Fortalezcámonos En Caridad

Elaine L. Jack


“Ese don se multiplica a medida que se usa, y tanto el que da como el que recibe son bendecidos, porque la caridad purifica y santifica a todo el que la toca.”

Estoy muy agradecida hoy día de estar con ustedes, hermanas, las grandes mujeres de la Iglesia. Ustedes representan muchas y diferentes partes del mundo, muchos idiomas, costumbres y culturas, y sin embargo, su rectitud es constante y de gran influencia. No importa cuando se unieron a la Iglesia o donde asistan a sus reuniones, la rectitud de ustedes se manifiesta en su bondad. Sus contribuciones y ejemplo reflejan su amor por Dios.

En una entrevista de radio se me preguntó una vez: “Si usted pudiera pedir algún deseo por las mujeres, que pediría?” Yo dije: “Desearía que las mujeres supieran cuan buenas son; desearía que sintieran que se les valora por la bondad que tienen”.

Al dirigirme a ustedes no puedo evitar pensar en mi madre que falleció hace 26 años. Así como ustedes han aprendido de sus madres, yo aprendí mucho de la mía; me enseñó la importancia de la buena gramática, del buen comportamiento, de la limpieza y de la educación. Era una mujer muy amable; me enseñó los principios del Evangelio y las doctrinas del Reino de Dios. Fue un ejemplo de gran fe, esperanza y caridad pura.

Dudo que mi madre haya imaginado jamas que algún día su hija de una pequeña comunidad de Cardston, [Canadá], hablaría en una transmisión vía satélite a las mujeres de todo el mundo y que yo estaría compartiendo aquello que ella me enseñó en el hogar. Han pasado tantos años desde que estuvimos juntas, sin embargo, a menudo la siento junto a mi.

Esto hace que me pregunte, hermanas, ¿como podríamos jamas medir los efectos de nuestro alcance y de nuestra influencia?

Al servir en este llamamiento he rogado al Señor que me ayude a entender el corazón de la mujer de Su Iglesia. El corazón es la clave de nuestra influencia porque cuenta y mide cada acto de bondad y cada esfuerzo de servicio, cada vez que elevamos, elogiamos o enseñamos a alguien. He llegado a saber que el corazón de las mujeres de la Sociedad de Socorro esta lleno de amor; he visto ejemplos en cada rama, barrio y estaca que he visitado y he escuchado sobre la bondad de las mujeres de la Iglesia en cartas que dan testimonio de que “la caridad nunca deja de ser”.

La caridad es la obra del corazón.

El Señor dijo que “el gran mandamiento en la ley” es “amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:36-37). Cuando amamos al Señor con toda nuestra mente, alma y corazón, amamos a nuestros semejantes; y abunda la caridad.

Esto no es algo nuevo para ustedes dado que pasan sus días haciendo el bien a sus semejantes su familia, sus vecinos, sus hermanas, e incluso a los extraños. Sus esfuerzos por ayudar a los demás ha llegado a ser una parte tan importante de la forma en que viven que, la mayoría de las veces, son espontáneos, instintivos, inmediatos.

Muchas de ustedes piensan que estoy describiendo a alguien mas y podrían decir: “Yo no soy alguien especial; soy una mujer común y corriente” .

Yo diría lo mismo. “Soy una mujer común y corriente con los mismos gozos y frustraciones de cualquier otra mujer”. A veces las frustraciones son grandes, y a veces los gozos son sencillos, como cuando al sacar los calcetines de la lavadora aparecen con su respectivo par. Todas tratamos de sentir gozo y de encontrar la paz y, durante el proceso, uno de los grandes instrumentos es la caridad.

En las Escrituras muchos encontramos ejemplos de mujeres cuyos esfuerzos diarios reflejaron caridad y, con su corazón rebosante del amor puro de Cristo, respondieron ante las necesidades en forma rápida y eficaz.

Rebeca, que se convertiría en la esposa de Isaac y en la madre de Jacob y de Esaú, era una de tales mujeres. En el desempeño de sus labores diarias fue amable con el siervo de Abraham, mientras el visitaba la aldea de ella en misión dramática de encontrar una esposa para Isaac.

El Señor conocía el corazón de Rebeca; sabia cómo respondería ante una necesidad. Le dijo al siervo que la joven que llegaría a ser la esposa de Isaac le ofrecería agua.

Leemos en Génesis: “He aquí Rebeca … la cual salía con su cántaro sobre su hombro” y descendió a la fuente. Ustedes conocen la historia. El siervo pidió de beber … y la existencia de muchas generaciones dependieron de su respuesta.

Ella contestó: “Bebe, señor mío … “Y luego agregó “También para tus camellos sacaré agua, hasta que acaben de beber …

“Y se dio prisa, y vació su cántaro en la pila, y corrió otra vez al pozo para sacar agua, y sacó para todos sus camellos” (Génesis 24:1820).

