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Semillas abandonadas en lugares rocosos

Élder R. Kevin. Duncan Of the Seventy

El conductor del camión se alejó enojado. ¿Quién se tomaría el tiempo para separar pequeñas semillas del alquitrán y la grava?

Un día, cuando yo tenía 14 años de edad, me llamó la atención un sonido fuerte que provenía de la calle. Me apresuré a investigar lo que ocurría y encontré un camión con enormes sacos de semillas que subía pesadamente por la calle. Una de las bolsas se había caído de la camioneta y se había abierto.

La calle, recientemente pavimentada, estaba cubierta de alquitrán y grava fresca. Esto causó un gran desastre, con miles de semillas mezcladas con el material de la carretera. Después de que el conductor se detuvo y examinó la situación, expresó su frustración y se marchó manejando enojado. No pensaba que valiera la pena recoger las semillas de entre el alquitrán y la grava.

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Para mí, sin embargo, esas semillas olvidadas eran un tesoro que no podía pasar por alto. Yo vivía en una granja y, aunque no sabía qué tipo de semillas eran, sabía que podrían crecer y ser algo útil. Así que tomé un cubo y recogí todas las que pude, con grava y todo.

Corrí a casa para mostrar a mi familia mi tesoro recién descubierto. Aunque nunca habíamos plantado frijoles (alubias, caraotas, porotos), mi papá reconoció las semillas. Él me llevó a una esquina posterior de nuestra granja. “Ésta es tu área ahora”, dijo. “Planta esas semillas y ayúdalas a crecer”.

Trabajando en la granja

¡Estaba tan contento! Nunca había tenido mi propia zona de la granja donde trabajar. Ese año, mi pequeño rincón estuvo mejor regado y con menos malas hierbas que cualquier otra parte de la granja. Mientras el resto de mis tareas de la granja aún me parecían un trabajo, cuidar a diario de mi propio rincón con los frijoles me parecía divertido.

Las plantas crecieron y crecieron. Terminamos con tantos frijoles que tuvimos suficiente para congelar y comer durante todo el año.

Lo mejor fue que utilicé sólo una pequeña porción de las semillas de mi cubo. Tenía suficientes semillas allí para seguir haciéndolo durante muchos años. Todos los años he plantado más frijoles, y todos los años nuestra familia ha disfrutado de una buena cosecha.

Nuestros hermanos y hermanas

Cuando estaba a punto de salir a mi misión, miré mi cubo de semillas. Las semillas aún seguían mezcladas con brea y grava, pero aún eran tan valiosas como siempre.

Cada semilla aún tenía potencial. No importaba si las semillas se hallaban rodeadas de alquitrán y grava o si estaban sucias por fuera. La cosecha fue igual con estas semillas como con cualquier otra. Sólo necesitaban a alguien que viera su valor.

Al mirar en mi cubo, me di cuenta de que esas semillas eran como los hijos de nuestro Padre Celestial. A veces la gente “se cae de la camioneta” en lugares ásperos y nadie parece quererlos. Pero todos tenemos el mismo potencial divino, sin importar nuestras circunstancias. Todos debemos reconocer ese potencial en los demás y ayudar a cuidarlo en el camino.

Una gran cosecha

Muchos años más tarde leí en Jacob 5 acerca de la alegoría del olivo cultivado y el olivo silvestre cuando me acordé de esta experiencia de mi juventud. En la alegoría, el maestro tenía un lugar en “la parte más baja de la viña” (Jacob 5:19) que era más pobre que el resto.

Su siervo se preguntaba por qué querrían pasar tiempo en esa parte de la viña (véase Jacob 5:21); sin embargo, el amo de la viña vio su potencial y decidió trabajar allí. En última instancia, estos esfuerzos ofrecieron una gran cosecha.

Cuando tenía 14 años, un rincón de la granja también pasó a ser el más pobre en nuestra propiedad. Aún así, aquella esquina produjo una gran cosecha como resultado del tiempo y el esfuerzo que pasé allí trabajando con las semillas abandonadas.

El Señor nos ha dado a cada uno de nosotros un rincón de Su viña para cuidarlo y todos somos responsables de nuestra esquina. Ya sea que seamos misioneros de tiempo completo o una nueva abejita, cada uno tiene algo que cuidar. Debemos aprender a reconocer el potencial en nuestro propio rincón de la viña, sin importar donde estemos. Debemos ayudarlo a crecer.

También tenemos que ver el valor que tienen los hijos de Dios que, a simple vista, parecen ser menos deseables o que ya han sido rechazados por los demás. Al igual que mi cubo de semillas náufragas, dichas personas tienen gran valor: un valor infinito. También pueden crecer fuertes con un poco de ayuda de alguien que se preocupe.

Afilar nuestra hoz

Las Escrituras nos enseñan que debemos meter nuestra hoz con todas nuestras fuerzas (véase D. y C. 4:4). Utilicé una hoz constantemente en nuestra granja. Aprendí que no bastaba tan sólo con mover la hoz con fuerza. La hoz también tenía que estar afilada para cortar. Si estaba desafilada, yo pondría mucho esfuerzo intentando usarla sin mucho éxito.

En la granja guardábamos un afilador a disposición para afilar nuestra hoz todos los días. En la obra misional, y en verdad en todas las áreas de la vida, debemos mantener nuestras hoces espirituales afiladas para que podamos alcanzar nuestro mayor potencial. El leer las Escrituras todos los días, orar y guardar todos los otros mandamientos nos ayuda a permanecer afilados y útiles.

¿Qué potencial eterno ven en ustedes mismos y en otras personas? Compartan su experiencia con otros jóvenes al hacer comentarios a continuación.

Este artículo apareció originalmente en la edición de julio de 2014 de la revista New Era.

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