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    La guía de una levantadora de pesas para permanecer fuerte

    Kuinini Manumua From California, USA

    Una sola Escritura puede hacer una gran diferencia —incluso en competencias de levantamiento de pesas.

    Cuando estudiaba el primer año de la escuela secundaria, el entrenador de levantamiento de pesas me pidió que me uniera al equipo.

    “Mmm… No gracias”, dije. “No es lo mío”.

    Sin embargo, él siguió insistiendo por semanas.

    Finalmente lo intenté. Él tenía razón, en verdad me gustó levantar pesas. Fue muy extraño al inicio; mi cuerpo nunca antes había hecho algo como eso, pero llegó a gustarme la sensación de ejercitarme. También me agradaban las competencias y mis compañeras. ¡Y empezó a irme muy bien!

    Levantar pesas ahora es una parte importante de mi vida. Practico cada día al menos dos o tres horas, hago sentadillas traseras, cargadas y envión y arranques. (Y si no sabes lo que son esas cosas, no te preocupes, ¡yo tampoco sabía!).

    Como muchas actividades, el levantar pesas requiere tiempo y paciencia, y en ocasiones eso puede ser difícil. Por suerte, mi familia siempre está ahí para animarme, incluso cuando me quejo por lo mucho que me duele el cuerpo (lo cual pasa seguido). Mi papá siempre tiene compresas frías y palabras de aliento para darme cuando llego a casa después de las prácticas. Y mi mamá siempre hace sacrificios para que yo pueda ir a las competencias.

    Hace algunos años, fui a una de esas competencias en Filadelfia, Pensilvania, EE. UU. Estaba emocionada por competir contra levantadores de pesas de todo el país, pero me preocupaba un poco estar tan lejos de mi familia. Para hacerlo más sencillo, mi mamá prometió escribirme cada día mensajes de texto con pasajes de las Escrituras y mensajes inspiradores.

    La noche previa a la competencia algunos jóvenes hicieron una fiesta. Pensé que sería genial ir, así que mi compañera de habitación y yo fuimos a ver de qué se trataba, pero en seguida supe que no era el tipo de fiestas a las que yo asisto. Había adolescentes bebiendo alcohol, fumando, diciendo malas palabras y bailando inapropiadamente. Sabía que no debía estar ahí, pero me preocupaba lo que pudiera pensar mi compañera de habitación, o lo que los demás competidores pudieran pensar.

    Entonces, me vino a la cabeza:

    “Permaneced en lugares santos”.

    Era una frase de mi Escritura favorita, que mi mamá me había enviado esa mañana, Doctrina y Convenios 87:8: “Por tanto, permaneced en lugares santos y no seáis movidos, hasta que venga el día del Señor; porque he aquí, viene pronto, dice el Señor. Amén”.

    No sé por qué mi mamá me envió esa Escritura ese día, pero es una que me ha gustado toda la vida. La memoricé cuando tenía ocho años, y me ha recordado una y otra vez que debo ser valiente, obediente y defender lo que creo.

    “Permaneced en lugares santos”.

    “Me voy”, le dije a mi compañera de habitación. Le expliqué en cuanto a la Escritura que mi mamá me había enviado esa mañana. “Este no es un lugar en el que debo permanecer”.

    Mi compañera me dijo que ella tampoco quería estar ahí. También se sentía incómoda pero no quería irse sola y parecer una fracasada. Me agradeció el haber dicho algo y nos fuimos.

    A la mañana siguiente nos enteramos de que, poco después de que nos fuimos, descubrieron a los jóvenes que estaban en la fiesta y los eliminaron de la competencia por estar bebiendo y drogándose.

    Si no hubiera tenido esa impresión y recordado el versículo que mi mamá me había enviado, también me podrían haber descalificado de la competencia. Terminé ganando el primer lugar, así que estoy muy agradecida por haber podido competir. (Creo que le agradezco a mi mamá cada día por haberme enviado mensajes).

    Ganar una competencia de levantamiento de pesas es una bendición muy obvia e inmediata por guardar los mandamientos, pero Doctrina y Convenios 87:8 no dice: “Permaneced en lugares santos para que ganéis competencias de levantamiento de pesas”. Y Juan 14:15 no dice: “Si queréis bendiciones inmediatas, guardad mis mandamientos”. En cambio, dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. El Señor nos bendice porque nos ama. Y nosotros tratamos de ser santos y obedientes porque confiamos en el Señor y lo amamos.

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