Luego lo llevó a la casa de su hermano Labán, y no fue sino hasta que se presentaron que supo que era el siervo de su tío. La respuesta caritativa a ese extranjero fue automática; no se detuvo a pensar estoy prestando un servicio, ni consideró la posición social de la persona necesitada. Hasta se apresuró a dar agua a los camellos.

En forma respetuosa, ofreció un acto de servicio, un acto de sencillez; como resultado nació una familia de gran influencia en toda una dispensación. Rebeca amó con dignidad y voluntad, como una hija de Dios. Recuerdan la pregunta: cómo podríamos medir los efectos de nuestra bondad?

Por ella aprendemos que la caridad, que a menudo se mide por los hechos de servicios prestados, es en realidad una condición del corazón que nos impulsa a amarnos los unos a los otros. Ella ofreció agua. Fue en su voluntad de ofrecer donde se manifestó la caridad.

Recientemente recibí una carta de una hermana que esta cumpliendo una misión en Siberia y que muestra cómo un pequeño grupo de hermanas participaron en esta clase de amor. La hermana Okelberry dice:

“Tengo el orgullo de informar que las hermanas de Siberia han captado la visión de la Sociedad de Socorro. La hermana Kappenkova, con seis meses de haberse unido a la Iglesia, se ha elevado al gran desafío de ser presidenta de la Sociedad de Socorro en esta región del norte de Rusia. Tanto ella como sus consejeras entienden la importancia de las maestras visitantes y están ayudando a las hermanas a servirse las unas a las otras, salvándolas del peligro de la inactividad. Se enseñan mutuamente preciosos principios del Evangelio y valiosas habilidades de liderazgo como madres, esposas y mujeres de la Iglesia. Las condiciones no son fáciles, sin embargo han entendido y han aceptado las inmortales palabras: La caridad nunca deja de ser. Ha sido un honor observar este desarrollo ante mis propios ojos.

“En esta corta pero preciosa ultima semana de mi misión se que las hermanas quedaran en buenas manos, porque ellas se cuidan unas a otras”. (Carta de la hermana Michelle Okelberry a Elaine L. Jack, 31 de enero de 1996.)

Alma puso énfasis en la importancia de “siempre tener el amor de Dios en vuestros corazones” (véase Alma 13:29). La caridad es ese amor; la caridad es un don del espíritu porque “todo lo que es bueno viene de Dios” (Moroni 7:12), y ese don se multiplica a medida que se usa, y tanto el que da como el que recibe son bendecidos, porque la caridad purifica y santifica a todo el que la toca “y a quien la posea en el postrer día. le ira bien” (Moroni 7:47).

Los actos mas grandes de caridad resultan del dar de uno mismo y también de recibir las expresiones de caridad con humildad. El presidente Spencer W. Kimball ilustra esta verdad en este inspirado ejemplo: “Los dones del Salvador fueron raros: vista a los ciegos, oídos a los sordos y piernas a los cojos; limpieza a los inmundos, sanidad a los enfermos y vida a los muertos. Sus dones fueron el perdón para el arrepentido, la esperanza al desesperado. Sus amigos le dieron amparo, comida y amor; El les dio de si mismo, Su amor, Su servicio, Su vida. Los reyes magos le trajeron oro e incienso. El les dio a ellos y a todos sus compañeros mortales la resurrección, la salvación y la vida eterna. Deberíamos esforzarnos por dar como El dio; dar de nosotros mismos es un don sagrado” (Spencer W. Kimball, The Wonderous Gift, [1978], pág.2).

He pensado en esto: “dar de nosotros mismos es un don sagrado” y “Deberíamos esforzarnos por dar como El dio”. ¡Que consejo tan sabio! Cuando damos de nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra dedicación, nuestro testimonio a los demás, estamos dando de nosotros mismos. Estamos dando cosas intangibles, que no se pueden tan fácilmente dejar a la puerta de un hogar, pero que se depositan en el corazón.

Así sucede con la bondad; nada puede llevar en forma mas rápida el espíritu del Señor a sus reuniones, a sus hogares y a sus amistades personales que el mostrar bondad. “El amor … es benigno” (1 Corintios 13:4). La bondad debería estar en el primer plano de todas las listas de las cosas que vamos a hacer. Escríbanla cada día: “Ser bondadosa”. La bondad viene en diferentes formas: Ser considerada con los vecinos, ser pacientes en una multitud, ser consideradas con los hijos y el esposo. Ser honradas con las hermanas, confíen en ellas y ellas confiaran en ustedes. Vayan y tráiganlas a este gran circulo de hermanas que llamamos Sociedad de Socorro. A medida que aumentamos nuestra bondad, almacenamos caridad y nos fortalecemos.

