Tus deberes del Sacerdocio Aarónico

Paul VanDenBerghe Church Magazines

Has sido ordenado al Sacerdocio Aarónico. ¿Qué se supone que debes hacer ahora?

Tal vez seas un diácono a quien se acaba de ordenar el domingo pasado; o un maestro que ayuda todas las semanas a preparar la Santa Cena; o tal vez seas un presbítero experimentado, conocedor de lo que son los proyectos de servicio y de lo que es guiar a los maestros y diáconos más jóvenes en sus nuevas responsabilidades. Sin embargo, todos los poseedores del sacerdocio comparten este llamado del Señor: “…aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

¿Pero adónde puedes ir para aprender acerca de este deber? Las Escrituras deben ser el primer lugar donde buscar. Específicamente, querrás estudiar las secciones de Doctrina y Convenios donde se describen los deberes del Sacerdocio Aarónico: 20:46–60, 72–79 y 84:111.

Otro recurso excelente es el cuadernillo Cumplir Mi Deber a Dios: para poseedores del Sacerdocio Aarónico, en el cual se dividen tus responsabilidades del sacerdocio en tres secciones: (1) “Administrar las ordenanzas del sacerdocio”, (2) “Prestar servicio a los demás” y (3) “Invitar a todos a venir a Cristo”. En la sección “Deberes del sacerdocio” de cada oficio —diácono, maestro y presbítero— encontrarás escrituras adicionales para el estudio y sugerencias para mejorar tu propio plan con el fin de ayudarte a entender mejor tus deberes del sacerdocio.

Demos un breve vistazo a algunos de los deberes principales de los poseedores del Sacerdocio Aarónico.

Diáconos

El diácono da un buen ejemplo a los restantes integrantes del quórum y a los demás miembros de la Iglesia. Lleva una vida recta y se conserva digno de ejercer el sacerdocio.

Reparte la Santa Cena; éste es uno de los deberes más sagrados del diácono. Cuando el diácono lleva a cabo esta responsabilidad, actúa como representante del Señor. Debe ser digno de dar los emblemas de la Santa Cena a los miembros de la Iglesia. Se debe vestir y comportar de manera que refleje la naturaleza sagrada de la Santa Cena. De ser posible, debe ponerse una camisa blanca.

El diácono presta servicio como ministro residente, “[nombrado] para velar por la iglesia” (D. y C. 84:111). También debe “amonestar, exponer, exhortar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo” (D. y C. 20:59). Esta responsabilidad abarca el hermanar a los miembros del quórum y a otros hombres jóvenes, informar a los miembros de la Iglesia sobre las reuniones, hablar en reuniones, compartir el Evangelio y dar testimonio.

El diácono ayuda al obispo a “administrar… las cosas temporales” (D. y C. 107:68). Esta responsabilidad puede incluir la recolección de ofrendas de ayuno, cuidar de los pobres y necesitados, cuidar de los centros de reuniones y los jardines, y servir como mensajero del obispo en las reuniones de la Iglesia.

Participa en la instrucción del quórum al estudiar diligentemente el Evangelio. Entre sus otros deberes se encuentran ayudar a los miembros con las necesidades temporales, prepararse para prestar servicio misional, apoyar y ayudar al presidente del quórum, activar a los hombres jóvenes de su quórum y aprender el Evangelio.

Maestros

El maestro tiene todas las responsabilidades del diácono y también las siguientes:

Prepara la Santa Cena. Los maestros tienen siempre la responsabilidad de tener la Santa Cena lista para la reunión sacramental. Preparar la Santa Cena es un buen ejemplo de lo que es prestar servicio sin esperar elogios por hacerlo. Los miembros con frecuencia no se dan cuenta de que los maestros preparan la Santa Cena; sin embargo, ellos lo hacen, lo cual agrada al Señor porque es un verdadero servicio.

“El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la Iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (D. y C. 20:53). Una manera de hacer esto es servir como maestro orientador.

Debe “cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias” (D. y C. 20:54). Esta responsabilidad incluye ser un pacificador, ayudando a los demás miembros a llevarse bien unos con otros. Debe alentar a quienes lo rodean a ver siempre lo bueno en los demás.

