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Una decisión en una fracción de segundo

Hugo da Cunha Silvantos Rodrigues

Jugar al fútbol me enseñó a tomar decisiones en una fracción de segundo. Entonces, en un instante tuve que decidir entre mi sueño y el del Señor.

Desde que tengo memoria, siempre he tenido una pelota de fútbol a mi lado y el sueño de llegar a ser un jugador profesional. Mis padres me apoyaban en mi esfuerzo de hacer realidad ese sueño, y también me animaban a ir a la iglesia. Sin embargo, a partir de cierta edad comencé a asistir a la Iglesia únicamente cuando no tenía ningún partido. Sabía que el Evangelio, las actividades de la Iglesia y mis amigos me ayudarían mucho en la vida, pero mi verdadero objetivo era cumplir el sueño de jugar al fútbol.

A medida que me entrenaba, comencé a hacerme amigos en los grandes clubes de fútbol. Pude jugar contra algunos de esos equipos e incluso entrenarme con ellos. Viajé por varios países para participar en torneos, y estaba entusiasmado e ilusionado con la idea de vivir como jugador de fútbol profesional. En uno de estos viajes a Asia, tuve mi sueño al alcance de la mano. Un gran equipo se fijó en mí mientras jugaba y quiso que me incorporara a él, pero mi agente encontró algunos obstáculos durante la negociación y no se llegó a cerrar el contrato.

En casa, mis amigos estaban preparando los papeles para la misión; otros regresaban de ella y hablaban de la vida misional con mucho entusiasmo. Se les llenaban los ojos de emoción cada vez que hablaban, y se sentía mucho el Espíritu al escucharles. Sentí el deseo de servir en una misión yo también y disfrutar de las mismas experiencias, pero me preocupaba que si tomaba esa decisión no alcanzaría mi sueño, ya que mi forma física y agilidad disminuirían. Mi deseo de llegar a ser un jugador profesional era enorme; había postergado la universidad, y trabajaba y vivía únicamente para cumplir ese sueño.

En mis viajes futbolísticos siempre llevaba un ejemplar del Libro de Mormón. Me encantaban las palabras de los profetas, su estilo de vida, su determinación de obedecer los mandamientos y el buen ejemplo que daban a su pueblo. Me avergonzaba no ser un ejemplo para los otros jugadores y no poner las cosas de Dios en primer lugar. A veces intentaba compartir mis creencias, pero siempre me respondían: “Disfrutemos del viaje. Olvídate de esas tonterías ¡Vamos a divertirnos!”. Los chismorreos, la falta de honradez y otros aspectos de la vida del fútbol comenzaron a irritarme. En muchas ocasiones me sentía solo y triste, y sabía que había un lugar en el que siempre me sentía feliz y tenía amigos que se preocupaban por mí, amigos que estaban juntos en las actividades y los bailes, en las clases de seminario e instituto: amigos celestiales. Echaba mucho de menos esas cosas.

Un domingo en el que no me tocó viajar, acudí a las reuniones de la Iglesia de mi barrio en Brasil. Al terminar éstas, el obispo me llamó para que habláramos en su oficina. Sabía que íbamos a hablar de la misión, porque todos los jóvenes de mi edad estaban regresando del campo misional. Me instó a servir en una misión e intenté cambiar de tema diciéndole que no estaba preparado. Le lancé todas las evasivas que pude, pero él no se dio por vencido y me convenció de la importancia de la misión. Terminamos la conversación fijando una meta para prepararme.

Unos meses más tarde entregué los papeles y regresé a los entrenamientos. Por el momento, había logrado reconciliar el fútbol y la Iglesia en mi mente, pero lo que no sabía es que eso no duraría mucho y que tendría que escoger.

Cuando llegó mi llamamiento, toda mi familia se reunió en casa con mucho entusiasmo. Entonces sonó el teléfono.

Era mi agente, que me dijo que había obtenido un buen contrato con un club europeo. ¡Mi imaginación empezó a volar! Veía el estadio lleno de gente que acudía a ver los partidos. Pensaba en la preciosa casa y el vehículo y el salario que disfrutaría. Mi sueño estaba a punto de cumplirse, estaba a mi alcance, y entonces miré el sobre que estaba junto al teléfono que contenía mi llamamiento misional.

Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas, y en un momento vi pasar toda mi vida como si fuera una película. Al teléfono, mi agente me preguntaba qué me parecía esa noticia. Yo no respondía. No podía hablar y me temblaban las piernas. Me resistía a que ese momento fuera real, ¡pero sí lo era! Tenía que tomar una decisión, la más difícil de mi vida.

Con voz temblorosa, terminé por decirle que ya había conseguido un contrato mejor. Sería misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días durante dos años. Le di las gracias por la oportunidad y por su trabajo y esfuerzo por ayudarme. Después colgué el teléfono y fui a mi cuarto, donde lloré mucho. Sabía que esa oportunidad no me esperaría dos años y que mi sueño no se haría realidad.

Me arrodillé y oré al Padre Celestial en busca de consuelo. Sentí una voz dulce y suave que me respondía y reconfortaba mi corazón y me decía: “Hijo mío, tú ya formas parte del mejor equipo del mundo”. Medité en esas palabras y aún sigo meditándolas.

Al estar de regreso, después de servir en la Misión Brasil Fortaleza, no me arrepiento de ninguna manera de la decisión que tomé. La verdadera Iglesia de Jesucristo está ahí para toda persona que desee ser feliz, y en la misión aprendí que la mejor manera de serlo es hacer lo que el Padre Celestial quiere que hagamos. La misión fue la mejor decisión que he tomado en la vida. Me enseñó que todos los que buscan primero el reino de Dios tendrán sitio en el equipo del Señor (véase Mateo 6:33).

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