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Mi trayectoria para vencer la adicción a la pornografía

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Cuando era joven, nunca imaginé que la pornografía sería algo con lo que podría tener dificultades.

Nunca pensé que la adicción a la pornografía podría ser un problema para una jovencita, pero a los dieciséis años descubrí que estaba equivocada. Me topé con un video pornográfico y, como estaba sola y tenía curiosidad, lo miré. Después de esa primera vez, sentía que tenía que ver algo todos los días: me convertí en adicta a la pornografía.

El ver pornografía me hacía sentir mal; sabía que era algo malo, pero no hacía nada para cambiar. No me sentía feliz; me sentía sucia y contaminada por la tentadora inmundicia de Satanás. A pesar de eso, seguía mirándola para satisfacer mi apetito. La adicción me llevó a hacer cada vez más cosas malas. Les mentía a todos: a mi hermano, a mi madre y, lo que era peor, al Señor y a mí misma. Me convencía de que una película más no me haría daño, o que una historia obscena más no sería tan terrible.

Los años en que fui adicta a la pornografía fueron los más difíciles de mi vida, pero fue hermoso salir de la oficina de mi obispo y sentirme limpia; fue como si me hubieran quitado un peso de los hombros que había llevado por años.

Aunque seguía yendo a la capilla, a la Mutual y a seminario, no tenía la actitud correcta ni tenía el Espíritu conmigo. Estaba amargada, por lo cual no sacaba nada de las lecciones. Dejé de pagar los diezmos, dejé de orar y de leer las Escrituras. Me sentía culpable, pero no lograba dejar la pornografía. Cada día me hundía más.

Después de un tiempo, mi acceso a la pornografía se restringió. Al principio sentía que me faltaba algo, pero luego me di cuenta de que las cosas habían cambiado para bien. Mi rutina era diferente y no miraba pornografía todos los días. Aunque seguía sintiendo deseos de mirar, empecé a mejorar mi capacidad para resistir. Finalmente, tras dos años de ser adicta a la pornografía, empecé a orar regularmente para tener fortaleza y dejé de mirar por completo. Sin embargo, todavía me sentía sucia por dentro; sabía que tenía que hablar con el obispo, sólo que no tenía el valor de hacerlo.

Por fin, después de oír a muchas personas hablar sobre el proceso del arrepentimiento y las pruebas que superaron, sentí que verdaderamente tenía que ir a ver a mi obispo. También me di cuenta de que me estaba perdiendo una gran bendición de la Iglesia: mi bendición patriarcal.

Entonces, fijé una cita para reunirme con el obispo.

La noche de la entrevista, sentía vergüenza de entrar en la oficina de mi obispo. Temía que me mirara y me dijera que lo mío era un caso perdido y que había cavado una fosa tan profunda que no podría escapar. Tenía miedo de que nunca me mirara con los mismos ojos. Pero, al contarle la historia completa, me sonrió con cariño y me escuchó atentamente; su interés por mí era sincero. Después de hablar con él y solucionar algunas cosas, finalmente me dijo que estaba limpia.

Los años en que fui adicta a la pornografía fueron los más difíciles de mi vida, pero fue hermoso salir de la oficina de mi obispo y sentirme limpia; fue como si me hubieran quitado un peso de los hombros que había llevado por años. Estaba feliz de poder recibir mi bendición patriarcal, participar dignamente de la Santa Cena y volver a tener el Espíritu. Me sentía como nueva y la gente incluso me decía que me veía diferente y que tenía un brillo especial. Estaba más contenta todo el tiempo y tenía una mejor actitud con respecto a todo.

Sé que con la ayuda del Señor podemos cambiar y vencer las adicciones; y no nos tiene que preocupar el hablar con el obispo, ya que él nos ayudará a arrepentirnos para que podamos volver a sentirnos limpios mediante la expiación de Jesucristo.

¿Qué es el arrepentimiento?

“Mediante la Expiación, puedes recibir el perdón y quedar limpio o limpia de tus pecados si te arrepientes.

“El arrepentimiento es más que el simplemente reconocer que se ha obrado mal… Implica apartarse del pecado y volverse a Dios en busca del perdón…

“Si has pecado, cuanto más pronto te arrepientas, más pronto comenzarás tu camino de regreso y encontrarás la paz y el gozo que trae el arrepentimiento…

“Al esforzarte por arrepentirte, procura la ayuda y el consejo de tus padres. Los pecados graves, tales como la transgresión sexual o el uso de la pornografía, se deben confesar a tu obispo. Sé completamente honesto u honesta con él. Él te ayudará a arrepentirte”.

Para la Fortaleza de la Juventud, librito, 2011, págs. 28, 29.

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