Voces de los Santos de los Últimos Días

By Dellene Grasmick


Regaló mi presente

Durante once años dirigí la cocina del “Food and Care Coalition” [organización que da de comer a los pobres y necesitados] de Provo, Utah. Animábamos a los usuarios a ayudarnos siempre que pudieran. Un hombre, Mike (su nombre se ha cambiado), llevaba unos cuatro años viviendo en su coche; él siempre se ofrecía para ayudar y yo agradecía todo lo que hacía por mí.

Era la época de la Navidad y deseaba mostrarle mi agradecimiento, así que le entregué una tarjeta navideña junto con una pequeña nota en la que le di las gracias y un talonario de entradas para el cine que había al lado, que costaba sólo un dólar por persona. Mike se sintió sumamente sorprendido. Me dio las gracias varias veces y dijo que no lograba recordar la última vez que había recibido un regalo.

Eso sucedió el mediodía del día de Nochebuena. Esa tarde, después de cenar, Mike se acercó a mí y se disculpó por haber regalado dos entradas para el cine. Le dije que eran suyas y que podía hacer lo que quisiera con ellas. Él respondió: “Bueno, había una mujer sentada frente a mí durante la cena. Jamás la había visto, pero me dijo que era su cumpleaños y que nadie le había hecho un regalo, así que le di una de las entradas”.

“Luego vi a un hombre sentado a mi lado”, prosiguió Mike. “Nos pusimos a charlar y descubrí que se iba en el autobús que sale esta noche, pero que tenía que esperar hasta las 11 y no tenía dónde hacerlo. Le di una entrada del cine para que pudiera esperar en un sitio cálido y ver una película”.

Estaba tan emocionada que apenas pude decirle qué actos tan generosos y cristianos había realizado.

Tamales de Navidad

Me quedaban dos meses de misión en Costa Rica y estaba sirviendo con una compañera estadounidense: la hermana Nguyen. Estábamos animadas por poder celebrar la Navidad y preparamos unas bolsitas con caramelos y galletitas para repartir durante la Nochebuena a los amigos y a las familias del pueblito donde vivíamos.

Había pasado la mayor parte de la misión en regiones muy pobres y me sentía agradecida porque el Señor me había bendecido al permitirme enseñar el Evangelio en hogares modestos, vivir entre esas personas y conocer su bondad, su humildad y su espíritu de sacrificio.

La última familia que visitamos para dejar los dulces fue la familia Carmona, una familia numerosa. Todos, —los padres, los hijos, los nietos y los suegros— vivían en una pequeña cabaña de madera recubierta de planchas metálicas, sin electricidad ni otras comodidades modernas. Estaban preparando los típicos tamales que iban a comer durante los días festivos. Les dimos el regalo y regresamos a nuestra casa.

La mañana de Navidad, muy temprano, oímos que alguien llamaba a la puerta. Para mi sorpresa, me hallé cara a cara con Minor, el hijo de 13 años de los Carmona, que tenía un pequeño paquete en la mano.

“Hermanas”, dijo, “mi madre me envía para darles estos tamales. ¡Que pasen una feliz Navidad!”.

Estaba muy agradecida de que pensaran en nosotras, puesto que aún no habíamos recibido nada de nuestras propias familias y ya no esperábamos nada. Aquella familia humilde nos ofreció parte de su banquete navideño.

Le mostré el paquete a mi compañera y vi que las lágrimas le bañaban las mejillas. “Hermana, ¿qué le sucede?”, le pregunté.

Ella respondió con sencillez: “Hermana Burción, ¡es Navidad!”.

Sí, era Navidad y aquella familia había compartido lo poco que tenían con nosotras, las misioneras, como si lo hubieran compartido con Cristo. Fue el único regalo que recibimos el día de Navidad, un regalo que jamás olvidaré.

Un vecino difícil

Mi esposo y yo vivíamos en un apartamento del segundo piso con nuestro hijo pequeño y una hija. Ansiábamos pasar la Navidad aquel año con nuestros pequeños. Nuestro hijo crecía deprisa y, como a cualquier bebé de su edad, le gustaba moverse mucho. Solía correr por todo el apartamento a modo de diversión. Nos gustaban sus gracias, pero el vecino de abajo era algo impaciente. A menudo ponía la música muy alta como venganza y subía con frecuencia a quejarse.

Para nosotros era una situación muy frustrante. ¿Qué se supone que debe hacer un niño pequeño durante todo el día si no puede moverse con libertad? Me dolía tenerlo quieto cuando estaba tan lleno de vitalidad. Nos reunimos con el gerente de los apartamentos y con nuestro vecino para tratar de solucionar el conflicto; y mientras conversábamos, nos dimos cuenta de que nuestro vecino se mostraba muy a la defensiva con sus palabras y su actitud. Durante la conversación, me acordé de las palabras del Salvador en Mateo 5:44: “…Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. No lo consideraba necesariamente un enemigo, pero no compartía en nada sus puntos de vista.

Estaba en el ejército y su esposa aún no había podido reunirse con él, por lo que estaba solo en una ciudad que no conocía y, cuando llegaba a casa del trabajo, tenía que soportar todo ese ruido del apartamento de arriba. Comencé a ver lo difícil que era para él, pero seguía sin tener una solución satisfactoria. Comencé a orar por él y se conmovió mi corazón, lo que me permitió ser más comprensiva.

