La pureza personal

Jeffrey R. Holland del Quórum de los Doce

¿Por qué es un asunto serio el pecado sexual? Y, ¿cuáles son las bendiciones para aquellos que se mantienen—o que llegan a ser—limpios?

Adaptado de un discurso de la conferencia general de octubre de 1998.

Al arremolinarse de un modo espeluznante alrededor de ustedes los vientos modernos de la inmoralidad, me preocupa el que algunos de ustedes estén confusos con respecto a los principios de la pureza personal, acerca de las obligaciones de una castidad absoluta antes del matrimonio y de una fidelidad completa después de éste.

Deseo intentar contestar a las preguntas que algunos de ustedes tal vez hayan estado haciendo:

  • ¿Por qué debemos ser moralmente puros?
  • ¿Por qué es un asunto tan importante para Dios?
  • ¿Es necesario que la Iglesia sea tan estricta al respecto cuando lo demás no parecen serlo?
  • ¿Cómo puede ser tan sagrado o tan grave algo que la sociedad explota y exalta tan abiertamente?

Los historiadores Will y Ariel Durant ofrecieron algunas ideas: “El joven al que le hierven las hormonas se preguntará por qué no debe dar rienda suelta a sus deseos sexuales; [pero] si no le refrenan las costumbres, la moral o las leyes, destrozará su vida antes de que ... comprenda que el apetito sexual es un río de fuego que es preciso encauzar y enfriar con cientos de restricciones para que no le destruya a él ni al grupo” (The Lessons of History, 1968, págs. 35–36).

¿Por qué fuego?

El autor de Proverbios observa: “¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos se quemen? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que se quemen sus pies? ... El que comete adulterio ... corrompe su alma. Heridas e ignominia hallará, y su afrenta nunca será borrada” (Prov. 6:27–28, 32–33).

¿Por qué es este asunto de las relaciones sexuales tan grave que casi siempre se le aplica la metáfora del fuego, y la pasión se describe vívidamente con las llamas? ¿Qué hay en todo esto, que induce a Alma a advertir a su hijo Coriantón que la trasgresión sexual es “una abominación a los ojos del Señor; sí, más [abominable] que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o el negar al Espíritu Santo”? (Alma 39:5).

Al adjudicarle esa seriedad a un apetito sexual de carácter tan universal, ¿qué nos trata de decir Dios en cuanto al lugar que eso ocupa en el plan que Él tiene para todos los hombres y todas las mujeres? Les afirmo que Él está haciendo precisamente eso: haciendo hincapié en el plan de vida mismo. Está claro que, entre las preocupaciones más grandes que Él tiene acerca de la vida terrenal, están la forma en que una persona llega al mundo y la forma en que sale de éste. Él ha puesto límites muy estrictos al respecto.

Deseo dar tres razones por las cuales éste es un tema de tanta magnitud y de tantas consecuencias en el evangelio de Jesucristo.

El alma está en peligro

En primer lugar está la doctrina revelada y restaurada del alma humana.

Una de las verdades “claras y preciosas” que se restauraron en esta dispensación es que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15) y que cuando el espíritu y el cuerpo se separan, los hombres y las mujeres “no puede[n] recibir una plenitud de gozo” (D. y C. 93:34). En primer lugar, ésa es la razón por la cual el obtener un cuerpo tiene tanta importancia; ésa es la razón por la que el pecado de cualquier tipo es algo tan grave (concretamente, porque es el pecado el que al final será la causa de la muerte, tanto espiritual como física) y la razón por la que la resurrección del cuerpo es central en la victoria triunfal de la expiación de Cristo.

El cuerpo es una parte esencial del alma. Esta doctrina característica y tan importante de los Santos de los Últimos Días pone de relieve la razón por la que el pecado sexual es tan grave. Declaramos que quien utiliza el cuerpo que Dios le dio a otra persona, sin la aprobación divina, viola el alma misma de esa persona, viola el objetivo principal y los procesos de la vida, “la llave misma” (Liahona, enero de 1973, pág. 16) de la vida, como la llamó el presidente Boyd K. Packer. Al explotar el cuerpo de otra persona—lo cual significa aprovecharse de su alma—se profana la expiación de Cristo, que salvó esa alma y que hace posible el don de la vida eterna. Y cuando una persona se burla del Hijo de Justicia, esa persona entra en el reino de lo sagrado, que es más radiante y más candente que el sol del mediodía. No es posible hacer eso sin quemarse.

“Está claro que, entre las preocupaciones más grandes que [Dios] tiene acerca de la vida terrenal, están la forma en que una persona llega al mundo y la forma en que sale de éste”.

Por favor, nunca digan: “¿A quién le hace daño? ¿Por qué no puedo tener un poco de libertad? Puedo pecar ahora y arrepentirme después”. Por favor, no sean tan tontos ni tan crueles. ¿Por qué? Bueno, por una razón: debido al sufrimiento incalculable, tanto en cuerpo como en espíritu, que padeció el Salvador del mundo para que nosotros pudiéramos huir (véase D. y C. 19:15–20). Por eso le debemos algo. En realidad, se lo debemos todo. En la transgresión sexual, el alma está en grave peligro: el cuerpo y el espíritu.

