El mensajero y el mensaje

Por el Élder Faustino López, España

Setenta de Área


En Predicad Mi Evangelio leemos: “Algunos capítulos de Predicad Mi Evangelio se concentran en lo que usted debe hacer siendo misionero: cómo estudiar, cómo enseñar… Pero tan esencial como lo que usted haga es la clase de persona que sea”1. Estas dos cosas están conectadas: “Además de mis palabras, enseñanzas y expresiones de testimonio, mi vida misma debe formar parte de ese testimonio de Jesucristo; mi propia persona debe reflejar la divinidad de esta obra”2.

La obra misional tiene dos aspectos: el mensajero y el mensaje; los dos deben estar unidos. Jesucristo es el ejemplo perfecto. En Él, el mensajero y el mensaje son el mismo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”3. Los misioneros deben esforzarse por seguir el ejemplo de Jesucristo en tanto que les sea posible y de incorporar el mensaje que Él lleva. Es como si los misioneros le dijeran a un futuro converso, “Si acepta el mensaje que traemos y lo vive, será un Santo de los Últimos Días, de quienes somos ejemplos”; y es lo mismo que pasa cuando los misioneros traen a la iglesia a las personas que están enseñando. El mensaje que reciben al entrar en la capilla y conocer a los miembros es: “Esto es lo que le espera, si se bautiza: ser parte de esta gente, estar con estas personas y ser uno de ellos”.

Por esta razón, el élder Jeffrey R. Holland del Quórum de los Doce dijo: “Ciertamente no hay mensaje misional más poderoso que podamos enviar al mundo que el ejemplo de una vida Santo de los Últimos Días amorosa y feliz. La manera de actuar y de conducirse, la sonrisa y la bondad de un fiel miembro de la Iglesia brindan calidez e interés que ningún folleto misional ni vídeo puede transmitir”4. La conversión de las personas no sólo es saber si el mensaje de los misioneros es verdad o no; también es el estar dispuesto a vivirlo en compañía de otros miembros de la Iglesia. Por ello, el élder Holland también dijo, “Ninguna misión ni ningún misionero puede a la larga lograr el éxito sin la tierna participación y el apoyo espiritual de los miembros locales que trabajen con ellos en un esfuerzo equilibrado”5. La conversión requiere que yo esté en el mensaje y en el mensajero.

Recuerdo muy bien a los misioneros que me enseñaron. Yo tenía 19 años y ellos, que eran igual de jóvenes que yo, parecían ser y tener lo que yo había estado buscando toda mi vida. Quería tener lo que ellos tenían y ser lo que ellos eran; y cuando me llevaron a la capilla—a la única rama que había en aquel entonces en Madrid— conocí a aquel grupo de mormones, quería ser uno de ellos. Eran la clase de gente que yo quería ser; y me bauticé para poder ser uno de ellos, para estar con ellos.

Como explicó el presidente Spencer W. Kimball: “El recogimiento de Israel consiste en unirse [los investigadores] a la Iglesia verdadera y adquirir un conocimiento del Dios verdadero”6. Cuando me bauticé, llegué a ser parte de un pueblo, miembro de una nueva sociedad, un conciudadano con los santos7. Aquellos que no logran desarrollar una nueva identidad y formar parte de esta nueva sociedad, acaban volviendo al lugar de donde vinieron.

Por eso, todos los que estamos en la Iglesia tenemos el deber de hacer todo lo posible por ayudar a que los que entran en la aguas del bautismo sientan que pertenecen, teniendo en cuenta que en la Iglesia no hay más “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos y miembros de la familia de Dios”8. Al compartir los misioneros el mensaje, nosotros como miembros nos convertimos en mensajeros de lo que significa ser un Santo de los últimos Días.

Notas:

1 Predicad Mi Evangelio, “¿Cómo desarrollo atributos semejantes a los de Cristo?”, pág. 121

2 Élder Jeffrey R. Holland, “Los milagros de la Restauración”, Liahona, enero de 1995, pág. 35; en Preparación misional, Religión 130, manual para el alumno, pág. 5.

3 Juan 14:6

4 Élder Jeffrey R. Holland, “Me seréis testigos”, Conferencia General, abril de 2001.

5 Elder Jeffrey R. Holland, “Me seréis testigos,” ob. cit.

6 Las enseñanzas de Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 439; en Preparación misional, Religión 130, manual para el alumno, pág. 4

7 Véase Efesios 2:19.

8 Efesios 2:19.