Apostasía


Cuando personas o grupos de personas se apartan de los principios del Evangelio, se encuentran en un estado de apostasía. Un ejemplo es la Gran Apostasía que ocurrió después de que el Salvador estableció Su Iglesia. Después de la muerte del Salvador y de Sus apóstoles, los hombres corrompieron los principios del Evangelio e hicieron cambios no autorizados en la organización de la Iglesia y en las ordenanzas del sacerdocio. Debido a esa apostasía tan generalizada, el Señor retiró de la tierra la autoridad del sacerdocio. Dicha apostasía duró hasta que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado se aparecieron a José Smith en 1820 y dieron inicio a la restauración de la plenitud el Evangelio.

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Durante la Gran Apostasía, la gente quedó sin la dirección divina de profetas vivientes. Se establecieron muchas iglesias, pero éstas no contaban con el poder del sacerdocio para llevar a la gente al verdadero conocimiento de Dios el Padre y de Jesucristo; se corrompieron o se perdieron partes de las Sagradas Escrituras, y nadie tenía la autoridad para conferir el don del Espíritu Santo ni para realizar otras ordenanzas del sacerdocio.

Ahora vivimos en una época en que ha sido restaurado el Evangelio de Jesucristo, pero a diferencia de la Iglesia en tiempos pasados, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no será destruida por una apostasía general. Las Escrituras enseñan que la Iglesia nunca jamás será derribada (véase D. y C. 138:44; véase también Daniel 2:44).

Aunque no volverá a haber otra apostasía general de la verdad, debemos cuidarnos de la apostasía personal al guardar los convenios, obedecer los mandamientos, seguir a los líderes de la Iglesia, participar de la Santa Cena y fortalecer constantemente nuestros testimonios mediante el estudio de las Escrituras, de la oración y del servicio diarios.

Véase también Administración de la Iglesia; Restauración del Evangelio; Sacerdocio

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