¿Dónde están los necesitados?

Carolyn J. LeDuc

Siempre pensé que era importante ayudar al necesitado, pero no van a creer dónde encontré a alguien que necesitaba mi ayuda.

Me enfrasqué en mi bendición patriarcal una vez más y algo me saltó a la vista: “Debes ayudar a los necesitados con tu tiempo, esfuerzo y medios económicos”. Me imaginé estableciendo refugios para los que no tenían techo, comenzando programas de alfabetización, erradicando la falta de empleo, dando fin al hambre. Debería haber hablado con mis padres primero, pero estaba ansiosa por comenzar. Por lo que salí con determinación a la calle pensando que mi primer “proyecto” sería el anciano pordiosero que mendigaba en el centro comercial.

Lo primero que haría era invitarlo a comer conmigo. Él entonces me contaría su trágica historia. Yo lloraría y finalmente seríamos buenos amigos. Le compraría un traje, le buscaría trabajo, sería testigo de su bautismo, cambaría su vida para siempre. Era todo tan sencillo.

Encontré al hombre en el estacionamiento del centro comercial recostado sobre el carrito de mercado herrumbrado que empujaba por todo el pueblo. Podía ver que su carro estaba lleno de... ¿cebollas? Él tomó una cebolla, la partió a la mitad sobre el carrito y después comenzó a comerla como si fuese una manzana. Me sorprendió pero quedé impertérrita. “¿Le gustaría acompañarme a almorzar?” Le pregunté con los ojos bien abiertos y tentativamente. “Tengo un poco de dinero y...”

De pronto, un parloteo incomprensible y en voz alta salió de la boca del hombre, y levantó el puño hacia mí y hacia el cielo. Sus gestos eran salvajes y frenéticos. ¿Estaría en su sano juicio? Parecía estar enojado conmigo y definitivamente no estaba interesado en almorzar, por lo que me di vuelta con un gesto de disculpa y regresé a casa.

Varios días después, vi a una mujer con un cartel que decía “trabajo por comida”. Viendo que tenía mi segunda oportunidad de ser caritativa, me detuve a hablar con ella.

“Necesito dinero para gasolina”, me dijo. “Mi padre vive en Texas, si pudiera ir hasta allí, él me ayudaría”.

“Lo siento, pero no tengo nada de efectivo”, le contesté. “¿Cuánto tiempo piensa quedarse aquí?”

“Hasta las doce”.

“Regresaré a las 11:00. Lo prometo”. A las 10:45 estaba de regreso con un bono que había comprado para poner gasolina. Ella no se veía por ningún lado.

“Bueno”, pensé mientras caminaba a casa, “parece que las cosas no resultan como esperaba”. Pegué un puntapié a una piedrita “Ayudar a los necesitados va a ser más difícil de lo que me había imaginado. ¿Sería algo que tendría que hacer con el correr de los años?”

Volví a pegarle a la piedrita “¿Cómo podría ayudar al necesitado? ¿No podría empezar ya? ¿Habría alguien en algún lugar que necesitara mi ayuda? ¿Habría alguien en algún lugar que quisiera mi ayuda?

Al llegar a casa, escuché al entrar que alguien lloraba. Era mi hermanito Steven. Se habían burlado de él en la escuela y no quería regresar. Las palabras de mi bendición patriarcal hicieron eco en mi mente: “Debes ayudar a los necesitados con tu tiempo, esfuerzo y medios económicos”. Mi hermano necesitaba ayuda.

“Steven, ¿quieres ir a tomar un helado? Dime qué te ha pasado”.

Steven y yo hablamos de sus compañeritos. Quizás no dije nada que fuera de ayuda, pero pude darme cuenta que mi compañía significaba mucho para él.

Esa experiencia con Steven me enseñó una lección: los necesitados pueden estar tanto en nuestra casa como en la calle. Hay varias clases de gente necesitada en el mundo—quienes necesitan comida y refugio, claro está— pero también están las personas que necesitan amor, consejo y aliento.

No he renunciado a mi sueño de poner punto final a los problemas sociales del mundo, pero por ahora, cada vez que siento el deseo imperante de ayudar a los necesitados, toco primero en la puerta del dormitorio de mi hermano.

Si deseas ideas de cómo ayudar a los necesitados de tu comunidad, visita la página www.providentliving.org.