La respuesta del versículo ocho

Angelica Nelson

José Smith encontró su respuesta en Santiago 1:5. Yo encontré la mía unos versículos más adelante.

Eran las once de la noche y me encontraba en mi habitación después de haber salido con algunos amigos de la escuela. Sabía que no había tomado las mejores decisiones aquella noche; “pero”, pensé, “tampoco tomé las peores”.

Frustrada, tomé la tarea de la escuela; estaba tan cansada, que lo único que quería era terminarla de una vez e irme a acostar. “Todavía tengo que leer las Escrituras, pero esta noche no lo haré”, pensé.

Empecé a pensar en todo lo que se esperaba que hiciera: leer las Escrituras, asistir a seminario matutino, ir a la Iglesia y a la Mutual, obtener buenas notas, participar en actividades extracurriculares, tener un trabajo a tiempo parcial… La lista continuaba.

Me recordaba una y otra vez que quizá sería la única joven Santo de los Últimos Días que conocieran mis compañeros, así que tenía que ser un buen ejemplo.

Sentía tanta presión en todos los aspectos de mi vida, especialmente por ser la única jovencita Santo de los Últimos Días de mi escuela. Me recordaba una y otra vez que quizá sería la única joven Santo de los Últimos Días que conocieran mis compañeros, así que tenía que ser un buen ejemplo. Sin embargo, sabía que estaba empezando a cometer errores.

“Ojalá pudiera estar libre de preocupaciones como mis amigos”, pensaba. También deseaba no sentirme tan mal cuando iba a una fiesta o decía una mala palabra, pero la verdad era que sí me sentía mal. Cuando tomaba decisiones que sabía que no eran las correctas me hacía sentir mal físicamente. Aun así, por alguna razón, seguía tomándolas.

Ya era casi medianoche cuando terminé la tarea. En cinco horas más mi despertador empezaría a sonar; me despertaría, iría a rastras a seminario y trataría de completar un día más de clases.

Entonces caí en la cuenta de que no tenía que obedecer todas las reglas; podía dejar de ir a la iglesia, a seminario y a la Mutual si lo deseaba. El hecho de que mi familia fuera no significaba que yo también tuviera que hacerlo.

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¡Cuánto alivio me dio esa idea! Me metí en la cama y ya estaba casi dormida cuando tuve la fuerte impresión de leer las Escrituras. “No”, pensé. “No lo voy a hacer”.

Volví a sentirlo; esta vez pensé: “Bueno, quizá una última vez”.

Ese año, en seminario estábamos estudiando el Nuevo Testamento. Abrí donde tenía el señalador, en Santiago capítulo 1. Ése era el capítulo que José Smith había leído y que lo inspiró a ir a la Arboleda Sagrada y a orar intensamente al Padre Celestial. “¡Qué ironía!”, pensé; y empecé a leer.

El versículo 5 me era familiar: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría…”; pero fue el versículo 8 el que me abrió los ojos aquella noche. Decía: “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”. Me quedé helada; entonces volví a leerlo.

Yo estaba siendo de doble ánimo; afirmaba ser Santo de los Últimos Días, pero mis acciones estaban empezando a comunicar algo diferente; y si seguía, sin importar qué camino escogiera, sería inconstante e insegura y, por tanto, muy desdichada.

Necesitaba saber si el Evangelio era verdadero; necesitaba saber si valía la pena levantarme cada mañana a las cinco de la mañana para estudiar el Evangelio; necesitaba saber que estaba tratando de vivir de la mejor manera posible, a pesar de que en ocasiones se me ridiculizara, porque verdaderamente eso me traería la felicidad y el gozo más grandes.

Yo estaba siendo de doble ánimo; afirmaba ser Santo de los Últimos Días, pero mis acciones estaban empezando a comunicar algo diferente; y si seguía, sin importar qué camino escogiera, sería inconstante e insegura y, por tanto, muy desdichada.

Para entonces ya era casi la una de la madrugada, pero me arrodillé junto a mi cama y oré con fervor a mi Padre Celestial. Le pedí que me ayudara a saber qué era lo correcto, qué camino tomar, que me llevara de la mano y disipara la confusión que sentía.

Con sencillez, claridad y paz, acudió a mi mente este pensamiento: “Tú ya lo sabes”. Y sí lo sabía.

Me levanté, apagué la luz y me fui a dormir. Cuatro horas más tarde sonó el despertador. Soñolienta, lo apagué. Un minuto después estaba levantada, preparándome para otro día, incluso para seminario matutino.

Han pasado muchos años desde aquella maravillosa experiencia a la medianoche. Mi testimonio sigue creciendo. Algunas veces es más fuerte que otras; la diferencia es que ahora sé, y nunca he mirado hacia atrás.