Una hermana de la Sociedad de Socorro que se había mudado a Texas para continuar su educación y que se mudaría nuevamente, me escribió este verano. Me contó su experiencia con las hermanas del barrio, de sus acciones rápidas, de su voluntad de ayudar, de su amor y de su bondad. Pero no fue eso lo que la impulsó a escribir su carta, sino el por que. La amaban y ella podía captarlo. Al ayudarla con amor multiplicaban su amor y ella también se fortaleció por la caridad. Escuchen su historia porque las representa a todas ustedes en sus silenciosos actos de bondad:

“Al escribir estas palabras entrecierro los ojos ante la pantalla de mi computadora y vierto lágrimas de gratitud. Desde el primer día que asistí al Barrio Austin Cuatro, me impresionó el espíritu de amor y caridad que sentí en la Sociedad de Socorro. Estas hermanas son muy diferentes entre ellas, son conversas y miembros de toda una vida, nativas de Texas y otras que han llegado de Utah; las hay casadas, divorciadas y solteras, algunas con medios económicos suficientes y otras con escasos recursos. Sin embargo, eso no parece importar.

“Es imposible relatar todos los actos de bondad que han llevado a cabo para conmigo. No son hechos monumentales, sino una acumulación de pequeñas bendiciones: detenerse en mi apartamento para llevar a mi perro de paseo, ofrecerse para hacer alguna costura de remiendo, e incluirme en sus oraciones personales. Este Día de Reposo, las palabras del himno Sirvamos unidas (Himnos, 205) se mantienen en mi mente. Quiero que sepa que las hermanas realmente ‘están edificando Su reino y consolando a los afligidos’” (Carta de Katherine Boswell, l l de agosto de 1996).

¿Hay alguna duda sobre la justa influencia de las mujeres de la Iglesia? En este Tabernáculo, en Texas, en pequeñas ramas, en barrios y en estacas a través del mundo, nuestros esfuerzos proclaman el tema “la caridad nunca deja de ser”. ¡Que promesa! Como se ha escuchado desde aquí y como se ha registrado en los cielos, ruego que recordemos, hermanas, que este es nuestro tema y nuestro mensaje al mundo. No es lo que hacemos, sino el corazón con que lo hacemos.

Al referirse a su responsabilidad de servir en la Primera Presidencia, el presidente Joseph F. Smith dijo: “Yo soy llamado a hacer el bien” (Collected Discourses comp. Por Brian H. Stuy, 5 tomos [1992], 5:92). ¡Que declaración tan sincera y simple! Como seguidoras de Jesucristo, nosotras también somos “llamadas a hacer lo bueno”. Hermanas, ustedes hacen mucho bien; todas son tan buenas.

Belle Spafford, ex Presidenta General de la Sociedad de Socorro dijo: “La Sociedad de Socorro esta sólo en el principio del cumplimiento de su misión divina” (History of Relief Society [1996], pág. 140).

Me hago eco de ese sentimiento. Hermanas, nosotras estamos prontas a progresar en una nueva era de espiritualidad y de luz. en nuestras vidas diarias, traer a otras personas a Jesucristo? Pueden ser nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad las fuerzas importantes de una influencia significativa? Si, un definitivo si.

La hermana Clyde habló en forma elocuente sobre ser firmes y valientes en nuestras convicciones. Con su talento especial para la enseñanza la hermana Okazaki nos ha demostrado cómo elegir la esperanza en Cristo. A sus mensajes yo agrego mi convicción de que nos fortaleceremos con la caridad. Les pido a todas las hermanas de la Iglesia que nuestro amor por Dios se refleje en nuestra voluntad de servir y dejar que se nos sirva. Ruego que en nuestros hogares enseñemos el interés por los demás, el sacrificio y el servicio. Ruego fervientemente que podamos compartir nuestros dones de Dios, ya sean nuestra mente, nuestra música, nuestra habilidad deportiva, nuestro liderazgo, nuestra compasión, nuestro sentido del humor o nuestro buen juicio, nuestra tolerancia pacifica o nuestra flexibilidad y regocijo. Ruego que con corazones caritativos hagamos una obra extraordinaria en estos últimos días y así seremos merecedoras de las palabras de Jesucristo: “Porque esta es Sión: los puros de corazón” (D. y C. 97:21).

Doy mi testimonio de las verdades que hoy se han hablado aquí y de la importancia de la vida de cada una de ustedes. Jesucristo esta a la cabeza de la Iglesia; somos guiados por un profeta de Dios. Estoy agradecida por esa bendición y por los lideres del sacerdocio que trabajan en forma diligente y eficaz a favor nuestro. Ellos también ejercen y bendicen las vidas con corazones henchidos de caridad. Les dejo con el gozo que siento en mi corazón por este glorioso Evangelio y por mi amor por todas ustedes. En el nombre de Jesucristo. Amen.