Un mensaje para los futuros misioneros

Jeffrey R. Holland Del Quórum de los Doce Apóstoles

La clave de esta obra es guardar nuestros convenios. No existe ningún otro medio por el cual podamos reclamar y demostrar los poderes de la divinidad.

Les hablaré de la gran importancia que tiene el guardar los convenios: yo los míos y ustedes los suyos. Este tema abarca más que un diálogo sobre la obediencia, aunque, ciertamente, la obediencia es parte de él; y es un asunto sumamente personal.

En cierto modo es el principio más básico del que se puede hablar en el plan del Evangelio, ya que sólo quienes hacen convenios y los guardan pueden reclamar las bendiciones del reino celestial. Sí, cuando hablamos de guardar los convenios, nos referimos a nuestro propósito primordial en la mortalidad.

Edificar el reino un convenio de cada vez

Un convenio es un contrato espiritual vinculante, una promesa solemne a Dios, nuestro Padre, de que viviremos, pensaremos y actuaremos de cierta manera: a la manera de Su Hijo, el Señor Jesucristo. A cambio, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos prometen el pleno esplendor de la vida eterna.

Bendición del sacerdocio

Me resulta interesante que los convenios se hagan personal e individualmente. Hay un convenio que se hace en el momento del bautismo y la confirmación mediante el cual emprendemos el camino hacia la vida eterna. Esas ordenanzas se llevan a cabo a favor de las personas, una por una, sin importar cuántas deban recibirlas en última instancia.

Otro convenio tiene lugar cuando los varones reciben el sacerdocio, el cual se confiere siempre a una persona de cada vez.

Los convenios más elevados que podemos concertar se llevan a cabo en el templo. Allí es donde hacemos nuestras promesas más solemnes a nuestro Padre Celestial y donde Él nos revela más íntegramente el verdadero significado de las promesas que Él nos hace. Repito: éstas son experiencias personales, incluso cuando vamos al templo a ser sellados a otras personas.

Así es como se edifica el reino de Dios: una persona de cada vez, un convenio de cada vez, mientras que todos los caminos de nuestra jornada mortal nos conducen a los convenios supremos del santo templo.

La función de los convenios del templo

Es de suma importancia que comprendan que ir al templo para recibir su propia investidura, incluso las grandiosas ordenanzas que los preparan para dicha investidura, es una parte indispensable de su preparación y compromiso misional.

Es de suma importancia que comprendan que ir al templo para recibir su propia investidura es una parte indispensable de su preparación y compromiso misional.

Al ir al templo empezarán a entender la importancia de los convenios que allí se hacen, el firme vínculo que existe entre la investidura que allí reciben y su éxito como misioneros.

Efectivamente, el término investidura transmite la esencia de ese vínculo indispensable. La investidura es un don y, en inglés, tiene la misma raíz que la palabra dote, que es una dádiva especial con la que un nuevo matrimonio inicia la vida conyugal. Siendo rector de la Universidad Brigham Young, pasé cierto tiempo tratando de aumentar la dote de la universidad, su tesoro de regalos de donantes generosos.

Eso es lo que Dios hace por nosotros cada vez que hacemos un convenio con Él. Nos dota. Nosotros prometemos hacer ciertas cosas, según la ordenanza de que se trate, y Él promete concedernos a cambio dones especiales, dones maravillosos, dones indescriptibles, casi incomprensibles. Por eso les digo, tal como me digo a mí mismo, si realmente deseamos tener éxito en nuestros llamamientos, si queremos tener acceso a todo tipo de ayuda, todo tipo de ventaja y todo tipo de bendición del Padre, si deseamos que las puertas del cielo se nos abran para recibir los poderes de la divinidad, ¡debemos guardar nuestros convenios!

Ustedes saben que no pueden llevar a cabo esta obra solos; necesitamos la ayuda del cielo, necesitamos los dones de Dios. Él enseñó esto mismo al comienzo de la obra en esta dispensación. Al enseñar sobre “la redención de Sión”, el Señor dijo:

“...para que ellos mismos se preparen, y mi pueblo sea instruido con mayor perfección, y adquiera experiencia, y sepa más cabalmente lo concerniente a su deber y a las cosas que de sus manos requiero;

“y esto no puede llevarse a cabo sino hasta que mis élderes sean investidos con poder de lo alto.

“Pues he aquí, he preparado una magna investidura y bendición que derramaré sobre ellos, si son fieles y siguen siendo humildes delante de mí” (D. y C. 105:10–12).

Misioneros

Esta obra es tan solemne y la oposición que el adversario ejerce contra ella es tan grande, que necesitamos todo el poder divino para magnificar nuestros esfuerzos y hacer que la Iglesia progrese de forma constante. La clave de ello para cada uno de nosotros es el convenio que hacemos en el templo: nuestra promesa de obedecer y de sacrificarnos, de consagrarnos ante el Padre y Su promesa de investirnos con “una magna investidura”.

