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Qué pueden hacer cuando tengan preguntas

David A. Edwards Church Magazines

Hacer preguntas es esencial para el aprendizaje. Entonces, la manera en que hacen una pregunta supone una gran diferencia en cuanto adonde les llevará.

Cuando eran pequeños, el mundo constituía más bien un misterio. Tenían una curiosidad natural y probablemente hacían muchas preguntas sobre cómo funcionaban las cosas, lo que significaban y por qué las cosas eran de la manera de eran. Confiaban en sus padres y otros adultos a medida que les ayudaban a entender lo que necesitaban saber en ese momento.

Ahora bien, como adolescentes, están aprendiendo más y más acerca del mundo, tanto en la escuela como por medio de su propia experiencia. Todavía tienen preguntas, algunas de ellas profundas e inquietantes, pero probablemente están tratando de entenderlas un poco más por su cuenta.

Estas preguntas que están haciendo incluyen inevitablemente los aspectos relacionados con el Evangelio y la Iglesia. Si han crecido dentro del ambiente de la Iglesia o se han familiarizado con ella recientemente, su estudio personal, la meditación y la experiencia puede llevarles a preguntas más y más complejas acerca del Evangelio.

Cuestionar en contraposición a hacer preguntas

Básicamente hay dos maneras diferentes que podemos considerar nuestras preguntas. Para nuestros propósitos, distinguiremos entre estos métodos y los llamaremos cuestionar y hacer preguntas.Cuando se trata de asuntos de la fe, puede haber una gran diferencia entre los dos. La diferencia tiene que ver con cómo y por qué están haciendo las preguntas, qué esperan obtener de ellas y adonde les llevarán con el tiempo.

Cuestionar, aquí se refiere a desafiar, discutir o analizar en detalle. Cuando se trata de religión, el resultado de este método a menudo no es para encontrar respuestas, sino para criticar y destruir la confianza.

La diferencia entre cuestionar y hacer preguntas tiene que ver con cómo y por qué están haciendo las preguntas, qué esperan obtener de ellas y adonde les llevarán con el tiempo.

Por otra parte, en religión, al igual que en ciencias o cualquier otra cosa que valga la pena estudiar, es absolutamente esencial formular preguntas, incluso las difíciles. Es la única manera en la que recibirán respuestas. Y las respuestas significan mayor conocimiento y comprensión y en el caso de religión, mayor fe y espiritualidad.

Por lo tanto, su actitud y motivación al hacer una pregunta pueden marcar una enorme diferencia en donde les llevará con el tiempo. Por ejemplo, si están estudiando las Escrituras y se encuentran con un pasaje que les parece que contradice una enseñanza de la Iglesia o un hecho científico o histórico, hay una gran diferencia entre preguntar : “¿Cómo las Escrituras (o la Iglesia) podrían ser verdaderas si … ?” y preguntar “¿Cuál es contexto pleno de este pasaje y qué significa a la luz de … ?”. La primera pregunta puede llevarles a llegar a una conclusión apresuradamente, basada en el escepticismo y la duda en lugar del conocimiento o la lógica reales, mientras que la segunda es más probable que les conduzca a una mayor comprensión y fe.

Aunque este ejemplo es un poco extremo, ilustra cómo el prestar atención a las preguntas que hacen y las razones por las cuales las hacen, les puede ayudar a fin de evitar convertir el hacer preguntas  en cuestionar.

¿Qué sucede si algo no tiene sentido?

Al estudiar, aprender y orar, pueden encontrar algo que les preocupa o que no tiene sentido para ustedes, independientemente de lo mucho que traten de comprenderlo. ¿Qué deben hacer a continuación?

En primer lugar, pregúntense: “¿Cuán importante es esta pregunta para mi comprensión global y el testimonio del Evangelio?”. Si sienten que es realmente importante, traten lo mejor que puedan de resolver el problema y pidan ayuda a alguien de su confianza, como por ejemplo a uno de sus padres, su líder de la Iglesia o el maestro de seminario. Este proceso puede incluso ser beneficioso, como explicó el presidente Howard W. Hunter (1907–1995): “Me conduelo de los jóvenes y de las señoritas que tienen verdaderas dudas en su mente y se encuentran abocados a la gran tarea de resolverlas. Estas dudas pueden resolverse, si ellos tienen un deseo verdadero de conocer la verdad y si realizan un esfuerzo moral, espiritual y mental. Saldrán de ese conflicto con una fe más firme, más fuerte, y más grande debido al esfuerzo que hayan realizado. A través de la duda y el conflicto, ellos habrán pasado de una fe confiada y simple, a una fe sólida y verdadera que finalmente se convertirá en un testimonio” (en Conference Report, octubre de 1960, pág. 108).

