Evitando la apostasía personal

POR EL ÉLDER CLAUDIO DANIEL ZIVIC

De los Setenta, Octubre 2012


 

 

 

Hace algunos años tuve que presidir un consejo disciplinario en donde un poseedor del sacerdocio de Melquisedec debió ser excomulgado. Al año tuve que presidir nuevamente otro consejo, pero esta vez fue un placer para mí puesto que se trataba la readmisión de ese querido hermano. Él se había arrepentido y preparado durante un año para recibir la autorización de volver a bautizarse y ser confirmado miembro de la Iglesia. Luego de recibir estas ordenanzas, este querido  hermano me escribió lo siguiente:

“Querido presidente:

Hoy es el primer día del resto de mis días.  No es una frase hecha, es como me siento. Ayer se llevó a cabo la ordenanza del bautismo y le puedo asegurar que me siento como nuevo, siento que el milagro se produjo en mí, que el sacrificio del Señor Jesucristo se hizo efectivo en mí. Hoy puedo decir que me siento libre de la opresión del pecado. Sé que sólo no lo hubiera logrado.  La ayuda de mis líderes y de mi esposa fue lo que me mantuvo con la mira puesta en la meta. Hoy puedo decir con más fuerza que nunca que Cristo es mi Salvador, que el milagro del perdón existe, que el sacerdocio es el poder de Dios y que sus líderes son inspirados.

Le saluda con mucho amor su hermano...”

Qué diferente es esta experiencia con la de aquellos que no se arrepienten y siguen el camino de la apostasía.   La Guía para el Estudio de las Escrituras define la palabra “apostasía” como el hecho de que las personas, la Iglesia o naciones enteras se aparten de la verdad1.

No debemos preocuparnos por la posibilidad de una nueva apostasía de la Iglesia de Jesucristo. Tenemos el privilegio de estar viviendo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.  Esta dispensación del evangelio, la cual se inició con el Profeta José Smith, es la última antes de la Segunda Venida del Salvador.  Sin embargo, debemos preocuparnos y estar atentos para no caer en la apostasía personal, la cual puede resultar por varios motivos. Sólo mencionaré algunos.

La apostasía frecuentemente se produce cuando se cometen pecados graves y no se cumple el proceso del arrepentimiento.  Para acallar la conciencia, o justificar su acción pecaminosa, el individuo  se aleja de la verdad, buscando la imperfección o el error de los demás o cuestionando la doctrina de la Iglesia, con la cual ya no está de acuerdo.

Recuerdo a un miembro de la Iglesia que lo conozco desde niño. Fue misionero y se selló en el templo con una joven hermosa y digna. Con el tiempo tuvieron problemas en el matrimonio y lamentablemente se separaron. Este miembro se juntó con otra mujer dejando de lado los convenios sagrados efectuados en el templo. Luego de ser excomulgado Satanás lo tuvo de su lado. No se arrepintió de sus pecados ni organizó adecuadamente su vida. En ese momento comenzó a buscar en el Internet los artículos que atacan a la Iglesia. Se olvidó de su testimonio, del tiempo en que fue misionero, del espíritu que sintió cuando predicaba el evangelio, de los sentimientos especiales que experimentó al sellarse a su esposa y las incongruencias y tonterías del enemigo lo doblegaron. Comenzó a enviar emails a sus amigos y conocidos manifestando una clara oposición a la doctrina de la Iglesia, convirtiéndose en un apóstata.

Los conflictos entre los miembros de la Iglesia pueden también llevar a la apostasía.  Algunos individuos comienzan a pensar que la Iglesia no es verdadera porque algún líder no les trató bien.  Ellos se sienten ofendidos y, sin pensar en lo que pierden, se alejan de la Iglesia.

Un hombre, que he conocido desde la infancia, se ofendió por un determinado procedimiento que aplicó un líder de la Iglesia. Poco después el líder fue varias veces a visitarlo pidiéndole disculpas por la ofensa. Aunque el procedimiento aplicado no fue malintencionado ni tampoco incorrecto, ese hombre se inactivó junto con su familia.  Él dijo que no regresaría hasta que ese líder fuese relevado de su llamamiento. Desafortunadamente ese miembro que se sintió ofendido nunca regresó a la Iglesia, aún después que el líder fue relevado, arrastrando con esa decisión también a su familia.

La crítica puede ser otro motivo de la apostasía personal.  Cuando buscamos las faltas en otros, o comenzamos a pensar que podríamos tomar mejores decisiones que nuestros líderes, deberíamos recordar la experiencia de Oliver Cowdery, el segundo Élder de la Iglesia.

En Doctrina y Convenios 28:2 Oliver Cowdery fue instruido mediante la revelación dada al Profeta José Smith, “que nadie será nombrado para recibir mandamientos y revelaciones en esta Iglesia sino mi siervo José Smith, hijo,...” Con el tiempo, lamentablemente, Oliver se reveló contra José diciéndole que “esta Iglesia caerá si yo me alejo de ella”. A lo cual José le respondió, “Oliver, inténtalo.” Oliver lo intentó y fue él quien cayó. Pero el reino de Dios se mantuvo firme 2.

Se entra en apostasía cuando alguien se atribuye autoridad que no le corresponde, o cuando pretende recibir revelación para imponerla en una esfera que no le compete.  Nuestro deber, como fue revelado a Oliver Cowdery, es “ser obediente a las cosas”3que el Señor revele a Su profeta y a nuestros otros líderes, llamados mediante la autoridad del sacerdocio.

Cuando Lehi tuvo la visión del árbol de la vida, vio “que surgió un vapor de tinieblas, sí, un sumamente extenso vapor de tinieblas, tanto así que los que habían entrado en el sendero se apartaron del camino, de manera que se desviaron y se perdieron”4.

Testifico que podemos evitar el vapor de tinieblas que conduce a la apostasía personal arrepintiéndonos de nuestros pecados, superando las ofensas, eliminando las críticas y siguiendo a nuestros líderes de la Iglesia.  También podemos evitar aquellos vapores siendo humildes, perdonando a nuestros semejantes, guardando nuestros convenios, participando dignamente de la santa cena cada semana y fortaleciendo nuestro testimonio a través de la oración, el estudio diario de las escrituras, la asistencia al templo en donde sea posible, magnificando nuestros llamamientos en la Iglesia y sirviendo a nuestro prójimo.

 

NOTAS

  1. GEE, página 7
  2. Spencer W. Kimball, “To Bear the Priesthood Worthily,” Ensign, mayo de 1975, página 78
  3. D. y C. 28:3
  4. 1 Nefi 8:23