Los convenios y la obra del Señor

¿Les ayuda esto a ver cuán fundamentales son nuestras promesas personales para el empuje y la grandiosidad generales de la obra? Al igual que todo lo demás en el plan de salvación, el éxito de todos los élderes y de todas las hermanas misioneras en el mundo lo determina un misionero de cada vez.

No hacemos convenios como barrios ni como estacas. No, hacemos convenios como el hermano Gómez o el hermano Paz, la hermana Díaz o la hermana López. La clave de esta obra es que cada persona guarde sus convenios.

No sé en qué misión prestarán servicio, pero no creo que nuestro Padre Celestial haya hecho ninguna promesa en particular a su misión como tal. Lo que sí sé es que Él les ha hecho grandes promesas a cada uno de ustedes personalmente.

Cuando toda una misión está unida por el poder de la integridad de cada misionero, y cada misionero guarda sus convenios, podemos mover montañas.

Cuando toda una misión está unida por el poder de la integridad de cada misionero, y cada misionero guarda sus convenios, podemos mover montañas. Cuando existen esa unidad y ese poder, una investidura del cielo que llega a cada persona en la misión, nada puede “evitar que la obra progrese”. Es así que la “verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independiente” (José Smith, enHistory of the Church [Historia de la Iglesia], tomo 4, pág. 450).

Tenemos esa confianza cuando no hay ningún eslabón débil en la cadena, cuando no hay ningún punto débil en la armadura. La guerra contra la maldad y el error no difiere de la manera en que se logra cualquier victoria del Evangelio: un convenio de cada vez, una persona de cada vez, un misionero de cada vez.

Ésa es la razón por la que el Señor dijo a los primeros líderes de la Iglesia: “…os obligaréis a obrar con toda santidad ante mí, a fin de que, si hacéis esto, se añada gloria al reino que habéis recibido” (D. y C. 43:9–10).

Ése es el idioma de los convenios. Eso es precisamente lo que vamos a hacer al templo: obligarnos ante el Señor y unos a otros, y después, con esa fortaleza “obrar con toda santidad”. A cambio, recibimos poder y gloria para nosotros y nuestra obra. Es precisamente en ese contexto de guardar los convenios que el Señor dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Élderes

Créanme; la clave de esta obra reside en guardar nuestros convenios. No existe ningún otro medio por el cual podamos reclamar y demostrar los poderes de la divinidad. Tienen la promesa del Señor en cuanto a ese asunto.

Ustedes irán al templo a fin de prepararse para su misión. Guarden los convenios que hagan allí, cada uno de ellos; son promesas muy personales y muy sagradas que cada uno de nosotros hace con nuestro Padre Celestial.

El convenio de dar testimonio

Al pedirles esto, quiero que sepan que yo estaré haciendo lo mismo. Yo también guardaré mis convenios. Uno de esos convenios es ser, como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, un testigo especial “del nombre de Cristo en todo el mundo” (D. y C. 107:23). Al guardar mis convenios, no sólo les doy mi testimonio hoy del Señor Jesucristo, quien fue crucificado, sino que también soy un testigo, llamado, ordenado y comisionado para llevar ese testimonio al mundo. Me agrada mucho unirme a ustedes en ese ministerio, mis amados y jóvenes amigos.

Ustedes irán al templo a prepararse para su misión. Guarden los convenios que hagan allí, cada uno de ellos.

Sé que Dios vive, que Él es literalmente nuestro Padre Celestial y que guardará las promesas que nos ha hecho para siempre. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo Unigénito del Padre en la carne y el Salvador del mundo. Sé que Él sufrió, sangró y murió para que pudiéramos tener vida eterna.

Sé que el Padre y el Hijo se aparecieron al joven profeta José Smith, el gran profeta fundador de esta dispensación, quien también derramó su sangre como testimonio de su llamamiento, el símbolo supremo de la lealtad de una persona a sus convenios. Sé que esas llaves proféticas han descendido en una cadena ininterrumpida a través de otros 15 hombres hasta esta época en que están en posesión y en el ministerio profético del presidente Thomas S. Monson, el sumo sacerdote presidente de Dios sobre la tierra en la actualidad.

Esta obra es verdadera. Estas declaraciones son verdaderas. Sé de ellas independientemente de cualquier otro hombre o mujer que haya vivido. Las conozco por las manifestaciones del Santo Espíritu que dan dirección a mi vida y significado a mi testimonio, y que me envían, como a ustedes, a ser un testigo especial del Redentor del mundo.