Si encuentran que una pregunta no es tan importante, déjenla de lado, en el archivo mental, “para responderla más tarde”. El élder Neil L. Andersen, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha dicho que a medida que “permanecemos firmes y pacientes”, a lo largo de nuestra vida, “la respuesta del Señor a veces será: ‘No lo sabes todo, pero sabes lo suficiente’, lo suficiente para guardar los mandamientos y hacer lo correcto” (“Sabes lo suficiente”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 13).

Debido a que elegimos seguir adelante con fe a pesar de que no tenemos la respuesta a cada pregunta, algunas personas quizás nos acusarán de ejercer una “obediencia ciega” o de ser “anti-intelectuales”. ¿Es ésta una afirmación verdadera? ¿Hay algunas cosas que no se nos permitan estudiar o preguntas que no se nos permitan hacer? Bueno, no, no realmente.

El élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo una vez a un grupo de jóvenes: “Oirán comentarios de que la Iglesia es ‘anti-intelectual…’.  Ustedes son las más grandes pruebas para refutar una declaración errónea. Individualmente, se les ha alentado a aprender y a buscar conocimiento de cualquier fuente confiable. En la Iglesia, abrazamos toda verdad, tanto si procede de un laboratorio científico o de la palabra revelada del Señor. Aceptamos toda verdad como parte del Evangelio” (“Comenzar con el fin en mente”, Universidad Brigham Young 1984–85, Devotional and Fireside Speeches, 1985, pág. 17).

Una dieta de duda frente a un banquete de fe

Si se centran completamente en el intelecto durante su estudio del Evangelio, corren el riesgo de desnutrición espiritual, debido a que el cuestionar y ser escéptico aportan un alimento muy deficiente. El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha explicado: “También están aquellos cuyo enfoque intelectual hacia las cosas del espíritu les ha dejado espiritualmente desnutridos y vulnerables a las dudas y a los recelos… Las cosas de Dios, incluso la conversión y el testimonio espirituales, deben ser transmitidos a la manera del Señor, “por el Espíritu”, Liahona, agosto de 2001, págs. 11–19).

El hacer preguntas no tiene por qué causar dudas. De hecho, puede ayudarles a edificar su fe.

Una dieta de duda hará que su espíritu pase hambre, pero un banquete de fe les alimentará “hasta quedar satisfechos, de modo que no tendr[án] hambre ni tendr[án] sed” (Alma 32:42). El hacer preguntas no tiene por qué causar dudas. De hecho, puede ayudarles a edificar su fe. Así es que sigan haciendo buenas preguntas. Continúen estudiando, orando y pensando en profundidad. Al hacerlo, el Espíritu Santo les ayudará a reconocer qué preguntas les dejan espiritualmente hambrientos y cuáles les llevan a “deleitar[se] en las palabras de Cristo” (2 Nefi 32:3).

La libertad y el deber

“La Iglesia fomenta en sus miembros la erudición en el Evangelio y la búsqueda de toda verdad. La libertad de investigación, pensamiento y palabra es fundamental para nuestra teología. El deliberar constructivamente es un privilegio de todos los Santos de los Últimos Días.

“Es la mayor obligación de todos los Santos de los Últimos Días lograr que la obra del Señor avance, fortalecer Su reino en la tierra, enseñar la fe y edificar el testimonio de lo que Dios ha llevado a cabo en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Gordon B. Hinckley, “Mantener la fe” )

Disipar la duda

“Recuerden que la duda y la fe no pueden existir en la misma mente al mismo tiempo, pues una disipa a la otra.

“En caso de que la duda surja en sus vidas, simplemente digan a todos esos pensamientos escépticos, molestos y rebeldes: ‘Propongo quedarme con mi fe, con la fe de mi pueblo. Sé que la felicidad y la alegría se encuentran allí y les prohíbo, pensamientos agnósticos y dubitativos, que destruyan la casa de mi fe. Reconozco que no comprendo los procesos de la Creación, pero acepto el hecho de que ocurrió. Confieso que no puedo explicar los milagros de la Biblia, ni tampoco intento hacerlo, pero acepto la palabra de Dios. No estuve con José, pero le creo. Mi fe no es fruto de la ciencia y no permitiré que la supuesta ciencia la destruya’” (Thomas S. Monson, “El faro del Señor”, Liahona, octubre de 1990).

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