Skip main navigation
Menú de los Jóvenes

El servicio fiel y amoroso

Carol F. McConkie First Counselor in the Young Women General Presidency

El servir como Cristo sirvió invita al Espíritu Santo y trae la promesa de paz.

Fui testigo del gozo que proviene del servicio puro y desinteresado que se muestra en estas fotografías, de un joven llamado Elijah, que regala su camisa a un nuevo amigo que conoció en un pueblito apartado de África. Elijah vio una necesidad inmediata y respondió enseguida. Al igual que el joven Elijah, tenemos la oportunidad de prestar servicio a los demás de muchas maneras. Tal vez no tengamos que quitarnos la camisa para dársela a otra persona, pero si estamos atentos a la inspiración del Espíritu Santo, sabremos a quién servir y cómo ayudar a los que tengan necesidades.

“El servicio es equivalente a guardar los mandamientos de Dios”, y representa nuestro amor por el Señor. El Salvador enseñó: “Si me amas, me servirás y guardarás todos mis mandamientos” (D. y C. 42:29); “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás” (D. y C. 59:5). Al bautizarnos hicimos convenio de que serviríamos a Dios y guardaríamos Sus mandamientos (véase Mosíah 18:10). Como seguidores de Cristo, siempre procuramos participar en Su obra, y eso implica prestar servicio.

Servicio: El Evangelio en acción

El servicio es el evangelio de Jesucristo en acción, y eso se manifiesta en un relato de Brigham Young que me encanta. Al enterarse de que cientos de pioneros con sus carro de manos estaban varados en las planicies en condiciones insoportables, enseñó con poder este sermón sencillo en la Conferencia General de octubre de 1856: “Ahora daré a este pueblo el tema y el texto al que se referirán los élderes cuando hablen… y es éste… muchos de nuestros hermanos y hermanas están en las planicies con carros de mano, muchos quizás a más de 1.100 kilómetros de este lugar, y es preciso traerlos aquí; tenemos que enviarles socorro. El tema es ‘Hay que traerlos aquí’…

“Ésta es mi religión; esto es lo que dicta el Espíritu Santo que está conmigo: que salvemos a esa gente…

“En este día, les pido a los obispos, y no voy a esperar hasta mañana ni hasta el día siguiente, que consigan sesenta yuntas de buenas mulas y doce o quince carromatos… No quiero mandar bueyes, sino buenos caballos y mulas; se pueden encontrar en este territorio y es imprescindible conseguirlos. Además, doce toneladas de harina y cuarenta carreteros buenos, aparte de los que llevarán las yuntas de animales…

“Les diré que toda la fe que tengan, su religión y sus declaraciones religiosas no salvarán ni una sola de sus almas en el reino celestial de nuestro Dios a menos que pongan en práctica esos principios que les estoy enseñando. Vayan y traigan a esa gente que se encuentra en las planicies.”

“Salvar a las personas”, ése es el mandamiento. Cuando servimos a los demás, estamos participando en la obra de salvación; y como enseñó el rey Benjamín: “Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

Oportunidades a nuestro alrededor

No tenemos que ir muy lejos para encontrar oportunidades de servir. Nuestro profeta viviente, el presidente Thomas S. Monson, enseñó: “Estamos rodeados de personas que necesitan nuestra atención, nuestro estímulo, apoyo, consuelo y bondad, ya sean familiares, amigos, conocidos o extraños. Nosotros somos las manos del Señor aquí sobre la tierra, con el mandato de prestar servicio y edificar a Sus hijos. Él depende de cada uno de nosotros”.

Nuestro Padre Celestial nos necesita para proporcionar auxilio espiritual y temporal a los demás (véase Mosíah 4:26). “El mayor servicio que podemos dar a otras personas en esta vida… es traerlos a Cristo mediante la fe y el arrepentimiento”. Damos el ejemplo al vivir las normas del Evangelio; compartimos el mensaje del evangelio de Jesucristo; hacemos la historia familiar y llevamos los nombres de nuestros antepasados al templo. Con frecuencia, actos sencillos de servicio compasivo como una simple sonrisa, un saludo amigable, un abrazo afectuoso o una nota de gratitud es todo lo que hace falta para levantar el ánimo y alegrar el corazón. En otras ocasiones será necesario un gran sacrificio de tiempo y energía.

Pero en todos los casos, el servicio fiel y amoroso, semejante al de Cristo, invita la compañía del Espíritu Santo y trae a cada uno de nosotros la promesa de “paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23).

Error en el envío del formulario. Asegúrate que todos los campos se han completado correctamente e inténtalo de nuevo.

 
1000 caracteres restantes