El símbolo supremo

Segundo, la intimidad humana está reservada para la pareja matrimonial, ya que es el símbolo supremo de la unión absoluta, una totalidad y una unión ordenadas y definidas por Dios. Desde el Jardín de Edén en adelante, se tuvo el propósito de que el matrimonio significara la completa unión de un hombre y una mujer: sus corazones, esperanzas, vidas, amor, familia, futuro, todo.

Esa unión es tan completa que nosotros usamos la palabra “sellar” para expresar su promesa eterna. Sin embargo, esa unión total entre un hombre y una mujer sólo se obtiene por medio de la permanencia que proporciona el convenio matrimonial, con promesas solemnes y la consagración de todo lo que poseen: el corazón y la mente mismos, todos sus días y todos sus sueños.

¿Pueden ver la esquizofrenia moral que resulta de aparentar ser uno, de fingir que se han hecho promesas solemnes delante de Dios, del compartir los símbolos físicos y la intimidad física de una falsa unión después de truncar todos los demás aspectos de lo que debió haber sido una obligación total?

Cuando se trata de relaciones íntimas, ¡deben esperar! Deben esperar hasta que puedan entregar todo, y eso no lo pueden hacer sino hasta que estén legal y lícitamente casados. Si persisten en obtener satisfacción física sin la aprobación del cielo, corren el riesgo terrible de contraer un daño espiritual y sicológico tal que podría debilitar tanto su deseo de intimidad física como su capacidad para brindar más tarde una devoción incondicional al amor verdadero. Podrían horrorizarse al descubrir que lo que debieron haber preservado ya lo han perdido y que solamente la gracia de Dios puede recobrar la virtud que tan despreocupadamente desecharon. El día de su boda, el mejor regalo que pueden hacer a su pareja eterna es su persona limpia y pura, y ser dignos de recibir a cambio esa misma pureza.

Un don divino

Tercero, quisiera decirles que la intimidad física no es solamente una unión simbólica entre marido y mujer—la unión misma de sus almas—sino que también es simbólica de la relación que comparten ellos con su Padre Celestial. Él es inmortal y perfecto; nosotros somos mortales e imperfectos. No obstante, nosotros buscamos las maneras, aun en la vida terrenal, de unirnos a Él espiritualmente. Entre esos momentos especiales se encuentran el arrodillarse ante el altar matrimonial en la casa del Señor, el bendecir a un niño recién nacido, el bautizar y confirmar a un nuevo miembro de la Iglesia, el participar de los emblemas de la Santa Cena del Señor, etc.

Ésos son momentos en los que en un sentido muy literal unimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, nuestro espíritu a Su Espíritu. En esos momentos no sólo reconocemos Su divinidad sino que en un sentido totalmente literal tomamos para nosotros algo de esa divinidad. Un aspecto de esa divinidad que se da virtualmente a todos los hombres y a todas las mujeres es el uso de Su poder para crear un cuerpo humano, esa maravilla de maravillas, un ser genética y espiritualmente único, nunca antes visto en la historia del mundo y al cual nunca habrá uno igual en todas las edades de la eternidad. Un hijo, su hijo: con ojos, orejas y dedos, y con un futuro de grandeza indescriptible.

De todos los títulos que Dios ha escogido para Sí, el de Padre es el que más favorece, y la creación es Su lema, especialmente la creación humana, la creación a Su imagen. A ustedes y a mí se nos ha dado una porción de esa santidad, pero bajo las más serias y sagradas de las restricciones. El único control que se nos ha impuesto es el dominio de nosotros mismos: el autodominio que nace del respeto por el divino poder que ese don representa. No se dejen engañar

Mis amados jóvenes amigos, ¿se dan cuenta de por qué la pureza personal es un asunto tan serio? No se dejen engañar y no se dejen destruir. A no ser que esos poderes se controlen y se guarden los mandamientos, su futuro puede ser destruido y su vida consumida por las llamas. El castigo quizás no llegue el día preciso en que se cometa la transgresión, pero llegará con seguridad y certeza, y a menos que haya un arrepentimiento sincero y obediencia a Dios misericordioso, entonces llegará el día, en algún lugar, en el que la persona moralmente desdeñosa e impura suplicará, como lo hizo el hombre rico que rogó que Lázaro “moj[ara] ... la punta de su dedo en agua, y refres[cara] mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16:24).

El cuerpo es algo que debe mantenerse puro y santo. No tengan miedo de que se ensucie las manos al realizar un trabajo honrado; no tengan miedo de las cicatrices que le puedan quedar al defender la verdad o al luchar por lo justo, pero tengan cuidado de las cicatrices que desfiguran espiritualmente, que resultan al participar en actividades en las cuales no debieron haber tomado parte, que ocurren en sitios a los que no deberían haber ido.

Si algunos pocos de ustedes llevan esa clase de heridas—y me consta que unos pocos las llevan—, se les extiende la paz y la renovación del arrepentimiento hecho posible por medio del sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. En esos asuntos tan graves, el camino del arrepentimiento no es fácil de comenzar ni está libre de dolor, pero el Salvador del mundo estará allí para recorrer ese necesario sendero con ustedes. Él los fortalecerá cuando ustedes flaqueen; Él será su luz cuando les parezca que todo está en tinieblas; Él los tomará de la mano y será su esperanza cuando piensen que la esperanza es lo único que les queda. Su compasión y Su misericordia, con todo el poder sanador y purificador que poseen, se brindan gratuitamente a todos los que en verdad deseen un perdón total y den los pasos necesarios para lograrlo.