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Cómo hacer frente a la ansiedad

Eric B. Murdock Church Magazines

¿Estás preocupado todo el tiempo? Yo también lo estaba; hasta que supe que no tenía que hacerle frente yo solo.

En mi primera semana de la escuela secundaria, mi maestro de matemáticas me pidió que resolviera una ecuación frente a la clase. Sencillo, ¿verdad? Bueno, no podía hacerlo.

Pensamientos aterradores pasaron por mi mente. Mi corazón se aceleró, comencé a sudar, mis músculos se tensaron y tenía dificultad para respirar. Quería escaparme, pero me sentía atrapado y asustado. La mayor parte del año me sentí así desde el momento en que entraba a la escuela cada mañana.

Esto duró durante toda la escuela secundaria. Me preocupaba todo: tomar exámenes, conocer a personas nuevas, hablar en público, salir en citas y competir en deportes. Me preocupaba el futuro y tenía miedo de que nunca sería lo suficientemente bueno como para enfrentar los desafíos de la vida. Me sentía nervioso y tenso la mayor parte del tiempo, lo cual dificultaba el solo hecho de terminar un día.

Ansiedad vs. trastornos de ansiedad

Todas las personas experimentan sentimientos de ansiedad de vez en cuando. Es una reacción normal a situaciones nuevas, desconocidas o difíciles. Si nunca nos preocupara nada, algo andaría mal. Un poco de ansiedad puede motivarnos a actuar y a solucionar problemas; pero a veces la ansiedad puede ser intensa y constante e interferir con la vida cotidiana. Estas pueden ser señales de un trastorno de ansiedad.

Hay diferentes tipos de trastornos de ansiedad, pero por lo general incluyen sentimientos exagerados de temor y nerviosismo. Los síntomas físicos incluyen ritmo cardíaco acelerado, tensión, dificultad para respirar, mareos y falta de capacidad para concentrarse y relajarse. Tener pensamientos de temor, inseguridad, preocupación y estrés pueden desencadenar estos síntomas. La genética y un desequilibrio químico en el cerebro también pueden contribuir a los trastornos de ansiedad.

La ansiedad que sentía era intensa y cuando tenía esos sentimientos, todo lo que quería hacer era evitarlos. Después de un tiempo, me di cuenta que estaba evitando situaciones en la escuela, con mis amigos e incluso en la Iglesia. La ansiedad estaba controlando mi vida. Comencé a sentirme débil y demasiado frágil para sobrellevar los altibajos de la vida. Me di cuenta que necesitaba ayuda con este desafío. Efectivamente, me diagnosticaron trastorno de ansiedad. Al principio luché mucho con eso, pero con el apoyo de mi familia y otras personas he aprendido mucho. Aprendí que un trastorno de ansiedad no significa que yo carezca de carácter o sea débil. Es como tener presión arterial alta o diabetes. Es tratable y es algo en lo que se debe trabajar, no es algo de lo que uno deba avergonzarse. Sí, tengo un trastorno de ansiedad, pero también tengo esperanza.

El Señor estará contigo

Al principio pensé que tendría que hacer esa única cosa que podría hacer desaparecer mi ansiedad para siempre. Oré, ayuné y leí las Escrituras diariamente. Esperaba encontrar alivio permanente, pero este nunca llegó. El tratamiento y la ayuda que he recibido me han ayudado a saber que se requiere perseverancia y paciencia para aprender a manejar y hacer frente a la ansiedad. Aún estoy aprendiendo y sigo luchando contra la ansiedad de vez en cuando.

El apóstol Pablo también tenía un problema que no se iba. Él lo describió como “un aguijón en [la] carne” (2 Corintios 12:7). Le pidió al Señor varias veces que lo quitara de él, pero el Señor no lo hizo. A través de todo ello, Pablo aprendió una gran lección. “… Mi poder se perfecciona en la debilidad”, dijo. “… Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Pablo aprendió a depender en el Señor mediante sus desafíos. Al igual que Pablo, yo necesitaba estar dispuesto a colocar mis cargas en el Señor. Él nos ama y desea ayudarnos. Él dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Cuando entreguemos nuestros temores y frustraciones a Él, Él nos ayudará emocional y espiritualmente. “No os dejaré huérfanos”, dijo el Salvador, “vendré a vosotros” (Juan 14:18). Sé que nunca tendré que preocuparme por recibir Su consuelo en mis momentos de necesidad.

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