Bienaventurados los pobres en espíritu

Por el Élder Claude R. Gamiette, de los Setenta


Vivimos en una época fascinante, de grandes desafíos y oportunidades. Vivimos en un tiempo en que se ha restaurado el Evangelio de Jesucristo y éste está avanzando; un tiempo en que han descendido ángeles y han restaurado llaves del sacerdocio, y Dios mismo ha dado inicio a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Me bauticé cuando tenía 21 años, en Guadalupe. Conforme a las enseñanzas que recibí, traté sinceramente de arrepentirme de mis pecados para poder recibir el Espíritu Santo. Me hice miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y experimenté un cambio de corazón, sólo deseaba el Evangelio. Pero, aún después de bautizado, tuve que luchar con aspectos de mi vida y de mi carácter que no estaban bien.

A menudo me preguntaba cómo podría ser perdonado y cómo podría cambiar mi corazón completamente. Con frecuencia, me sentía igual que Nefi y exclamaba: “¡Oh, miserable hombre que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi alma se aflige a causa de mis iniquidades” (2 Nefi 4:17).

Desde el día en que me bauticé, he guardado todos los mandamientos que vienen con esta ordenanza: he pagado un diezmo íntegro, he honrado el día de reposo, he vivido la palabra de sabiduría, he guardado la ley de castidad, etc…

No obstante, luchaba con algunos aspectos de mi vida. Batallé con eso por años, dudando en ocasiones si algún día podría llegar a superarlo. Acudía a menudo a la Santa Cena suplicando ayuda.

Un día, mientras me esforzaba por obtener la remisión de mis pecados y suplicaba dicha ayuda, ocurrió algo singular. Mientras escuchaba un discurso, el Espíritu de Dios descansó sobre mí. Mis ojos fueron abiertos para ver la realidad de lo grave que eran mis pecados ante Dios, lo terriblemente avergonzado que me sentiría si yo fuera llevado a Su presencia y lo mucho que temería ese día. Literalmente se encendió un fuego en mi alma y me consideré menos que el polvo de la tierra. Me lamenté por mis pecados y lloré amargamente, al tiempo que reconocía que había estado rogando durante muchos años por eso que estaba sucediendo en ese momento. Podía ver mis debilidades en una forma muy tangible (Éter 12:27) y sabía que el Salvador no me dejaría sufrir por mis pecados, sino que acudiría a rescatarme, por lo que supliqué Su ayuda. Entonces, comprendí mejor al pueblo del rey Benjamín:

 “Y ahora bien, aconteció que cuando el rey Benjamín hubo concluido de hablar las palabras que le habían sido comunicadas por el ángel del Señor, miró a su alrededor hacia la multitud, y he aquí, habían caído a tierra, porque el temor del Señor había venido sobre ellos. Y se habían visto a sí mismos en su propio estado carnal, aún menos que el polvo de la tierra. Y todos a una voz clamaron, diciendo: ¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones; porque creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, que creó el cielo y la tierra y todas las cosas; el cual bajará entre los hijos de los hombres! Y aconteció que después de que hubieron hablado estas palabras, el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo paz de conciencia a causa de la gran fe que tenían en Jesucristo que había de venir, según las palabras que el rey Benjamín les había hablado” (Mosíah 4:1-3).

No sé decirles cuándo llegó la paz, mas en los días siguientes supe que mi culpa había sido expurgada y no había más temor. Ya no sentía deseos de las cosas del pasado y había experimentado otro cambio de corazón, más profundo aún que el de mi bautismo. Reconocía la bendición de la Santa Cena en mi vida para recibir paz y consuelo del Señor. Deseaba guardar mejor los mandamientos y ser más diligente en mi servicio.  

Un sermón muy conocido del Salvador adquirió un nuevo significado para mí:

Bienaventurados los pobres en espíritu (que vienen a mí), porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra como heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mateo 5:3­­­­–10).

Yo había sido pobre en espíritu; había llorado por mis pecados y había recibido consolación, trayendo como consecuencia que la mansedumbre había ido creciendo en mí. Había tenido hambre y sed de guardar los mandamientos. Me había dado cuenta de que, junto con mi deseo de una mayor rectitud, vino el peligro de juzgarme a mí mismo y a los demás con dureza, por lo que necesitaba ser misericordioso hacia mí mismo y los demás, tal como el Señor lo había sido conmigo durante muchos años, y aún lo es.

Anhelo que en mi vida ocurra la siguiente bendición prometida, deseo ser un pacificador. Oro para recibir la valentía para poder sufrir las aflicciones que vienen al predicar el Evangelio con gozo en el Señor Jesucristo.

Él vive, Él es nuestro Redentor, nuestro Salvador.

Éste es el momento en que Él nos llama a venir a Él y, al avanzar hacia Él, veremos nuestras debilidades, seremos consolados, seremos santificados. Nuestra luz irradiará más brillantemente a medida que el Señor nos refine, mediante Su glorioso Evangelio.