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Enseñar a la manera del Salvador

Reflexione por un momento sobre lo que usted sabe del Salvador. ¿Puede imaginárselo rodeado de Sus discípulos? ¿Puede visualizarlo enseñando a la multitud junto al mar de Galilea o hablando personalmente a la mujer junto al pozo? ¿Qué percibe de Su manera de enseñar y de dirigir? ¿Cómo ayudó Él a los demás a aprender, a crecer espiritualmente y a convertirse a Su evangelio?



Él los amó, oró por ellos y les prestó servicio continuamente, buscó oportunidades para estar a su lado y expresarles Su amor. Conocía sus aficiones, esperanzas, deseos y lo que sucedía en la vida de ellos.

Él sabía quiénes eran y lo que podían llegar a ser. encontró maneras especiales para ayudarlos a aprender, maneras específicas para ellos. Cuando se debatían, Él no los abandonaba sino que seguía amándolos y ministrándolos.

 

Él se preparó para enseñar, dedicando tiempo a solas a la oración y el ayuno. Diariamente, en momentos de privacidad, procuró la guía de Su Padre Celestial.

Él utilizó las Escrituras para enseñar y testificar acerca de Su misión, y enseñó a la gente a pensar acerca de las Escrituras por sí misma y a utilizarlas para encontrar respuestas a sus preguntas. El corazón de las personas ardía cuando Él les enseñaba la palabra de Dios con poder y autoridad, y supieron por ellas mismas que las Escrituras eran verdaderas.

 

Empleó relatos sencillos, parábolas y ejemplos de la vida real que tuviesen sentido para ellas y les ayudó a descubrir lecciones del Evangelio en sus propias experiencias y en su entorno. Les habló de pescar, de nacer y de trabajar la tierra. Para enseñar cómo velar el uno por el otro, les contó relatos del rescates de ovejas perdidas. Para enseñar a Sus discípulos a confiar en los tiernos cuidados del Padre Celestial, les instó a “considera[r] los lirios del campo”.

 

Él formuló preguntas que los hacían pensar y sentir de manera profunda y se interesó sinceramente por escuchar sus respuestas y se regocijó con sus expresiones de fe. Les dio oportunidades para hacer sus propias preguntas y compartir sus conocimientos; y además, respondió a sus interrogantes y escuchó sus experiencias. Gracias a Su amor, ellos se sentían seguros de compartir sus pensamientos y sentimientos personales.

Él los invitó a testificar, y cuando lo hacían, el Espíritu tocaba su corazón. “¿Quién decís que soy yo?”, preguntó Él. Al responder Pedro, su testimonio se fortaleció: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”.

 

Él confió en ellos, los preparó y les dio las responsabilidades importantes de enseñar, bendecir y servir a los demás. “Id por todo el mundo, y predicad el evangelio a toda criatura”, les encomendó. Su objetivo era el de ayudarlos a convertirse por medio del servicio a los demás.

 

Él los invitó a actuar con fe y a vivir las verdades que enseñó. En todas Sus enseñanzas se concentró en ayudar a Sus seguidores a vivir el Evangelio con todo su corazón. Para lograrlo, encontró la manera de que aprendieran por medio de experiencias poderosas. Cuando se apareció a los nefitas, los invitó a venir a Él uno a uno, para que ellos pudieran verlo, tocarlo y conocerlo por ellos mismos. Cuando percibió que no entendían plenamente Su mensaje, los invitó a ir a casa y prepararse para volver y aprender más.

En cada situación, Él fue su ejemplo y mentor; y les enseñó a orar al orar con ellos. Les enseñó a amar y a prestar servicio por la manera en que Él los amó y les sirvió. Les enseñó el modo de enseñar Su evangelio mediante la forma en que Él lo enseñó.

Es evidente que la manera de enseñar del Salvador difiere de la del mundo.

Éste, es entonces su llamamiento sagrado, enseñar como el Salvador enseñó. Al hacerlo, los jóvenes abrirán su corazón para que las semillas del Evangelio se puedan plantar, henchir y crecer; lo que los llevará a la conversión, la meta final de su enseñanza. El ayudar a los jóvenes a convertirse, los prepara al mismo tiempo a seguir al Salvador durante toda su vida, con el fin de asistir dignamente al templo, recibir el Sacerdocio de Melquisedec, servir una misión, hacer convenios sagrados, criar familias rectas y edificar el reino de Dios en todo el mundo. ¡Cuán grande será su gozo!