“Serve God Acceptably with Reverence and Godly Fear”

Elder L. Tom Perry

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Elder L. Tom Perry

Y si mi pueblo me edifica una casa en el nombre del Señor, y no permite que entre en ella ninguna cosa inmunda para profanarla, mi gloria descansara sobre ella.

“Si, y mi presencia estará allí, porque vendré a ella; y todos los de corazón puro que allí entren verán a Dios.

“Mas si fuere profanada, no vendré a ella, ni mi gloria estará allí; porque no entraré en templos inmundos.” (D. y C. 97:15-17.)

Quisiera hablaros hoy sobre la reverencia. Aunque creo que esta se demuestra con frecuencia por medio del comportamiento, no es el comportamiento lo que me preocupa. Quiero referirme a la reverencia como actitud, una actitud de respeto profundo y de veneración hacia la Deidad. Es cierto que la conducta reverente sigue a las actitudes reverentes, mas es esa actitud de reverencia lo primero que necesitamos cultivar entre nuestros miembros. El proceder reverente sin una actitud reverente no tiene significado alguno, pues sólo se pone en practica para recibir los honores de los hombres y no los de Dios.

Las Escrituras nos recuerdan siempre que lo bueno debe provenir de lo profundo del corazón. Los que aparentan solo para recibir los honores de los hombres, pero son de corazón impuro, son hipócritas. No es suficiente comportarnos con reverencia, sino que debemos sentir en nuestro corazón esa reverencia por nuestro Padre Celestial y nuestro Señor Jesucristo. Este sentimiento nace de nuestra admiración y respeto por Dios. Los que han adquirido verdaderamente la reverencia son los que se han esforzado por conocer la gloria del Padre y de su Hijo. Tal como Pablo amonestó a los Hebreos: “Sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12:28).

La historia del joven Alma es un hermoso ejemplo de la reverencia que sentimos en nuestro corazón cuando llegamos a conocer a Dios. En su juventud, él había decidido tomar un camino pecaminoso y mundano. Alma quedó tan asombrado cuando un ángel se le apareció y lo llamó al arrepentimiento, que en ese momento quedó mudo y tan débil que no pudo moverse. Después de dos días y dos noches, cuando empezó a recobrar sus fuerzas, se levantó y comenzó a contar a la gente la forma en que el Señor lo había salvado. Este fue el renacer de un nuevo Alma; era un hombre nuevo; su corazón había cambiado. En el versículo 29 del capitulo 21 de Mosíah, él describe su maravilloso cambio con estas palabras:

“Mi alma ha sido redimida de la hiel de amargura, y de los lazos de iniquidad. Me hallaba en el más tenebroso abismo; mas ahora veo la maravillosa luz de Dios. Atormentaba mi alma un suplicio eterno; mas he sido rescatado, y mi alma no siente mas dolor.”

Luego, en el versículo 3 l, vemos cuan profunda era la reverencia que Alma sentía hacia Dios:

“Si, toda rodilla se doblara, y toda lengua confesara ante él. Sí, en el postrer día, cuando todos los hombres se presenten para ser juzgados por él, entonces confesaran que él es Dios; y los que vivan sin Dios en el mundo entonces confesaran que el juicio de un castigo eterno sobre ellos es justo; y se estremecerán y temblaran, y se encogerán bajo la mirada de su ojo que todo lo penetra.”

Esa experiencia le permitió a Alma comprender la gloria de Dios y también sentir ese “temor” de que habla Pablo. Sintió extraordinario respeto y veneración hacia Dios porque lo había visto sentado en su trono celestial, en todo su poder y majestad.

Hace algunos años tuve la oportunidad de viajar con el Presidente de la Iglesia para asistir a varias conferencias de área. Nunca olvidare el contraste entre dos conferencias que se realizaron con pocos días de diferencia. La primera conferencia de área fue en un gran estadio, y desde la plataforma donde nos hallábamos podíamos notar el constante movimiento de las personas. Por todo el estadio había personas comunicándose en voz baja e inclinándose para hablar con los familiares y amigos que estaban a su lado. Para no culpar a los miembros por la falta de reverencia, la atribuimos a la clase de edificio donde nos encontrábamos.

