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Para que siempre se acuerden de Él

Por el Élder J. Devn Cornish, de los Setenta

 
Uno de los momentos más importantes de la semana para un Santo de los Últimos Días es cuando participamos de la Santa Cena cada domingo y renovamos nuestro convenio con nuestro Padre Celestial de “recordar… siempre” a su Hijo, Jesucristo (ver D. y C. 20:77,79). Me he dado cuenta de que el tratar sinceramente de recordar al Salvador cada día bendice mi vida de maneras inesperadas. 
 
¿Qué significa “recordarle siempre”? Por supuesto, significa pensar en Jesucristo de manera activa al desempeñar nuestras actividades diarias, pero no es tan fácil cuando lidiamos con la presión del diario vivir. Todos podemos apartar un tiempo para enfocarnos principalmente en el Señor y Su Evangelio, como en las oraciones familiares y personales, nuestro estudio  individual de las Escrituras así como en familia, nuestras Noches de hogar y nuestra asistencia a las reuniones los domingos. Ciertamente estas cosas nos ayudarán es este cometido.  
 
Creo que el recordar siempre a Jesucristo incluye tratar cada día de hacer esas cosas que le agradan. Significa actuar de tal manera que otros crean nuestra afirmación de que somos Sus representantes y que realmente nos esforzamos por seguirle. Esto además es parte de lo que significa hacer un convenio de tomar Su nombre sobre nosotros. 
 
Cuando pienso en Jesucristo y recuerdo la manera en la que Él vivió, encuentro dos cosas que Él hizo que me guían en mi esfuerzo de “recordarle siempre”. Primero, pienso en las cosas que Él hizo que mostraban Su amor hacia Su Padre Celestial. Segundo, pienso en las muchas cosas que realizó que mostraban lo mucho que amaba a cada uno de los hijos de Dios.   
 
Por ejemplo, pienso en las dos ocasiones (ver Juan 2:14-16 y Mateo 21:12-15) que Jesús por Sí solo enfrentó a la gente que se ganaba la vida en el templo como cambistas y vendiendo animales para las ofrendas. Algunas de estas personas y sus amigos eran gente muy poderosa e influyente, y eran muchos. Sin embargo, a Jesús le importó más el hecho de que el templo era un lugar sagrado para agradar a Su Padre (ver Juan 8:29) que hacer lo que la mayoría de nosotros hubiéramos querido: quedarse callado, apartarse, y alejarse del peligro.   
 
En una segunda categoría, veo con los ojos de mi mente muchas personas enfermas, lisiadas y heridas saliendo de entre la multitud, seguidos por un gran número de niños, para ser sanados y bendecidos por Cristo, después de aparecerse a sus amados discípulos en la tierra de Abundancia en este hemisferio. Cuánto debió amarlos, y cuánto se deleitó al sanarlos y bendecirlos uno a uno (ver 3 Nefi 17:9, 21).
 
He decidido que trataré cada día de pensar más en Jesucristo y recordar las promesas que le hice al Padre de que me esforzaré más por vivir como Jesús. Voy a tratar de recordar a Cristo más en la manera en que demuestro mi amor hacia Su Padre, por la forma en que muestro amor hacia Sus otros hijos entre los que me encuentro todos los días. Que el Señor nos bendiga a cada uno de nosotros para recordar siempre a Jesús en nuestras actividades diarias. Les prometo que si hacen esto, nuestro Año Nuevo, y toda nuestra vida, será más feliz y más bendecida, y tendremos el privilegio de bendecir a muchos otros.