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Mi camino de regreso a la Iglesia

Doug Boyack

Traté de hallar respuestas fuera del Evangelio, pero todo lo que encontré fue un gran vacío.

Me crié en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pero cuando estaba en la universidad decidí que ya no necesitaba la Iglesia. Comencé una frívola y egoísta búsqueda de la “verdad” en otros lugares; pero, al no hallar respuestas que me dieran paz ni gozo, caí en una profunda obscuridad espiritual. Sentía que nunca volvería a ser feliz.

No obstante, todavía reconocía que había sido más feliz cuando estaba activo en la Iglesia. Comencé a reanudar las actividades de la Iglesia en forma automática con la esperanza de escapar del desasosiego que controlaba mi vida, pero mi desganado empeño no dio muchos resultados. Me concentré en mis estudios esperando que me distrajeran del vacío que sentía. Eso me ayudó por un tiempo, pero no me proporcionó una solución real.

Después de andar dando tumbos y de percatarme de que no llegaba a nada, decidí tomarme un receso en mis estudios y viajar. Tenía un poco de dinero guardado, pero no me duraría mucho tiempo. Antes de partir, tomé la resolución de ejercer un poco de fe verdadera y pagar el diezmo de mis módicos ahorros. No fue fácil, pues iba a estar lejos de casa y me quedaría sin dinero en poco tiempo. Aun así, tenía fe de que Dios existía, y sabía que necesitaría Su ayuda.

“Invito a cada joven, y a cada miembro, a dar oídos a Jesucristo y a Sus profetas mediante el pago de un diezmo íntegro y una ofrenda de ayuno generosa durante toda la vida. Les prometo que el Señor los fortalecerá y los hará prosperar para que cumplan sus justos deseos de acuerdo con los santos propósitos que Él tiene”. –Élder Anthony D. Perkins

Hice un cheque para pagar el diezmo, se lo envié al obispo, puse un Libro de Mormón en mi equipaje y partí. Casi de inmediato, sentí la calidez del Espíritu. Me sorprendí cuando sentí que el entendimiento y el optimismo reemplazaron mis dudas y mi pesar. Desde Idaho hasta Washington, D.C., los miembros de la Iglesia me tendieron una mano y, más importante aún, me ayudaron a cultivar la fe y los deseos justos. Me sentía en casa dondequiera que fuera.

Después de un corto tiempo, sabía que interrumpiría el viaje; no por falta de dinero, sino porque tenía frente a mí un viaje mejor. Al regresar a casa, me reuní con el obispo y el presidente de estaca. Con la ayuda de ellos, en poco tiempo ya estaba sirviendo al Señor como misionero.

Ahora, cada vez que pago el diezmo o me reúno con líderes de la Iglesia, recuerdo el “comienzo” de mi verdadera conversión. Desde entonces he tenido altibajos, pero me he esforzado por mantenerme fuerte espiritualmente. Siempre estaré agradecido porque el Padre Celestial aceptó mi escasa ofrenda de fe y extendió Su brazo amoroso hacia mí.

Este artículo apareció originalmente en la edición de junio de 2014 de la revista New Era.

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