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¿Qué debo confesarle a mi obispo y por qué?

C. Scott Grow De los Setenta

Una parte especial del llamamiento del obispo es ayudarte a que te arrepientas. Tu conciencia te dirá cuándo necesitas hablar con él.

Tal vez te preguntes por qué se te ha enseñado que debes confesarle a tu obispo o presidente de rama cuando hayas cometido un pecado grave. Quizás pienses: “¿No es el arrepentimiento una cosa personal entre el Señor y yo? Si he dejado de hacer lo que estaba mal y he confesado mi pecado a Dios, ¿por qué tengo que hablar con mi obispo?”.

¿Por qué el obispo y no otra persona?

Muchos jóvenes se sienten más cómodos de confesar sus errores a sus padres o a sus líderes de jóvenes. Si bien tus padres y tus líderes pueden proporcionar el apoyo y los consejos necesarios, el Señor ha declarado que el obispo es un juez común en Israel (véase D. y C. 107:72, 74). Él tiene la responsabilidad de determinar la dignidad de los miembros de su barrio. Mediante su ordenación y una vida recta, el obispo tiene el derecho de recibir revelación del Espíritu Santo en cuanto a los miembros de su barrio, incluso sobre ti.

El obispo puede ayudarte a lo largo del proceso de arrepentimiento de formas en que tus padres y otros líderes no pueden hacerlo. Si el pecado es lo bastante serio, tal vez determine que se restrinjan tus privilegios en la Iglesia. Por ejemplo, como parte del proceso de arrepentimiento, quizás te pida que dejes de participar de la Santa Cena o de ejercitar el sacerdocio por un tiempo. Trabajará contigo para determinar cuándo eres digno otra vez de reanudar esas actividades sagradas.

Tu obispo te aconsejará en cuanto a lo que debes hacer para fortalecer tu capacidad de resistir las tentaciones. Puede que te anime a estudiar un punto de doctrina, como el arrepentimiento, y luego que compartas con él lo que hayas aprendido. Podría pedirte que hables con él cada semana para que le informes si has podido alejarte de situaciones tentadoras.

¿Cuándo debo hablar con él?

Tal vez estés pensando: “Eso todo suena muy bien, pero ¿cómo sé que lo que he hecho es lo suficientemente serio como para tener que hablar con el obispo?”. La respuesta corta sería: “Tu conciencia te lo dirá”. Cuando sientas el aguijón de la conciencia, actúa de inmediato (véase Alma 34:31–34).

En cuanto al arrepentimiento, el rey Benjamín enseñó: “…no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado; porque hay varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos” (Mosíah 4:29). De modo que, en vez de dar una lista detallada de cosas que debes confesarle a tu obispo, permíteme compartir algunos principios que te ayudarán a tomar esa decisión.

¿Qué cosas debo confesar?

Sé que has tratado de ser obediente, pero quizás hayas cometido algunas faltas, incluso algunas graves. La mayoría de las faltas que las personas cometen se pueden resolver por medio de la oración personal y el arrepentimiento sincero. Algunas faltas, en especial las que tienen que ver con la inmoralidad, deben confesarse al obispo antes de poder recibir el perdón del Señor.

Al pensar en las faltas que hayas cometido, tal vez te sientas culpable, intranquilo, desdichado o incluso apesadumbrado. Si tienes cualquiera de esos sentimientos, entonces probablemente tengas que hablar con tu obispo sobre esas faltas.

“Su obispo o presidente de rama es el médico espiritual autorizado para ayudarlos a arrepentirse y a sanar”. —Élder David A. Bednar

No trates de excusarte ni de justificar tu comportamiento. Tal vez pienses: “Sería demasiado vergonzoso decirle a mi obispo lo que he hecho; él piensa que soy una buena persona; quedará muy sorprendido cuando le diga lo que hice y ya no me apreciará”.

Te prometo que él no te condenará. Como siervo del Señor, será bondadoso y comprensivo al escucharte y después te ayudará a lo largo del proceso de arrepentimiento. Él es el mensajero de misericordia del Señor para ayudarte a llegar a ser limpio mediante la expiación de Jesucristo.

El Señor dijo: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.

“Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” (D. y C. 58:42–43).

Cuando confieses tus pecados y los abandones, el Señor te perdonará. No tendrás que responder ante Él por esos pecados cuando llegue el momento de ser juzgado.

¿Qué pasa si no confieso?

