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El arrepentimiento es algo real

Joshua J. Perkey Church Magazines

No importa lo que hayas hecho, existe una ruta de regreso a la paz y a la felicidad.

¿Alguna vez sientes que tus pecados son tan grandes que no puedes ser perdonado? No estás solo. Piensa en Coriantón, el hijo de Alma hijo, que dejó la obra misional para ir detrás de Isabel, una ramera en la tierra de Sidón. Coriantón no sólo “abandonó el ministerio” (Alma 39:3), sino que el pecado que cometió, quebrantar la ley de castidad, fue “una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o el negar al Espíritu Santo” (Alma 39:5).

Más eso no era todo. Debido a lo que hizo Coriantón, muchos de los zoramitas se negaron a creer en las enseñanzas de su padre, el profeta (véase Alma 39:11).

Este joven iba a recibir una reprimenda muy seria.

Imagínate cómo se habrá sentido Coriantón; probablemente, muy desdichado. Su padre, Alma, tenía que explicarle la doctrina de manera muy intensa para que comprendiera el Plan de Salvación y el hecho de que existe el bien y el mal, la bendición y el juicio; todo esto basado en cómo vivimos nuestra propia vida. También se le enseñó acerca de lo maravilloso que es el arrepentimiento y el llegar a ser limpios otra vez.

Coriantón podía confiar en su padre. Después de todo, Alma había experimentado el angustioso arrepentimiento. Alma lo explicó a su hijo Helamán: cuando se dio cuenta del alcance de sus propios pecados, le “martirizaba un tormento eterno” y su “alma estaba atribulada en sumo grado… con las penas del infierno” (Alma 36:12–13). Aun Alma dijo: “El sólo pensar en volver a la presencia de mi Dios atormentaba mi alma con indecible horror. ¡Oh si fuera desterrado —pensaba yo— y aniquilado en cuerpo y alma, a fin de no ser llevado para comparecer ante la presencia de mi Dios para ser juzgado por mis obras!” (Alma 36:14–15).

Eso es demasiado grave, sin embargo, no es todo el relato. Durante tres días, Alma estuvo tan enfermo que no podía mover su cuerpo mientras sufría un dolor insoportable (véase Alma 36:16). No obstante, recordó al Salvador y se dirigió a Él en silencio para pedir ayuda.

“El arrepentimiento es un don divino y deberíamos sonreír al hablar de él, puesto que nos conduce a la libertad, la confianza y la paz; en lugar de interrumpir la celebración, el don del arrepentimiento es la causa de la verdadera celebración.” —Élder D. Todd Christofferson

“Y he aquí”, dijo él, “que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores… Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor. Sí, hijo mío, te digo que no podía haber cosa tan intensa ni tan amarga como mis dolores. Sí, hijo mío, y también te digo que por otra parte no puede haber cosa tan intensa y dulce como lo fue mi gozo” (Alma 36:19–21).

¿Alguna vez te has preguntado si Coriantón, al igual que su padre, se preocupó de que realmente no podía arrepentirse? ¿Crees qué pensaba que sus pecados eran tan grandes que creía en las mentiras que se nos susurra, que realmente no podemos ser perdonados y que no podemos cambiar?

¿Te has sentido de esa manera, ese terrible sentimiento de que porque has hecho algo malo eres una mala persona, que tal vez no vales nada y que las cosas son tan malas que deberías rendirte?

No creas esas mentiras. Son algunas de las armas más eficaces que tiene Satanás y simplemente no son verdaderas.

Ésa es la belleza y el milagro del Evangelio: que mediante el arrepentimiento y la gracia de Dios, conferida por medio de la expiación de nuestro Salvador Jesucristo, todos podemos arrepentirnos y todos podemos cambiar. Todos podemos lograrlo, ya que tenemos el potencial de alcanzarlo.

Así fue como ocurrió con Alma y su hijo. A pesar de todos los pecados de Alma, el arrepentimiento limpió sus dolores y encontró la paz y el gozo verdadero de nuevo. Incluso después de todo lo que había hecho Coriantón, se le invitó a arrepentirse y fue llamado nuevamente al ministerio (véase Alma 42:29–31) y Coriantón aceptó. Se arrepintió y volvió al ministerio para predicar la palabra (véase Alma 43:1–2).

Aprendió lo que todos tenemos que aprender y recordar: la expiación de Jesucristo es algo real. Cristo de verdad sufrió por nuestros pecados y preparó la manera para que podamos ser perdonados. Por medio del arrepentimiento, podemos sentirnos limpios, puros, dignos, sanos y felices. No importa lo que hayamos hecho, hay un camino de regreso, y es por medio del arrepentimiento, el cual es algo real.

Este artículo apareció originalmente en la revista New Era de marzo de 2014.

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