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La meta final

Kathleen S., Utah, EE. UU.

Me di cuenta de que no importa qué camino tomara mi vida o carrera profesional y laboral: ser digna de entrar en el templo era más importante.

Desde que era pequeña, me dediqué a la danza clásica. La tomé muy en serio y le dediqué gran cantidad de tiempo y esfuerzo. Cuando comencé la escuela secundaria, decidí que quería ser bailarina profesional, sin importar lo que debía hacer para lograrlo.

Un día, mi maestro de ballet habló a nuestra clase acerca de cómo prepararse para esta futura profesión. Mencionó que sólo un pequeño porcentaje de las personas que se capacitan en danza clásica llegan a ser profesionales y sólo un pequeño número de esos bailarines siguen esta carrera como una profesión. Siguió diciendo que ya sea o no que el baile se convierta en una carrera profesional, deberíamos planificar llegar a ser los mejores profesionales, los mejores médicos, maestros, panaderos o cualquier otra cosa lleguemos a ser.

En esa época, mis clases de ballet se impartían en el piso superior de un edificio, desde donde se veía todo el valle de Salt Lake. Mientras mi maestro daba ese discurso, volví mi atención hacia la ventana y luego hacia el Templo de Salt Lake.

Hasta ese momento, mi deseo había sido llegar a ser una bailarina profesional porque estaba segura de que el ballet me haría feliz. Pero mientras miraba el templo, me di cuenta de que no importaba qué camino tomaran mi vida profesional y laboral: ser digna de entrar en el templo y vivir en la presencia de mi Padre Celestial eran las únicas cosas que me llenarían de un gozo duradero.

El darme cuenta de ello liberó una carga inmensa de mis hombros. El ballet ya no tenía que ser mi objetivo final, sino ser digna de entrar en la presencia de Dios. A diferencia del ballet profesional, no hay límite sobre cuántos podemos regresar a vivir con nuestro Padre Celestial para siempre. Gracias a la Expiación, todos tenemos esa oportunidad.

Mira cómo puedes prepararte para los convenios del templo.

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