nuevo brinda consuelo y paz al afrontar el sufrimiento o la muerte de seres queridos.

La ordenanza del sellamiento es la bendición suprema del templo. Es el mayor don de Dios para Sus hijos porque nos permite volver a vivir con Él y todos nuestros seres queridos para siempre. Ofrece maravillosas bendiciones para esta vida y la próxima. Es un recordatorio constante de que las familias son fundamentales en el plan de Dios y nuestra felicidad aquí y en las eternidades. Proporciona paz, esperanza y gozo para todos aquellos que fielmente lo reciben.