Aborto


La vida humana es un don sagrado de Dios. El aborto voluntario por conveniencia personal o social está en contra de la voluntad y de los mandamientos de Dios. Los miembros de la Iglesia que se sometan, lleven a cabo, fomenten, financien u organicen dichos abortos pueden perder su condición de miembros de la Iglesia.

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En la sociedad de hoy, el aborto se ha convertido en una práctica común que se defiende con argumentos engañosos. Los profetas de nuestros días han denunciado el aborto refiriéndose a la declaración del Señor “No matarás, ni harás ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). Su consejo al respecto es muy claro: Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no deben someterse a un aborto, no deben llevarlo a cabo, no deben fomentarlo, no deben pagar por el procedimiento ni hacer los arreglos para que se realice. Los miembros de la Iglesia que fomenten un aborto en cualquier forma, pueden quedar sujetos a la disciplina de la Iglesia.

Los líderes de la Iglesia han dicho que ciertas circunstancias excepcionales podrían justificar un aborto, por ejemplo, cuando el embarazo sea el resultado de incesto, de violación, cuando esté en peligro la vida o la salud de la madre según la opinión de autoridades médicas competentes, o cuando dichas autoridades determinen que el feto tiene defectos graves que no le permitirán sobrevivir más allá del nacimiento; pero aun esas circunstancias no justifican automáticamente que se provoque un aborto. Los que se enfrenten con tales circunstancias deben considerar el aborto sólo después de consultar con sus líderes locales de la Iglesia y de recibir una confirmación por medio de la oración sincera.

Cuando se concibe a un hijo fuera del matrimonio, la mejor opción es que el padre y la madre del bebé se casen y se esfuercen por establecer una relación familiar eterna. Si es poco probable que dicho matrimonio tenga éxito, deben dar a su hijo en adopción, de preferencia a través de los Servicios para la familia SUD (véase “Adopción”).

―Véase Leales a la fe, 2004, pág. 3

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