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Optar por no decir chismes

Brett Schachterle

Si hubiese escogido sumarme al chisme, ¿qué habría dado a entender eso sobre mí?

Durante mi antepenúltimo año de secundaria me ofrecí como voluntario para formar parte del equipo técnico para la producción musical anual de mi escuela secundaria. Esa experiencia se convirtió en uno de mis recuerdos favoritos de ese año, porque fue divertido y aprendí mucho. Además, me encantó trabajar con las personas que conocí.

Pero lo más importante que aprendí no estaba dentro de mis expectativas.

Para que el equipo técnico se comunicara de forma callada, utilizábamos auriculares de radio. También los usábamos para contar chistes, conversar y hasta cantar entre nosotros para entretenernos durante los largos ensayos.

Sin embargo, la primera ocasión en que empleamos los auriculares en realidad no me sentí muy cómodo. Al principio me estaba divirtiendo, pero luego algunas personas empezaron a contar chismes sobre los actores que ensayaban en el escenario. Traté de hacer caso omiso de los comentarios maliciosos y las observaciones groseras, pero al evolucionar la conversación, los chismes se tornaban más crueles y ofensivos.

Escuchar algunos de esos comentarios me hizo sentir muy mal, pero tenía miedo de hacerles frente a mis nuevos amigos. Ojalá lo hubiese hecho, porque a medida que les toleraba los chistes, llegué a sentir la tentación de reírme y agregar mis propios comentarios. Empecé a justificar que hubiera estado bien hacerlo. Sólo el equipo técnico me iba a escuchar, y yo quería caerle bien a la gente que me rodeaba.

Fue difícil, pero sabía que hablar a espaldas de los que estaban en el escenario no era lo correcto, así que opté por no decir chismes.

Después del ensayo nos enteramos de que todo lo que habíamos conversado por los auriculares se había trasmitido entre bastidores. Los más o menos sesenta integrantes del reparto nos habían oído hablar. Algunos estaban enojados, molestos o avergonzados. A nadie le causó una buena impresión.

Posteriormente, cuando charlaba con una amiga sobre lo ocurrido, ella me dijo: “Todos saben que nunca dirías nada así”. El comentario me impactó, y me di cuenta de la importancia de la decisión que había tomado. Si hubiese escogido sumarme al chisme, ¿qué habría dado a entender eso sobre mí? ¿Qué habría dado a entender sobre la Iglesia?

Estoy agradecido por la decisión que tomé en ese teatro oscuro y pequeño, aun cuando creía que los demás no se enterarían, porque me ha abierto la puerta a bendiciones de amistad, paz y confianza que hubiese perdido si hubiera optado por decir chismes.

Este artículo apareció originalmente en el ejemplo de agosto de 2013 de la revista Liahona.

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