Ese año, mis suegros vinieron a pasar los días festivos con nosotros. El día de la Nochebuena estábamos disfrutando de la compañía de la familia y del especial espíritu de la estación. Al rato percibimos y oímos la vibración de una música muy alta que venía del apartamento de abajo. Parecía más alta de lo normal, pero recuerdo haber sentido pena por él en vez de impaciencia. Pensé en el pasaje de Mateo 5 y preparé un plato de galletitas caseras de Navidad para nuestro vecino.

Mi esposo y yo bajamos juntos para dárselas. Al abrirnos la puerta, nos puso mala cara y gritó: “¡QUÉ!”. Era evidente que esperaba un enfrentamiento desagradable, pero en vez de eso pasamos por alto la música y le deseamos de todo corazón una feliz Navidad. Sonreímos y vimos cómo su cara se tranquilizaba al aceptar nuestras galletas. Nos sonrió y nos dio las gracias, deseándonos también a nosotros una feliz Navidad. Al poco rato bajó el volumen de la música.

Fuera del apartamento, nos encontramos con nuestro vecino unos días más tarde y volvió a darnos las gracias por las galletas. Volvió a sonreírnos y nos resultó fácil sonreírle a él. Como era nuevo en la ciudad, le preguntamos si tenía alguna iglesia a donde ir. Dijo que aún no había encontrado ninguna, así que le invitamos a la nuestra y aceptó. Comenzó a reunirse con los misioneros y no tardó en querer bautizarse. Él y nuestro hijo se sacaron una foto juntos el día de su bautismo.

No recuerdo haber tenido más problemas con el volumen de la música, pero sí recuerdo las bendiciones especiales que recibimos por haber seguido las Escrituras en nuestro diario vivir. Aún me enternece el corazón el recordar cómo el simple regalo de unas galletas de Navidad convirtió rápidamente una relación desagradable en una maravillosa amistad.

Tenía el bolsillo vacío

Nuestra joven familia no tenía una situación financiera holgada en 1979. Yo asistía a la Universidad del Estado de Colorado, y los escasos fondos de los préstamos y de los negocios de mi esposa iban directamente a nuestra cuenta de ahorros. Cada semana retirábamos la cantidad presupuestada para nuestros gastos. Llegaba la Navidad y nos dimos cuenta de que iban a ser unas fiestas muy frugales.

Un viernes por la tarde, decidí llevarme a los dos mayores de nuestros cuatro hijos a explorar el ambiente del centro comercial de la localidad. De camino sacamos dinero del banco y decidimos retirar todo el dinero presupuestado para diciembre al comienzo del mes con el fin de hacer frente a los gastos de las fiestas. Saqué la cantidad total del dinero en billetes pequeños.

Aunque no había nevado, el tiempo era frío y soplaba un viento helado. Llegamos al abarrotado estacionamiento del centro comercial y me apresuré a sacar a los chicos de la camioneta, ansioso de que entraran en el cálido y brillante establecimiento.

Dedicamos más de una hora a ir de tienda en tienda disfrutando de los ricos olores y de los escaparates (vidrieras). Decidimos dar fin a nuestra visita tomando un helado, cuando de inmediato descubrí horrorizado que el bolsillo de la camisa donde guardaba el dinero del mes estaba vacío.

Traté de no ceder al pánico mientras volvíamos rápidamente sobre nuestros pasos, pero con cada negativa a nuestras ansiosas indagaciones en cuanto a si alguien había encontrado un dinero, nuestro sentimiento de pérdida iba en aumento. Después de una última y vana parada en un mostrador de seguridad, regresamos a casa acongojados.

Le contamos las malas noticias a mi preocupada esposa. ¿Cómo íbamos a comprar la comida, a pagar el alquiler y los servicios, a cubrir los gastos del mes y mucho menos a cubrir los extras de la Navidad? Los niños comenzaron a sollozar y a cuchichear entre sí. Abatidos, reunimos a la familia en oración para pedir guía. Entonces, mientras nos hallábamos analizando cada manera posible aunque improbable de compensar la pérdida, sonó el teléfono.

Era el guardia de seguridad del centro comercial. “¿Son ustedes los que comunicaron la pérdida de determinada cantidad de dinero?”, preguntó.

“Sí”, le respondí.

“¿De cuánto se trataba y en qué tipo de billetes?”

Después de darle la información, preguntó si podíamos regresar al centro comercial.

Con cauta anticipación, hicimos el corto viaje al centro. El guardia de seguridad nos dijo que varias personas habían devuelto ciertos billetes de cantidades pequeñas esparcidos por el viento por todo el estacionamiento. El recuento indicó que se trataba de la misma cantidad que habíamos perdido. No había nadie a quien darle las gracias, pues aquellas almas honradas no habían dejado nombre alguno. El guardia sonrió y nos deseó una feliz Navidad mientras nos entregaba el pequeño fajo de billetes. Volvimos a casa muy aliviados y profundamente agradecidos.

Luego nos arrodillamos como familia y dimos gracias por las bendiciones que habíamos recibido. Para nuestra familia, la Navidad no se perdió y aprendimos una lección eterna. Aquellas personas honradas fueron ejemplos maravillosos para nosotros. ¿Qué mejor manera de dar gracias a nuestro Padre Celestial por el nacimiento de Su Hijo, que la de vivir el verdadero espíritu de la Navidad?