Pocos días después asistimos a otra conferencia de área en otro país, en un estadio similar al primero. Sin embargo, cuando entramos en el edificio, reinó un silencio inmediato entre la congregación. Durante las dos horas que duró la sesión, poco era el movimiento que se podía notar entre la gente; todos escuchaban con atención, demostrando gran respeto hacia los discursantes. Cuando el Profeta hablo, no se oía ni el vuelo de una mosca.

Al concluir la reunión, les pregunte a los lideres del sacerdocio que habían hecho a fin de preparar a los miembros para la conferencia. Me contestaron que había sido muy sencillo; que les habían pedido a los poseedores del sacerdocio que explicaran, tanto en sus hogares como en sus visitas de orientación familiar, que en la conferencia de área tendrían el privilegio de escuchar las palabras del Profeta y de los Apóstoles. Los lideres nos explicaron además que la reverencia que los miembros sentían hacia Dios y sus siervos era la razón para demostrar un comportamiento reverente durante la conferencia.

Recuerdo una lección muy importante que un obispo me enseñó cuando era niño. El presidente Heber J. Grant acababa de visitar nuestra comunidad para dedicar una nueva capilla. El obispo se había quedado tan impresionado con la oración dedicatoria, que el martes siguiente asistió a la Primaria con nosotros, porque quería enseñarnos a sentir respeto por la capilla que se acababa de dedicar como un lugar de adoración.

El obispo nos llevó por toda la capilla para mostrarnos las diversas características del edificio y para recalcar que ese era ahora un lugar dedicado al Señor. Primero, señaló el final del pasillo, en la parte de atrás, donde estaba pintado el emblema de una colmena sobre las puertas de salida; nos dijo que la colmena había representado un emblema de industria para los pioneros, y añadió que las abejas siempre estaban ocupadas llevando miel y néctar a la colmena. Dijo también que se había pintado la colmena en la pared como recordatorio de la importancia de ser siempre industriosos y de recoger lo bueno del mundo para llevarlo con nosotros y compartirlo con los demás durante nuestros servicios de adoración dominicales.

Luego señaló la gran pintura que estaba en la pared principal del vestíbulo y que representaba la llegada de los pioneros al Valle del Lago Salado. Nos habló de los sacrificios que ellos habían hecho por nosotros al venir aquí y construir nuestras ciudades y nuestros primeros centros de adoración, para que pudiéramos participar del Espíritu del Señor y aprender sus enseñanzas.

Luego, el obispo nos pidió que nos fijáramos en las dos pinturas que estaban a los lados del cuadro de los pioneros. La de la derecha era del profeta José Smith y la de la izquierda era de Brigham Young. Dedicó tiempo para hablamos sobre la reverencia que debíamos tener hacia los Profetas y nos dijo que debíamos dar oído a sus consejos. Después trajo a colación el viaje del presidente Grant y describió algunos de los sacrificios que él había hecho para ir a dedicar la capilla y a entregarla al cuidado y la protección del Señor.

En seguida, el obispo explicó el significado del símbolo que aparecía repetido alrededor de toda la capilla: un dardo y un huevo. Nos explicó por que se había escogido dicho símbolo: el huevo significaba una vida nueva y, el dardo, el fin de la vida. El huevo servia de recordatorio de nuestro nacimiento terrenal y del tiempo que tenemos para que se nos enseñe y capacite en los caminos del Señor para obedecer su voluntad y para participar de las ordenanzas sagradas que nos permitirán volver a su presencia. El dardo significaba el periodo de transición de la mortalidad a la inmortalidad. Nos dijo que si probábamos que éramos dignos, seriamos bendecidos con el don mas sublime de Dios, el don de la vida eterna.

