El libro de libros

Marcus B. Nash De los Setenta

Leer el Libro de Mormón es como plantar una semilla. Si no la echas fuera a causa de la incredulidad, comenzará a ser deliciosa para ti, y no hay mejor tiempo para hacerlo, ni tiempo más importante, que en tu juventud.

Cuando era adolescente decidí leer el Libro de Mormón por mí mismo. Decidí hacerlo en secreto, sin decir nada a nadie. Sencillamente deseaba saber por mí mismo si el libro era lo que José Smith afirmaba. Me crié en Seattle, Washington, donde no había muchos miembros de la Iglesia, por lo que teníamos seminario antes de las clases de la escuela. No sabía que el siguiente curso de estudio de ese año iba a ser sobre el Libro de Mormón, pero para cuando empezó, yo ya iba muy avanzado en mi lectura. Algunas personas dirán que fue una coincidencia afortunada, pero yo creo que fue más que eso. Leía un capítulo cada noche antes de irme a la cama.

Día a día, mientras leía el Libro de Mormón, fui sintiendo crecer dentro de mí una bondad, una comprensión y una luz… era un buen sentimiento, incluso delicioso. Me sentía más pleno. A pesar de ser un joven muy ocupado, que participaba en muchas y variadas actividades (por lo que me sentía bastante cansado por las noches), esperaba con ansia esos minutos de paz antes de irme a dormir, cuando leía un capítulo. De hecho, hubo algunas ocasiones en que, después de leer el libro y orar, mantuve apretado el libro contra mí mientras me quedaba dormido. Me encantaba lo que sentía al leerlo.

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Una de esas mañanas grises y lluviosas propias de Seattle, nuestra maestra de seminario hizo con nosotros un análisis de Alma 32. Puede que la hermana Kopeinig (una maestra maravillosa que dejó una huella imborrable en mi alma) no recuerde el análisis de aquella mañana, y puede que haya pensado que aquello apenas tuvo influencia alguna en nosotros (algunos estábamos soñolientos a esa hora), pero yo recuerdo muy bien el entendimiento que recibí cuando leímos:

“Compararemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora bien, si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento; sí, empieza a ser deliciosa para mí” (Alma 32:28).

Cuando leímos ese pasaje en clase, me recliné hacia atrás y pensé: “¡Ésta es la descripción perfecta de lo que estoy viviendo con el Libro de Mormón!”.

Yo cambié para bien a causa de haber leído el Libro de Mormón, haber meditado en él y haber permitido que influyera en mi vida.

En el transcurso de ese año completé mi lectura personal del Libro de Mormón. Cambié para bien a causa de haber leído, haber meditado y haber permitido que influyera en mi vida. La noche que me arrodillé junto a mi cama tras haber terminado de leerlo ya sabía que era verdadero. La respuesta a mi pregunta y oración vino de forma suave, apacible, delicada y real, tal como había sido mi experiencia al leer el Libro de Mormón. Nuevamente sentí esa sensación de crecimiento interior que fue deliciosa para mi alma. Comprendí que el libro había ensanchado e iluminado todo mi ser. Percibí una suave y reconfortante confirmación: “Sí, tal y como ya sabes, el libro es verdadero”. Desde entonces, rara vez ha transcurrido un día en que no haya leído el Libro de Mormón. Amo mucho ese libro; forma parte de mi vida diaria.

Al término de ese curso tuvimos una actividad final de seminario que combinó una actividad de búsqueda de versículos de las Escrituras con una competencia de oratoria. Yo participaba en muchas actividades escolares: deportes, teatro y liderazgo estudiantil, entre otras. Normalmente no hubiera estado interesado en participar en competencias de oratoria porque no era algo “popular”, pero pensé: “Voy a hacerlo”. Quizás lo hice sólo para disciplinarme a mí mismo.

