Santos de los Últimos Días en toda la extensión de la palabra

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“Les amo. Amo a la gente de esta Iglesia. Amo a todos los que son fieles; amo a todos los que siguen las sendas del Señor.”

Creo que me apartare del texto que he preparado para simplemente hablar un poco con ustedes y expresarles mi profundo agradecimiento.

Necesitamos estas conferencias. Las necesitamos para que nos recuerden nuestras responsabilidades y obligaciones. Jamas debemos olvidar que la espiritualidad debe ser la característica preponderante de la Iglesia.

Un articulo reciente de una revista nos alababa como una eficiente institución financiera bastante prospera; exageraba terriblemente las cantidades.

El dinero que la Iglesia recibe de los miembros fieles es consagrado. Ese dinero pertenece al Señor. Las entidades de la Iglesia consumen mas dinero que el que producen. No somos una institución financiera; somos La Iglesia de Jesucristo. Los fondos de los que somos responsables encierran una sagrada responsabilidad que debe administrarse con absoluta honradez e integridad y con gran prudencia, por tratarse de las consagraciones dedicadas de la gente.

Sentimos una gran responsabilidad para con ustedes, los que hacen esas aportaciones; sentimos una responsabilidad aun mas grande para con el Señor, de Quien es el dinero.

Ahora, hermanos y hermanas, rogamos que todos regresen con seguridad a sus hogares. Tengan cuidado; conduzcan con mucho cuidado. Reflexionen en las cosas que han escuchado. Que la experiencia que han vivido sea semejante a la del pueblo del rey Benjamin que clamo a una voz, diciendo: “Sí, creemos todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros … por lo que ya no tenemos mas disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2).

Busquemos la guía del Señor en todas nuestras empresas. Seamos mejores vecinos; seamos mejores patrones y empleados; seamos hombres y mujeres íntegros y honrados en nuestros tratos, en nuestros estudios, en el gobierno, en nuestras profesiones, cualquiera que sea nuestro lugar en la vida.

Mis hermanos y hermanas, tengo algo que confesarles, y es simplemente esto: les amo. Amo a la gente de esta Iglesia. Amo a todos los que son fieles; amo a todos los que siguen las sendas del Señor. El presidir la Iglesia es algo que me llena de humildad. Nunca olvido las palabras de Jesús: el que quiera ser el primero de todos, será el servidor de todos (véase Marcos 9:35; D. y C. 50:26).

Gracias por sus oraciones, por su confianza y aliento. Agradezco profundamente a todos aquellos que tan desinteresadamente nos han ayuda do a llevar a cabo nuestro deber.

Para terminar, quisiera leer una o dos palabras de Mormón, de esas maravillosas palabras:

“Mas he aquí, lo que es de Dios invita e induce a hacer lo bueno continuamente; de manera que todo aquello que invita e induce a hacer lo bueno, y a amar a Dios y a servirle, es inspirado por Dios …

“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios” (Moroni 7:13, 16).

Y luego estas grandiosas palabras, que se convierten en el summum bonum de todo ello: “Cuanto le pidáis al Padre en mi nombre, que sea bueno, con fe creyendo que recibiréis, he aquí os será concedido” (Moroni 7:26). Yo creo en esas palabras.

Nos sentimos orgullosos de unirnos a ustedes en la labor de adelantar esta obra grandiosa. En esto estamos todos juntos. Cada hombre y cada mujer tiene una función que cumplir. Dios nos de la fortaleza y la voluntad de realizarla bien.

“Para siempre Dios este con vos” (Himnos, No. 89), mis queridos hermanos. He cantado esas sencillas palabras en miles de lugares de todo el mundo desde que comencé mi ministerio hace treinta y nueve años. Las canto otra vez hoy con amor y cariño. Dios los bendiga, mis queridos amigos, ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.