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Cómo he sentido el amor de Dios

Jóvenes de todo el mundo describen momentos en los que han sentido el amor que Dios tiene por ellos.

Debido a que Dios nos conoce individualmente, experimentamos ese amor de formas personales y únicas: en una respuesta inesperada a una oración, un momento de tranquilidad en un lugar bello, en las tiernas misericordias durante todo un día y de muchas otras maneras. El amor de Dios es real, así como todo los que nos rodea, si sólo hacemos una pausa para darnos cuenta de ello. Tú puedes aprender a reconocer el amor de Dios en tu vida. A continuación aparecen algunas historias de jóvenes que han sentido Su amor.

Mi Padre Celestial me ama

Por Hannah P.

Hace poco fui a dar un paseo y recordé cuán infinito es el amor de nuestro Salvador.

Pasé por personas que sonreían y saludaban. Llegué a un parque, donde me mecí en los columpios. Me senté en un banco y vi a un pájaro que recogía hierba para un nido; una mariposa se posó a mis pies y batió sus alas; el algodón caía de los árboles y una telaraña brillaba con la luz del sol.

La canción “Mi Padre Celestial me ama” ocupaba mis pensamientos. La repetí una y otra vez, y sentí algo más: un amor sosegado, verdadero, eterno e increíble.

Sentí los cálidos rayos del sol en el rostro, los brazos y las piernas. Sentí que el viento me rozaba, refrescando mi piel y yendo a toda prisa por mi cabello. Entonces pensé en el milagro que era eso porque soy sobreviviente de cáncer y tengo cabello. Mientras descansaba, sentí el latido de mi corazón y que mi pulso disminuía.

Entonces sólo pensé: pensé en lo que ha sucedido y en lo que podría suceder. Me imaginé a mí misma en algunos años con mis seres queridos a los que más amo, riendo y jugando en un parque parecido. No recuerdo todo lo que pensé, pero en verdad no importa, porque al final la canción “Mi Padre Celestial me ama” (Canciones para los niños, págs. 16–17) ocupaba mis pensamientos. La repetí una y otra vez, y sentí algo más: un amor sosegado, verdadero, eterno e increíble.

Y eso es a todo lo que se reduce: al amor.

Confiar en Él

Por Timothy A.

Al estar de rodillas últimamente orando a nuestro Padre Celestial para recibir ayuda y guía, me he dado cuenta de que pongo mucha confianza en Él. Sé que Él vive. El poder de la oración no es sólo un don de nuestro Padre Celestial sino que también es muy poderoso y eficaz si te empeñas.

He notado una gran diferencia en mi vida ahora que he estado orando más. Una de las cosas que me encanta hacer es encontrar un lugar tranquilo y apacible donde puedo hablar con mi Padre Celestial y decirle lo que siento. He sentido Su amor por medio de la oración y sé que Él desea que hablemos con Él y lo recordemos siempre en nuestro corazón y en nuestra mente.

Una bendición del sacerdocio

Por Joseph E.

Había estado luchando por unas semanas con algunos problemas de salud cuando una amiga me dijo que había estado orando y que se sintió inspirada a decirme que yo necesitaba una bendición. Sabía que ella tenía razón, pero yo sentía que no valía nada. Sentía que no era digno de una bendición.

Luego vi la página de youth.lds.org y encontré un artículo sobre las bendiciones del sacerdocio en la parte superior. Sentí el Espíritu muy fuerte mientras leía el artículo. Supe que mi amiga tenía razón y que realmente necesitaba una bendición.

Sé que el Padre Celestial desea bendecirnos y sólo tenemos que pedir. A pesar de que sientas que no vales nada, todavía eres un hijo o una hija de Dios, y Él te ama.

Pedí una bendición a mi padre esa noche. Después de la bendición, sentí un consuelo y una paz que no habían estado allí antes.

Sé que el Padre Celestial desea bendecirnos y sólo tenemos que pedir. A pesar de que sientas que no vales nada, todavía eres un hijo o una hija de Dios y Él te ama. A veces, tal vez seamos testarudos, pero si nos humillamos y pedimos una bendición, eso puede cambiar nuestra vida.

Ya no seré tímida

Por Raina N.

Siempre he sido una persona de naturaleza tímida cuando estoy con personas que no conozco muy bien. En el verano anterior a cumplir 16 años, mis dos mejores amigos se mudaron. Comenzaron las clases y parecía que Satanás conocía mi debilidad y se había propuesto intensificarla. Tenía un grupo de personas con quienes pasar el rato en la escuela, pero no me sentía parte de él. Me sentía insegura acerca de mi situación en la escuela.

Una noche antes de acostarme estaba leyendo Éter 12:27 cuando de pronto comprendí que el Señor deseaba ayudarme a hacer buenos amigos. Si tan sólo era humilde y tenía fe, Él me ayudaría a convertir mi debilidad en un punto fuerte.

He visto cómo el Señor cumplió Su promesa. No importa cuál sea mi posición en la escala social de la escuela de secundaria, ya que mi Padre Celestial me ama por lo que yo soy. Él tiene millones de hijos, pero sé que nos ama de forma personal por nuestras cualidades propias y únicas. Cuán agradecida estoy por la lección que aprendí aquella noche y por la paz y la serenidad que siento al saber que Dios vive, Él nos ama de manera personal, y desea ayudar a Sus hijos. Lo amo con todo mi corazón.

¿Quién soy yo realmente?

Por Michelle M.

Cuando tenía diecisiete años había ido a muchas y diferentes actividades de la Iglesia y aún a algunas reuniones, pero no era miembro de la Iglesia.

Un domingo por la tarde estaba en casa con mi madre. Creo que la había decepcionado y me sentía muy triste. Mi amiga Karen llamó para ver si quería ir a una charla fogonera con ella y estuve de acuerdo. Recuerdo que a medida que el orador se acercaba al púlpito, empezó a decir: “¿Quién soy yo?”.

Cuán agradecida estoy por la lección que aprendí aquella noche y por la paz y la serenidad que siento al saber que Dios vive, Él nos ama personalmente y desea ayudar a Sus hijos.

Pensé para mis adentros: “Soy una mala persona. Mi madre está enojada conmigo”. El orador continuó: “Soy un hijo, soy un padre, soy un tío”. Y entonces hizo una pausa. Hubo un gran silencio y añadió: “Soy un hijo de Dios”.

Me miró y me dijo: “Eres una hija de Dios”. Y luego miró a alguien más y dijo otra vez: “Eres un hijo de Dios”.

Aún no estaba familiarizada con el Espíritu ni cómo se sentía, pero se me hizo un nudo en la garganta y empecé a llorar. Me sentía un poco avergonzada y no sabía qué pensar, así que me fui. Llamé a mi hermana y a su esposo, que son miembros de la Iglesia y les pregunté si podía hablar con los misioneros esa noche. Nos reunimos con ellos y me bautizaron tres semanas después. El Espíritu en verdad me testificó esa noche que era una hija de Dios.

¿Y tú qué tal?

Al igual que estos jóvenes, tú puedes aprender a reconocer el amor de Dios en tu vida. Considera escribir estas experiencias en tu diario y compartirlas con tus familiares y amigos, o al hacer clic en Comparte tu experiencia a continuación.

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