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No gané la competencia de la estaca, pero obtuve una puntuación suficiente para asisitir a la competencia regional [de varias estacas]. En el certamen regional tuve una experiencia interesante. Me levanté y comencé mi discurso basado en una verdad del Libro de Mormón. De pronto, ya no me encontraba dando mi discurso de memoria: era una extensión de mi alma. Es difícil describir lo que sentí cuando hablé. En lugar de participar en una competencia de oratoria, estaba testificando de la verdad al tiempo la estaba aprendiendo. Cité Alma 37:35–37, y al hacerlo supe y testifiqué que la juventud era el tiempo para aprender sabiduría, para prepararse para la posterior temporada de logros de nuestra vida. Citando al élder Richard L. Evans (1906–1971), del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñé que la juventud era como la primavera: el tiempo para sembrar la semilla de la palabra de Dios, para que cuando llegara el verano, la semilla pudiera ser cultivada. Luego, al llegar la estación del otoño de la vida, se cosecharían los frutos para que en el invierno de nuestra vida tuviéramos almacenado todo lo necesario para bendecir a nuestro prójimo1. Mientras hablaba comprendí que leer el Libro de Mormón y meditar era precisamente lo que uno debería hacer en su juventud, porque hace sentir la compañía del Espíritu Santo en gran abundancia, y nuestra vida se torna más fructífera, en tanto cultivemos las palabras del libro al leerlas, meditarlas, vivirlas y compartirlas. Supe mientras hablaba que una vida así es una vida productiva. El Espíritu fluyó fuertemente a través de mí, y de nuevo supe del poder del Libro de Mormón.

Al volver a mi asiento, pensé: “Esto no fue para nada de la competencia, sino del Espíritu”. Fue una experiencia nueva para mí. Desde entonces la he tenido muchas veces, pero aquélla fue la primera vez que sentía ese testimonio para mí, así como a través de mí, mientras hablaba. ¡Esa experiencia bien valió la pena el tiempo que le dediqué a preparar el discurso! En ese momento no me preocupaba ganar la competencia; sólo sentía gratitud por lo que acababa de vivir.

Lo que comenzó como una meta de leer el Libro de Mormón para saber acerca de su veracidad, se convirtió en un hambre y una sed de toda la vida por conocerle a Él y Su palabra.

Fui declarado ganador del concurso de oratoria y obtuve de premio un ejemplar del libro Jesús el Cristo, de James E. Talmage. Lo llevé a casa y lo leí. Fue escrito por un Apóstol y está lleno de las palabras de las Escrituras. Los tiernos sentimientos que antes albergaba por mi Salvador, ahora se hicieron profundos. Toda mi atención se dirigió hacia Él y hallé que las palabras de las Escrituras me ayudaban a conocerle y a sentir Su amor. Lo que comenzó como una meta de leer el Libro de Mormón para saber acerca de su veracidad, se convirtió en un hambre y una sed de toda la vida por conocerle a Él y Su palabra; una sed que se sacia plena y deliciosamente al leer, meditar, vivir y compartir las verdades del Libro de Mormón.

Así fue cómo descubrí en mis años de adolescencia que las palabras de las Escrituras, especialmente las del Libro de Mormón, invitan al Espíritu Santo y de este modo nos unen al cielo y al Señor. Desde entonces me he aferrado a las Escrituras como a una verdadera barra de hierro y una fuente de gozo y luz, y ellas nunca me han fallado. Es una bendición y un beneficio el que descubramos esto por nosotros mismos mientras somos jóvenes, ya que hay tantas cosas que dependen de las decisiones tomadas en la juventud.

Me identifico con la siguiente cita de Parley P. Pratt acerca de la primera vez que él leyó el Libro de Mormón (¡la primera vez lo leyó en muchísimo menos tiempo que yo!):

“Mis ojos contemplaron por primera vez el ‘LIBRO DE MORMÓN’, ese libro de libros …

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“… Lo abrí ansiosamente y leí la portada. Después leí el testimonio de varios testigos de la manera en que fue hallado y traducido. A continuación, comencé a leer el contenido desde la primera página. Leí todo el día; me parecía una molestia comer, pues no sentía deseos de alimentarme; y cuando llegó la noche, me resultaba una molestia acostarme, pues prefería seguir leyendo en lugar de dormir.

“A medida que leía, el Espíritu del Señor vino sobre mí, y supe y comprendí que el libro era la verdad con la misma claridad con que un hombre comprende y sabe que existe”2.

Me hago eco de ese sentimiento. Es el “libro de libros” a causa de su singular capacidad de llevarnos al Rey de Reyes. El leer y permanecer en la verdad y en los preceptos que contiene nos acercará más a Dios que cualquier otro libro, tal y como testificó el profeta José Smith. Yo también sé que es verdadero, así como sé que yo existo, y como ustedes también lo sabrán. Ésta es la promesa a todo aquel que lea, medite, pida a Dios con sinceridad y viva la verdad allí contenida.

Notas

1. Véase Richard L. Evans Jr., Richard L. Evans—The Man and the Message, 1973, pág. 231.

2. En Gordon B. Hinckley, “Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, agosto de 2005, pág. 3.