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La batalla contra mi espejo

Stephanie Snow La autora vive en Oregón, EE. UU.

Todo lo que podía ver eran mis defectos. ¿Cómo podría alguna vez gustarme la forma en que me veo?

Toda sociedad en el mundo tiene sus normas de belleza. Cuando no podemos conformarnos con ellas, tal vez podemos sentir que no estamos a la altura. He luchado la batalla contra el espejo de mi baño durante la mayor parte de mi vida. Desde muy joven, me puse muy al tanto de cómo me debería ver físicamente e incluso estaba más al tanto de que no me veía así. Hacer dietas, ejercicio y examinar con detalle cada curva del cuerpo se convirtieron en una parte normal de mi vida.

Al crecer y madurar, me comparaba con mis compañeras de manera constante, tratando de encontrarme a mí misma en la escala de la belleza. Siempre fui muy alta, mi cabello era demasiado rizado y grueso, mi cintura era muy grande, había una separación en mis dientes delanteros, y muchas cosas más.

Lo último de la moda nunca me quedó como los maniquíes de las tiendas o como las modelos de los anuncios. Intenté hacer de todo —dietas, ejercicio, diferentes tipos de peinados, consejos de moda y trucos de las celebridades, productos de belleza que se anunciaban en la televisión y en las revistas— sin embargo, mi cuerpo aún se negaba a transformarse en el “ideal”. Cuando me di cuenta de que yo nunca alcanzaría la norma de belleza de la sociedad, aumentaron los sentimientos de inseguridad y mi autoestima se desplomó. El espejo continuó siendo mi enemigo. No sabía que estaba sucumbiendo a uno de los planes de ataque más meticulosos de Satanás. Como resultado de la batalla en los cielos, él (y sus seguidores) perdieron la oportunidad de recibir un cuerpo. Él está intensamente celoso de aquellos de nosotros que sí tenemos un cuerpo. Al usar todos los recursos en su poder, Satanás intenta hacernos odiar, tratar mal e incluso aborrecer nuestro cuerpo, y “busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:27).

¿Es importante para Dios?

“¿Suponen que a nuestro Padre Celestial le importa que su maquillaje, ropa, cabello y uñas sean perfectos?… ¿Piensan que el atractivo exterior, su talla o la popularidad tengan el más mínimo efecto en lo que valen para Aquel que creó el universo? Él [los] ama no solo por quienes son hoy en día, sino por la persona de gloria y luz que tienen el potencial y el deseo de llegar a ser”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf

Satanás ha enseñado al mundo a creer que nuestro cuerpo es tan solo un paquete, adornos que deben ajustarse a tamaños, formas y proporciones específicas, y que estos determinan nuestro nivel de felicidad, éxito y el valor en esta vida. También aboga para que utilicemos cualquier medio disponible para alcanzar el cuerpo ideal, sin importar el costo.

No fue hasta que yo busqué al Señor y Su palabra que empecé a hallar la paz en este aspecto de mi vida. Un día leí un versículo del libro de Mosíah, que citaba a Isaías, refiriéndose al Salvador: “… no hay en él parecer ni hermosura; y cuando lo veamos, no habrá en él buen parecer para que lo deseemos… fue menospreciado y no lo estimamos” (Mosíah 14:2–3). Me di cuenta que a pesar de que Jesucristo no era ampliamente aceptado por los que lo rodeaban, Su entendimiento de Su valor provino de Su relación con el Padre y de hacer “siempre lo que a él le agrada” (Juan 8:29).

Se menciona la belleza varias veces a lo largo de las Escrituras. De lo que leemos, queda claro que la belleza en la que más debemos centrarnos proviene del interior y se forja mediante el cultivo de características cristianas. Cuanto más nos esforcemos por ser como Cristo, más hermosos verdaderamente seremos. La verdadera belleza se define como la santidad (véase 1 Crónicas 16:29) y la salvación a los mansos (véase Salmo 149:4). También el Señor declara acerca de aquellas personas que comparten el Evangelio: “… ¡cuán bellos serán sobre las montañas!” (1 Nefi 13:37). Y a Sion se le llama la “perfección de hermosura” (Salmos 50:2). Sabemos que Sion es “los puros de corazón” (D. y C. 97: 21). El Señor declaró sobre la Sion de Enoc: “… eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18).

En esta vida, nuestro espíritu se aloja en un cuerpo imperfecto y mortal. Bueno, no es perfecto; envejecerá, aparecerán en él arrugas, probablemente acumulará unos cuantos kilos de más que no nos gustarán; se debilitará, el cabello se volverá gris o quizás se caerá. Con el tiempo, nuestro cuerpo se deteriorará y morirá, sin importar lo que hagamos para intentar frenar, retrasar o encubrir ese proceso.

Sin embargo, este cuerpo que se nos ha dado puede ser la fuente de nuestro mayor gozo en esta tierra. Por medio del don de nuestro cuerpo, podemos caminar, hablar, ver, oler o escuchar todas las maravillosas creaciones de nuestro Padre Celestial. En colaboración con Él, nuestro cuerpo es el medio para traer vida nueva a esta tierra. Debemos guardar profunda reverencia y respeto por esos dones que poseemos, la combinación de los cuales es un templo sagrado.

Cuando nos miramos al espejo, notamos todos nuestros “defectos”, las pecas, las piernas cortas, la nariz larga, debemos recordar que somos el reflejo de la Persona que nos creó. Debemos regocijarnos en nuestra belleza individual y recordar que somos hijos de Dios y que Él nos ama. Él nos creó a Su imagen, para fines específicos y divinos. Con esto en mente nos ayudará a hacer todo lo posible por cuidar de nuestro cuerpo, presentarnos lo mejor que podamos y, por ende, amar lo que el Señor nos ha dado.

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