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Sola entre 1.500

Carolyn Lund

Me sentí completamente sola en mi nueva escuela, pero aprendí que el Señor me amaba y me ayudaría en tiempos de necesidad.

Los alumnos colmaban todos los pasillos para llegar a sus clases. Había 1.500 alumnos, dentro de una escuela secundaria que se construyó para 1.000 alumnos. Irónicamente, cada vez que sonaba el timbre, caminaba entre ellos pero me sentía completamente sola.

Estaba en el penúltimo año, en una nueva escuela, y había comenzado a odiar la escuela secundaria. Al comienzo del año, había hecho un gran esfuerzo para presentarme a las personas e iniciar conversaciones con los demás. Pero con el transcurso de las semanas, comencé a sentirme invisible. Me sentaba sola en mis clases, nunca hablaba y con el tiempo dejé de sonreír.

En la otra escuela, el año anterior había sido presidente de clase y animadora en encuentros deportivos, por lo que mi familia comenzó a preocuparse al ver el cambio en mi conducta, pasé de ser alegre y entusiasta a triste y angustiada. Mi papá preguntaba: “¿Cómo te fue en la escuela”? y todo lo que podía murmurar era: “Bien”, antes de subir a mi cuarto a llorar. Avergonzada de mis intentos fallidos por hacer amigos, mentí a mis padres, al no decirles que en vez de comer la comida con mis compañeros, pasaba hambre cada día y me iba sola a la biblioteca a estudiar.

Fue en ese momento, en medio del bullicioso pasillo, que me sentí más cerca del Salvador que nunca antes.

Hacia el final del año escolar, llegué al límite, sorprendiéndome a mí misma con la respuesta que le di a mi padre a su pregunta habitual. “No quiero regresar”, le dije. “Odio mi vida”. Ver el dolor y la preocupación en su rostro, sólo me hizo sentir peor. Esa noche, ya estaba lista para acostarme, cuando me puse de rodillas y derramé mi corazón al Señor, oré más tiempo y más arduamente que nunca antes. En vez de orar para encontrar amigos en la escuela, oré simplemente para que mi vida tuviera gozo y sentido otra vez.

A la mañana siguiente, en la escuela, me encontré orando en silencio para que pudiera ser consolada. Cuando sonó el timbre de la primera clase y los pasillos empezaron a llenarse, me centré en mi oración. Para mi sorpresa, mi nerviosismo parecía desvanecerse e inmediatamente fue reemplazado por un sentimiento de calma. Fue en ese momento, en medio del bullicioso pasillo, que me sentí más cerca del Salvador que nunca antes. Sentí como que Sus brazos me rodeaban con un cálido abrazo de comprensión y seguridad.

Recurrí al Señor con frecuencia durante el resto de ese año y ahora continúo confiando en Él. Aunque no tenía un gran grupo de amigos, hice varias buenas amigas ese año, amigas que se han hecho algunas de mis mejores amigas en los años posteriores. Al mirar hacia atrás, estoy agradecida de esa experiencia difícil, porque me ayudó a que la transición a la universidad sea más fácil. Aprendí que el Señor me vio a mí, una de Sus amadas hijas, con un valor infinito. Él siempre estará allí para ayudarnos en los momentos de desesperación, y podemos reconocer Su presencia si oramos para sentir Su amoroso abrazo.

La Primera Presidencia en la soledad

“El Padre Celestial quiere que lo consulten mediante oraciones sinceras y fervientes. Recuerden, nunca están solas. Nunca olviden que se les ama. Nunca duden de que alguien verdaderamente se preocupa por ustedes” (véase Thomas S. Monson, “El momento de escoger”, Liahona, julio de 1995).

“Nunca tenemos que sentir que estamos solos ni que no se nos ama cuando estamos al servicio del Señor, porque nunca es así. Podemos sentir el amor de Dios. El Salvador ha prometido ángeles a nuestra diestra y a nuestra siniestra para sostenernos [véase D. y C. 84: 88]. Él siempre cumple Su palabra” (Henry B. Eyring, “Montañas que ascender”, Liahona, mayo de 2012, pág., 26).

No sentirán soledad, pesar, dolor ni desaliento para siempre. Tenemos la fiel promesa de Dios de que Él no olvidará ni abandonará a quienes inclinen su corazón hacia Él [véase Hebreos 13:5]. Tengan esperanza y fe en esa promesa. Aprendan a amar a su Padre Celestial y conviértanse en Su discípulo en palabra y en hecho” (Dieter F. Uchtdorf, “Ustedes son importantes para Él”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 22).

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