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Me perdí la final del mundial

Suzana Alves de Melo

En Brasil, el deporte predilecto de todos es el fútbol, y no hay acontecimiento deportivo más grande que la Copa Mundial; así que, cuando Fabiana Silva, miembro del Barrio Brasil, Estaca Vitória da Conquista, ganó un concurso y se le premió con un viaje al Mundial de 1998 en Francia, estaba entusiasmadísima. Lo que no sabía es que esto se convertiría en una oportunidad misional.

A los otros ganadores del concurso no les pasaron inadvertidas las normas de Fabiana a medida que asistían a cada partido de fútbol hasta la final de Brasil contra Francia. Respetaban su modestia en el vestir, su actitud positiva y su manera correcta de hablar. Sin embargo, ese respeto se tornó en incomprensión cuando les dijo que no asistiría a la final porque tendría lugar en domingo.

A pesar de la presión e incluso de la burla del grupo, Fabiana se mantuvo firme. El domingo se quedó leyendo las Escrituras en su habitación del hotel, ya que no sabía dónde encontrar una capilla local. Brasil perdió el partido y el grupo regresó a su país.

Unas semanas más tarde, Fabiana tuvo la sorpresa de recibir una carta de Fábio Fan, uno de los ganadores del concurso que vivía en otra región del país en la que decía que había quedado impresionado por sus principios y que estaba investigando la Iglesia. Más tarde le envió otra carta; ¡se había bautizado! A partir de ahí, Fábio guió a otros miembros de su familia a la Iglesia y sirvió en una misión.

Fabiana también sirvió en una misión en Campinas, Brasil, para la cual se encontraba bien preparada porque ya había aprendido que “el mejor folleto que podemos ofrecer es la bondad de nuestra propia vida” y el ejemplo que demos. (Gordon B. Hinckley, “Apacienta mis ovejas” Liahona, julio de 1999, pág. 121.)

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