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    La historia de mi cicatriz

    Michelle Boyack Madsen

    Ya no funcionaban los frenos. Sabía que la única manera de detenernos era estrellarnos.

    Todas las personas que conozco tienen una historia de una cicatriz. Si empiezas a intercambiar historias con las personas, cada una puede contarte cómo y cuándo obtuvieron esa cicatriz u otra. Las historias pueden durar horas. Mi propio hermano está lleno de puntos y tiene además una gran historia sobre una cicatriz que se hizo cuando se dio contra una pared de ladrillos de cabeza. Hay cicatrices que obtenemos debido a un accidente y otras que tenemos a propósito, como las cicatrices quirúrgicas. Estas son cicatrices que nos recuerdan que vencimos algo y otras nos recuerdan cuán descuidados hemos sido.

    Esta es la historia de mi cicatriz.

    Cuando tenía 11 años, mientras llovía, estaba andando en bicicleta con mi amiga Sarah por una bajada empinada. Las dos íbamos en la misma bicicleta; yo iba manejando y ella iba sentada en la parte del asiento detrás mío, pero mayormente sobre la rueda trasera. Al bajar la colina, aceleramos y nos estábamos acercando a una intersección transitada, así que me di cuenta de que teníamos un problema grave.

    Debido a la lluvia y a la posición de mi amiga en la parte trasera de la bicicleta, ya no funcionaban los frenos. Apreté el freno de mano con todas mis fuerzas, pero simplemente seguimos acelerando. Al mirar hacia adelante, solo veía automóviles que podíamos chocar o que nos podían atropellar.

    Yo sabía que la única manera de detenernos era estrellándonos.

    Examiné el terreno mientras íbamos a toda velocidad. Rápidamente elegí el lugar del choque, una pequeña parte de césped junto a la acera. Moví el volante para acercarnos y caímos. Al ir cayendo, el pedal de la bicicleta se incrustó en mi canilla. Las personas que vieron el accidente vinieron corriendo para ver si estábamos bien, fuimos llevadas a nuestras casas y nos curaron. Sin embargo, me quedé con una cicatriz en la pierna que parecía que había recibido una puñalada con un tenedor. Incluso ahora, cada vez que veo la cicatriz recuerdo los detalles de ese día, la lluvia torrencial, cuán asustada estaba, la caída y cuán aliviada me sentía de que estuviéramos bien. Debido a la cicatriz, nunca olvidaré esa experiencia.

    Quizás es por eso que uno de mis pasajes de las Escrituras favoritos es el que se encuentra en Isaías 49:14–16 y luego se repite de esta manera en el Libro de Mormón: “Mas he aquí, Sion ha dicho: El Señor me abandonó, y de mí se ha olvidado mi Señor; pero él mostrará que no.

    “Porque, ¿puede una mujer olvidar a su niño de pecho al grado de no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aun cuando ella se olvidare, yo nunca me olvidaré de ti, oh casa de Israel!

    Pues he aquí, te tengo grabada en las palmas de mis manos; tus muros están siempre delante de mí” (1 Nefi 21:14–16).

    Siempre me ha encantado ese pasaje porque me recuerda que Cristo nunca se olvidará de nosotros, de ninguno de nosotros. Nosotros somos la historia de Sus cicatrices; estamos grabados en las palmas de Sus manos. Al igual que recuerdo vívidamente los acontecimientos relacionados sobre cómo obtuve la cicatriz en la canilla, Él recuerda cómo y porqué recibió las heridas en Sus manos y pies. Él nos recuerda y somos parte de Él (lee “El Salvador de ti”).

    Este artículo apareció originalmente en la revista Ensign de agosto de 2018.

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