Debe “ver que los miembros de la Iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos cumplan con sus deberes” (D. y C. 20:55). Parte de esta responsabilidad incluye invitar a otras personas a asistir a la Iglesia.

Presbíteros

El presbítero tiene todas las responsabilidades del diácono y del maestro, y también las siguientes:

Oficia en la mesa de la Santa Cena. El honor de bendecir la Santa Cena se confiere a los presbíteros, quienes ofrecen las oraciones de la Santa Cena. El presbítero debe estar familiarizado con dichas oraciones, vestirse de modo adecuado y lavarse las manos antes de efectuar la ordenanza. Ante todo, los presbíteros deben ser dignos de cumplir con esta sagrada ordenanza como representantes del Salvador.

Otro deber de los presbíteros es bautizar cuando lo autorice el obispo o el presidente de rama (véase D. y C. 20:46). El bautismo efectuado mediante la debida autoridad es una de las ordenanzas más importantes y sagradas de la Iglesia, ya que es la ordenanza mediante la cual pasamos a ser miembros de ésta, recibimos el perdón de nuestros pecados y entramos en el sendero que lleva al reino celestial.

“El deber del presbítero es predicar, enseñar, exponer [y] exhortar” (D. y C. 20:46), lo cual quiere decir que el presbítero es llamado a enseñar los principios del Evangelio a los demás; y para poder hacerlo antes tiene que aprender cuáles son esos principios. Esta responsabilidad le será de gran utilidad al prepararse para servir en una misión de tiempo completo.

Debe “visitar la casa de todos los miembros, exhortándolos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares” (D. y C. 20:47). El presbítero hace esto al cumplir con su responsabilidad de ser un maestro orientador y de visitar a las familias asignadas.

Tiene la autoridad de conferir el Sacerdocio Aarónico y ordenar a otros presbíteros, maestros y diáconos, pero sólo cuando lo autorice el obispo o el presidente de rama (véase D. y C. 20:48). El poder de conferir el Sacerdocio Aarónico es sagrado.

Las Mujeres Jóvenes y el sacerdocio

A pesar de que la autoridad del sacerdocio se confiere sólo a los miembros varones dignos de la Iglesia, las bendiciones del sacerdocio están a disposición de todos, y son las mismas para hombres y mujeres, niños y niñas, ricos y pobres. Todos los hijos de Dios cuentan con el privilegio de recibir las mismas ordenanzas de salvación del sacerdocio.

Como hijas escogidas de Dios, todas las jovencitas que se han bautizado también han recibido el don del Espíritu Santo y tienen el derecho de buscar y recibir dones espirituales tales como “el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.” (Artículos de Fe 1:7). En la medida en que las jóvenes lleven vidas rectas y procuren servir a los demás al recibir y cultivar estos dones del Espíritu, su buen ejemplo tendrá una marcada influencia positiva en los hombres jóvenes que las rodeen.

¿De qué manera pueden ayudar las jóvenes a que los hombres jóvenes sean poseedores dignos del sacerdocio? Un joven expresó: “Creo que dos cosas muy importantes que hacen es vestirse con modestia y ser amables con todos. La vestimenta modesta me ayuda a controlar mis pensamientos, y al conversar las puedo mirar tranquilamente a los ojos”.

El Padre Celestial te ayudará

Cuando ustedes, diáconos, maestros y presbíteros, entiendan sus deberes del sacerdocio y cumplan con ellos, sentirán el gozo que proviene de administrar las ordenanzas del sacerdocio, de servir a los demás y de invitar a todos a venir a Cristo. En su mensaje a los poseedores del Sacerdocio Aarónico, la Primera Presidencia escribió: “Nuestro Padre Celestial tiene gran confianza en ti, cuenta contigo y tiene una importante misión para que la cumplas; te ayudará si acudes a Él en oración, escuchas los susurros del Espíritu, obedeces los mandamientos y guardas los convenios que has hecho” (Cumplir Mi Deber a Dios, 2010, pág. 5).

Más sobre los deberes del sacerdocio

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