Por ultimo, para recalcar algo especial, nos pidió que nos fijáramos bien en la mesa de la Santa Cena; nos enseñó en cuanto al propósito de esta ordenanza, y dijo que el propósito del sacramento era renovar nuestros convenios bautismales y recordar el sacrificio expiatorio de nuestro Señor y Salvador. Concluyó pidiéndonos que siempre fuéramos reverentes en aquel lugar, que ya había sido dedicado al Señor.

El haber presenciado la dedicación de nuestra capilla por un Profeta de Dios y haber participado en el recorrido con el obispo me dejó muy impresionado; comprendí que cada vez que entraba en la capilla estaba entrando en un lugar sagrado. No me fue difícil ser reverente en la iglesia porque a mi alrededor siempre había recordatorios del Señor, sus siervos, y de su plan eterno. Estos recordatorios fortalecieron mi actitud reverente, resultando ello en un comportamiento similar.

Sabemos que no todas las capillas se construyen con el mismo diseño. Sin embargo, todas centran su propósito en la misión de nuestro Salvador y han sido dedicadas con el objeto de adorarle. Tal vez en la actualidad los obispos no puedan instruir a los niños como lo hizo el mío, porque las capillas están por lo general ocupadas cuando la Primaria esta reunida; pero quizás los padres puedan fomentar actitudes de reverencia en sus hijos tratando de buscar ocasiones para estar a solas con ellos en la capilla y explicarles que ese es un lugar especial, dedicado al Señor, donde El acepta sólo actitudes y comportamiento reverentes.

Si la reverencia es una actitud hacia Dios, entonces es un sentimiento personal; es algo que sentimos dentro de nuestro corazón, suceda lo que suceda a nuestro alrededor. Es también una responsabilidad individual y no podemos culpar a otros por interrumpir nuestra actitud reverente.

Entonces, ¿dónde empieza el desarrollo de la actitud de reverencia? El hogar es la clave de la reverencia y de toda otra virtud divina. Es durante la oración familiar que los pequeñitos aprenden a inclinar la cabeza, cruzar los brazos y cerrar los ojos, mientras se invoca a nuestro Padre Celestial. La madre es quien debe asegurarse de que todos los días haya un periodo en que el ruido y la confusión desaparezcan, para que padres e hijos tengan tiempo de reflexionar juntos, de enseñar y de ser un ejemplo de reverencia en el hogar.

Es durante las noches de hogar, que son parte de nuestra rutina familiar, donde se les enseña a los hijos que, no sólo en la Iglesia sino también en el hogar, existen momentos especiales para aprender de nuestro Padre Celestial y demostrar nuestro mejor comportamiento. La conducta que aprendamos en el hogar determina la que demostremos en las reuniones de la Iglesia. El niño que ha aprendido a orar en su casa entiende que debe permanecer callado y quieto durante las oraciones en publico.

Un domingo, mi nieta Diana, que sólo tiene cuatro años, estaba sentada junto a su padre en la capilla. Estaba muy reverente, disfrutando de la cercanía de su padre. No obstante, cuando el obispo se puso de pie y anunció el himno sacramental, ella retiró con dulzura el brazo que su padre le tenia sobre el hombro, lo puso sobre el regazo de él y se sentó bien erguida con los brazos cruzados; luego miró a su papa y le indicó que hiciera lo mismo.

El mensaje que Diana le transmitió a su padre fue perfectamente claro. Le estaba instando a que concentrara toda su atención en el Salvador. Este es el mensaje que siempre comunica una actitud reverente, y cuando prevalece esta clase de actitud, florece también el comportamiento reverente. Ruego que, como Diana, nos esforcemos por desarrollar actitudes de reverencia para que “sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12:28).

Nunca menospreciemos el valor de nuestro propio ejemplo, de ser testigos eficaces del amor y del respeto que tenemos por Él, a quien nos referimos como “Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (2 Nefi 19:6), lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.