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    Tomar decisiones, ¿albedrío o revelación?

    Erin Rider La autora vive en Utah, EE. UU.

    Cuando se trata de tomar decisiones importantes, ¿cuándo debemos depender de que Dios nos diga lo que tenemos que hacer?

    Todos los días nos enfrentamos a muchas decisiones. Algunas son triviales, como: “¿Qué ropa debo ponerme?” o “¿Qué debo comer para el almuerzo?”. Pero a veces nos encontramos con una decisión importante: “¿A qué escuela debo ir?”. “¿Debería aceptar este empleo?”. “¿Debería casarme con esta persona?”.

    Cuando nos enfrentamos a decisiones importantes, tenemos la tendencia —adecuadamente— a tardamos un poco más en tomarlas. Lo “estudia[mos] en [nuestra] mente”, nos “pregunta[mos] si está bien”, y después esperamos a “[sentir] que está bien”, así como el Señor instruyó a Oliver Cowdery (véase Doctrina y Convenios 9:8).

    Este es un gran consejo, pero cuando se trata de decisiones importantes, a veces dependemos demasiado en esperar que Dios nos indique qué es lo correcto y no lo suficiente en estudiarlo en nuestra mente. Y, con toda esa espera, podemos dejar que se nos escapen oportunidades increíbles. Tal vez comprendemos el albedrío, pero también nos sentimos inquietos por la posibilidad de tomar una decisión que podría desviarnos de nuestro plan predeterminado. (Lee: ¿Y qué pasa si no siento un ardor en el pecho?).

    Para muchos de nosotros, esto conduce a una pregunta trascendental: ¿Cómo nos ayuda Dios a tomar decisiones?

    La función de Dios en nuestra toma de decisiones

    Quizás la mejor manera de tratar esta pregunta es por medio del relato del hermano de Jared. Después de que se confundió el lenguaje en la Torre de Babel, Dios llevó a Jared y a su familia fuera de esa tierra hacia la orilla del mar. Durante el viaje, Dios dirigió cada uno de sus pasos. Sin embargo, cuando Dios mandó al hermano de Jared a que construyera barcos para cruzar el océano, este se percató de que los barcos no tendrían luz. Le preguntó a Dios qué debía hacer. En lugar de responder la pregunta de manera directa, Dios le preguntó: “¿Qué quieres que yo haga para que tengáis luz en vuestros barcos?” (Éter 2:23). En vez de dar instrucciones detalladas, Dios permitió que el hermano de Jared decidiera qué hacer.

    Este tipo de respuesta puede ser difícil de comprender. Se nos enseña a orar y entonces esperar una contestación, así que es natural que nos preocupemos cuando no recibimos ninguna respuesta. A veces nos preguntamos si la ausencia de una respuesta clara es un “un estupor de pensamiento”, lo que significa que no estamos considerando la decisión correcta. O tal vez nos preguntamos si no somos lo suficientemente justos como para recibir la respuesta, o si no estamos preguntado con “verdadera intención” (véase Moroni 10:4). Pero hay otra opción que no siempre tenemos en cuenta: puede que, como con el hermano de Jared, Dios nos esté permitiendo que tomemos nuestra propia decisión.

    Tomar una decisión

    Dios desea que crezcamos y aprendamos a tomar nuestras propias decisiones. En ocasiones, quizá no obtengamos una respuesta de Él sobre una pregunta o un problema específicos porque cualquiera de las decisiones que podemos tomar es aceptable para Él. Nuestro Padre Celestial no nos quitará las oportunidades que nos ha prometido si estamos intentando averiguar con sinceridad qué hacer.

    Probablemente el hermano de Jared podría haber sugerido muchas soluciones para iluminar los barcos y el Señor lo habría ayudado a seguir adelante. La experiencia le ayudó a fortalecer su fe; también le enseñó cómo tomar sus propias decisiones.

    Ejercer el albedrío

    Sin el albedrío, no podemos tomar la clase de decisiones que nos ayudarán a alcanzar nuestro máximo potencial. El crecimiento, como todo lo demás en el Evangelio, llega “línea por línea, precepto por precepto” (2 Nefi 28:30). Dios desea que seamos un pueblo preparado y espera que utilicemos nuestro albedrío para vivir nuestra vida de la mejor manera que podamos.

    Cuando aprendemos a encontrar el equilibrio entre el albedrío y la revelación, podemos experimentar el verdadero crecimiento espiritual. Esto es lo que le sucedió al hermano de Jared. Después de reflexionar sobre ello, él trabajó para fundir dieciséis piedras de una roca y le pidió a Dios que las tocara y las hiciera brillar (véase Éter 3:1–5). Esta vez, cuando Dios respondió, todo cambió. El hermano de Jared realmente vio a Dios, quien se le apareció en persona para mostrarle increíbles visiones del mundo y de todo lo que había de acontecer (véase Éter 3:6–26). Es posible que el hermano de Jared no hubiera estado preparado espiritualmente para recibir esta visión si no hubiera experimentado primero el crecimiento personal que se produjo al tomar él su propia decisión.

    Al tomar decisiones, ciertamente debemos seguir el consejo de Alma y “[consultar] al Señor en todos [nuestros] hechos” (Alma 37:37). Cuando el Señor necesite que tomemos una decisión concreta, nos lo hará saber y nos ayudará a evitar que nos desviemos. Pero también debemos estar preparados para levantarnos y avanzar con fe, ya sea que llegue o no una respuesta. Si cumplimos con nuestros convenios y permanecemos fieles al evangelio de Jesucristo, podemos sentirnos seguros de nuestras decisiones justas y sentirnos en paz de que el Señor está complacido con nuestros esfuerzos.

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