A bordo de un tren en Rusia


Esta experiencia durante un viaje de 20 horas por tren en Rusia fortaleció por lo menos un testimonio.

Cuando fui a Rusia como profesora voluntaria de inglés, hablaba muy poco ruso. Sin embargo, al vivir entre la gente del país, comencé a tener el deseo de prestarles servicio y de compartir el Evangelio con ellos, así que me esforcé más por aprender el idioma.

Comencé por leer una versión para niños del Libro de Mormón en ruso. Armada con un diccionario ruso/inglés, leía un capítulo al día con bastante dificultad, consultando casi todas las palabras. Después aprendí yo sola a orar en ruso, y me sentía bastante ridícula al oírme balbucear aquellas extrañas palabras. Finalmente, comencé a aprender a expresar mi testimonio. Para practicar, lo escribía en ruso en mi diario. No tardé mucho en llegar a la conclusión de que era difícil aprender el ruso.

Unos tres meses después de mi llegada a Ufa, Rusia, otra profesora de inglés y yo planeamos un viaje a una ciudad lejana llamada Saratov. Allí nos recibió una maravillosa familia de Santos de los Últimos Días que nos abrió su casa y su corazón. El momento de regresar no tardó en llegar, y volvimos al tren, listas para el viaje de 20 horas de regreso a Ufa.

Nos asignaron un compartimento con dos empresarios, lo que nos puso un tanto nerviosas. No obstante, como eran muy amables, no tardamos en sentirnos seguras.

Cuando estábamos a punto de marcharnos de Saratov, la familia que nos acogió nos había explicado la importancia de dar el ejemplo. Dijeron: “No se olviden de que todo el mundo las observa. Todo el mundo”. Nos dieron unos folletos misionales y nos instaron a regalarlos antes de regresar adonde vivíamos. Con cierto recelo, observé a los dos hombres sentados enfrente de nosotras. Suspiré y me dije a mí misma que probablemente no estarían interesados.

No obstante, cuando saqué las Escrituras para leerlas, los hombres sintieron curiosidad y empezaron a hacernos algunas preguntas. Les dimos los folletos y los leyeron.

Más adelante, durante el viaje, comencé a escribir en mi diario. Los hombres me preguntaron por qué no escribía en ruso, así que les mostré que a menudo sí lo hacía. Las páginas que les mostré contenían mi testimonio. Me pidieron permiso para leerlo y acepté con gusto. También comenzaron a leer con mucho interés el ejemplar que les di del Libro de Mormón. A medida que nos hacían preguntas, me dio la impresión de que aquel compartimiento iba a explotar por la intensidad del Espíritu que allí reinaba. Uno de los hombres me preguntó si yo sentía en el corazón “el fuego” que él sentía, y si yo sabía qué era. Con lo poco que sabía de ruso, le expliqué que se trataba del Espíritu Santo.

Lo invité a leer 3 Nefi 11. Cuando leímos acerca del ministerio del Salvador entre el pueblo del continente americano, se le llenaron los ojos de lágrimas. Se detuvo en su lectura y me preguntó en voz baja: “¿Me ama Jesucristo a mí como amaba a ese pueblo?”.

Con los ojos empañados de lágrimas, le contesté: “Sí, lo conoce y lo ama. Por esa razón desea que conozca la verdad acerca de Su Evangelio”. Me observó un momento más y retiró la vista para seguir leyendo. Cuando llegamos a Ufa, le di el número de teléfono de los misioneros.

Fue necesario un viaje de 20 horas en tren para enseñarme que no tengo que ser misionera de tiempo completo para servir al Señor y compartir el Evangelio. No sé si las pequeñas semillas que plantamos aquella noche han crecido, pero sé que se produjeron milagros. Yo me convertí, aunque quizás aquellos hombres no lo hicieran.