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Haz que se escuche tu voz

Ryan Brown

¿Estás sentado en silencio en la Escuela Dominical, con la esperanza de que la maestra no te dé la palabra? O tal vez esperas que tu maestro te de la palabra.

Terminó la reunión sacramental y te diviertes hablando en el pasillo con tus amigos, hasta que pasa tu papá y, con esa voz que indica que más vale que obedezcas, te recuerda que tu clase comienza en un minuto. Estás triste por dejar de hablar, pero tú y tus amigos llegan a la clase justo antes de que comience. Cuando el maestro les pide que dediquen unos minutos a pensar en el Salvador, todo queda en silencio. Luego le pide a los alumnos que compartan sus ideas. Te sentías bien hablando con tus amigos en el pasillo, pero esto es diferente. Ahora tienes que hablar acerca de cosas espirituales. Y hablar ya no es tan fácil.

¿Alguna vez te sientes así? Si hacer comentarios en la Escuela Dominical, las reuniones del sacerdocio o los grupos de las Mujeres Jóvenes puede parecer intimidante, piensa en qué te pone nervioso y lo que puedes hacer en esa situación. Éstos son algunos lugares buenos para comenzar.

P: ¿Qué hago si no quiero compartir?

R: Podría parecer que hay mucha presión para hablar en la clase, especialmente en momentos de silencio incómodo. Entonces es un alivio cuando otras personas por fin comparten sus pensamientos; no tienes que hablar y, aún más importante, también obtuviste ideas de los comentarios. Ahora piensa en esto: Al igual que estabas contento de escuchar a los demás, probablemente ellos también quieran oír de ti.

Tal vez, sin embargo, hay otras razones por las que no estás comentando. ¿Es porque tienes un mal día y no quieres hablar, o porque no estás seguro de qué decir? En días así, recuerda que hablar de algo a menudo ayuda a pensar en las cosas de diferente manera que si tan sólo escuchas. También será menos probable que te distraigas con otras cosas y podrás prestar más atención a la lección si estás pensando en lo que puedes compartir o agregar a la conversación.

P: ¿Y si no tengo nada que decir o me preocupa que mis historias o pensamientos no sean “suficientemente buenos”?

Cada testimonio sincero tiene el poder de conmover el corazón de alguien.

R: No caigas en la trampa de Satanás de pensar que no eres lo suficientemente “listo” o “espiritual” para hablar sobre el Evangelio o para compartir tu testimonio. Cada testimonio sincero tiene el poder de conmover el corazón de alguien. Si sientes que tu testimonio no es muy fuerte o aún está empezando a crecer, considera el consejo del élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Obtenemos el testimonio o lo fortalecemos al expresarlo. Alguien incluso sugirió que algunos testimonios se obtienen mejor al estar de pie expresándolos, que al estar de rodillas orando para recibirlos” (“Testimonio”, Liahona, mayo de 2008, pág. 27).

Si sientes que debes decir algo, pero no quieres levantar la mano (secretamente esperas que el maestro te dé la palabra para compartir la idea sin parecer demasiado ansioso al respecto), trata de dejar de lado esa preocupación. Si el Espíritu te está inspirando a compartir algo, será porque hay un punto de vista o una experiencia que otra persona realmente necesita escuchar.

También, recuerda que cuando aportas en tus clases con tu testimonio de lo que el maestro está enseñando, agregas un “segundo testigo” al mensaje, independientemente de cuán elocuente seas (véase Mateo 18:16 y 2 Corintios 13:1).

Ilustración de una mujer joven bostezando en clase

P: ¿Qué hago si mi maestro habla de tantas cosas que no tengo la oportunidad de hacer un comentario?

R: Puede ser difícil hablar en una clase donde el maestro domina la conversación. Puedes acercarte a tu maestro después de la clase y amablemente hacerle saber que te gustaría participar más, pero que parece que no puedes encontrar un buen momento para hacer un comentario. Otra manera de hacer saber al maestro que deseas participar más activamente es pedirle antes de la clase si necesita ayuda para compartir una parte de la lección o leer algo.

A veces, un maestro puede sentirse inspirado a hablar más o testificar más, en vez de hacer preguntas a la clase. En vez de frustrarte cuando el maestro no deje tiempo para hablar, escucha con atención lo que esté diciendo y piensa en cómo puedes aplicarlo en tu vida.

P: ¿Qué sucede si una persona responde a cada pregunta?

R: En cada clase habrá personas que hablan más que los demás o que parecen compartir algo cada vez que el maestro hace una pregunta. No caigas en la trampa de burlarte de ellos o de pensar: “Me gustaría que dejaran de hablar”. Disfruta de la oportunidad de aprender desde la perspectiva de los demás y de progresar por medio de sus experiencias. Algunos piensan mejor las cosas cundo están hablando en voz alta, así que sé paciente y amable al esforzarte por aprender el Evangelio también.

Y recuerda que ellos pueden hacer un comentario sólo porque no hay nadie más, así que si tu levantas la mano primero, puede que ellos estén agradecidos por no responder a cada pregunta.

Y si usted es el maestro y se da cuenta de que sólo una persona parece responder las preguntas, podría pedir a personas específicas que compartan sus ideas en cuanto a un tema en vez de hacer la pregunta a toda la clase.

Ilustración de una jovencita levantando la mano en la clase

P: ¿Debo compartir experiencias que sean personales?

R: Las historias o experiencias personales pueden agregar una idea de un principio del Evangelio y pueden ayudar a los demás a entender lo que se está hablando en la clase. Ten cuidado con lo que compartas, debido a que algunos relatos son muy personales o sagrados para compartir; algunos incluyen a otras personas que puede que no quieran compartir el relato, y algunos pueden avergonzar a otras personas si no han experimentado las mismas cosas. Pero a veces puedes haber tenido una experiencia que podrías compartir con otras personas en el futuro (véase Henry B. Eyring, “¡ Oh recordad, recordad!”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 66).

Busca la inspiración y guía del Espíritu para juzgar la situación y decidir lo que debes compartir o no. Nunca se sabe cuándo tu experiencia es exactamente lo que otra persona necesita oír.

Nunca se sabe cuándo tu experiencia es exactamente lo que otra persona necesita oír.

¿Te aburres en clase?

Esfuérzate por ser como el presidente Spencer W. Kimball (1895 – 1985), a quien en una ocasión le preguntaron: “¿Qué hace cuando se encuentra en una reunión sacramental aburrida?”. Su respuesta: “No lo sé. Nunca he estado en una” (véase Donald L. Hallstrom, “Convertidos a Su Evangelio por medio de la Iglesia”, Liahona, mayo de 2012, pág. 15).

Aquí hay algunas ideas para ayudarte a concentrarte más en la clase:

  • Toma notas. Realmente marca una diferencia.
  • Algunas personas aprenden mejor mientras hacen dibujitos o bosquejos. Si tienes esa inclinación, considera dibujar un ejemplo de lo que el maestro está hablando. Asegúrate de que el enfoque se mantiene en el análisis de la clase y no en los detalles del dibujo en sí, se supone que el hacer dibujitos es una herramienta de aprendizaje, no una obra de arte famosa a nivel mundial.
  • Invita a tus amigos o compañeros de clase a hacer una carrera con reverencia para ver quién encuentra más rápidamente las referencias de las Escrituras que utilice tu maestro.
  • Piensa en las preguntas que tengas sobre lo que dice el maestro o sobre otros temas que estén estrechamente relacionados. Formula tus preguntas y escribe las respuestas en un cuaderno.

Este artículo apareció originalmente en el ejemplar de julio de 2014 de la revista New Era.

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