Algunas veces, una persona deja de cometer una falta pero nunca la confiesa a su obispo cuando es necesario hacerlo. Como consecuencia, la persona sigue llevando la carga del pecado sola, en vez de dejar que el Salvador le quite ese peso.

Permítanme darles un ejemplo. Una noche, hace unos años, estaba entrevistando a algunos adultos para renovar su recomendación para el templo. Una mujer de mediana edad entró para que la entrevistara. Se había casado en el templo y había sido activa en la Iglesia toda la vida.

Sentí que había una gran tristeza en su alma. En el transcurso de la entrevista, recibí una impresión del Espíritu. Le dije: “Hermana, tengo la impresión de que ha cometido una falta grave cuando era joven y que no la ha confesado a ningún líder del sacerdocio; ¿estaría dispuesta a decirme lo que sucedió?”.

En seguida comenzó a llorar. Me dijo que así era, pero que siempre se había sentido demasiado avergonzada para confesárselo a un obispo. Al confesar lo que había hecho, compartió suficientes detalles para que yo pudiera determinar su dignidad.

La confesión de su pecado a un líder del sacerdocio marcó el final del proceso de arrepentimiento más bien que el comienzo. Había cargado con el peso y el pesar de ese pecado innecesariamente durante más de treinta años.

Debido a que había completado el paso final del arrepentimiento, su culpa fue expurgada. Después de la noche de aquella entrevista, yo la veía de vez en cuando; su rostro ahora resplandecía y ella se sentía feliz.

Si tienes sentimientos de culpa, pero no estás seguro de que necesites confesar tu falta al obispo, ve a verlo; permítele ayudarte.

Quiero que sepan que no recuerdo su nombre; el Señor puede borrar esos recuerdos de la memoria de los obispos. Lo que sí recuerdo es que, por medio de la confesión a su líder del sacerdocio, una mujer de mediana edad fue liberada de los sentimientos de culpa que había llevado por tantos años.

Por favor no cometas ese error. Si tienes sentimientos de culpa, pero no estás seguro de que necesites confesar tu falta al obispo, ve a verlo; permítele ayudarte. No te arriesgues a cargar con un peso innecesario toda la vida que causará que te sientas abatido. Por medio de la confesión al obispo y el arrepentimiento, el Señor levantará esa carga de tu alma (véase Isaías 1:18).

¿Por qué necesito arrepentirme?

Jesucristo pagó el precio de los pecados de toda la humanidad por medio de Su sacrificio expiatorio. Él te invita a arrepentirte y a evitar el dolor y el sufrimiento adicionales. “…arrepiéntete, no sea que… sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo…

“Por lo que otra vez te mando que te arrepientas… y que confieses tus pecados para que no sufras estos castigos de que he hablado” (D. y C. 19:15–17, 20).

Testifico que mediante Su sufrimiento, Jesucristo ya pagó el precio de tus pecados; puedes ser perdonado siempre que te arrepientas. No trates de pagar el precio de tus pecados; ninguna medida de sufrimiento personal te redimirá, es sólo por medio de la Expiación que recibirás el perdón.

Ruego que ejercites fe en Jesucristo y en Su expiación. Testifico, en el nombre de Jesucristo, que por medio del arrepentimiento, incluso la confesión a tu obispo cuando sea necesario, llegarás a ser limpio. Además, mediante la gracia del Salvador —Su poder habilitador— puedes ser fortalecido para resistir las tentaciones en el futuro; de ese modo, tendrás paz mental y felicidad en esta vida, y heredarás la vida eterna en el mundo venidero.

Nuestro Gran Médico

“A menudo se habla del Salvador como el Gran Médico… La culpa es para nuestro espíritu lo que el dolor es para nuestro cuerpo: una advertencia de peligro y una protección contra daño adicional. De la expiación del Salvador proviene el reconfortante bálsamo que puede curar nuestras heridas espirituales y quitar la culpa. Sin embargo, ese bálsamo sólo puede aplicarse mediante los principios de la fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento y la obediencia constante. Los resultados del arrepentimiento sincero son paz de conciencia, consuelo, y sanación y renovación espirituales”.

“Su obispo o presidente de rama es el médico espiritual autorizado para ayudarlos a arrepentirse y a sanar”.

Élder David A. Bednar, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Creemos en ser castos”, Liahona, mayo de 2013, pág. 44.

Este artículo apareció originalmente en octubre de 2013 en la revista Liahona.

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