Por fin escuché


“Es una amiga de hace mucho tiempo, y no estamos saliendo formalmente”, me dije a mí mismo, de modo que ¿por qué razón seguía advirtiéndome el Espíritu que no debía estar allí?

Mientras iba a la universidad, tuve la bendición de realizar una pasantía desafiante en una ciudad lejos de mi hogar. Cerca de allí vivía una vieja amiga, y aunque no éramos de la misma fe, nuestras diferencias no nos habían impedido seguir siendo amigos casuales.

Cuando conocí a Madeline por primera vez (el nombre se ha cambiado), ambos trabajábamos con otra joven que era un gran ejemplo de un Santo de los Últimos Días. Recuerdo que el Espíritu señalaba las sutiles diferencias que existían entre cada una de las jóvenes, indicando cómo incluso las decisiones insignificantes pueden fijar el rumbo que más tarde se tomará en la vida. En realidad he recordado esas impresiones espirituales durante años.

Ahora, al volver a encontrarnos después de algunos años, Madeline y yo hicimos planes para pasar un tiempo juntos. Al llegar esa noche, me encontraba sorprendentemente nervioso. Tomé el tren para ir a la ciudad donde ella vivía, y a medida que me acercaba, una voz en mi mente y en mi corazón decía: “Se supone que sólo debes salir con personas de altas normas morales”.

“No es una cita para cortejarla”, pensé. “Simplemente voy a ver a una antigua conocida”. El Espíritu repitió la advertencia e insistió hasta que me di cuenta de que en realidad sí era para cortejarla; entonces empecé a pensar en los principios y el estilo de vida actuales de mi amiga. “Ella sabe que soy SUD”, me justifiqué. “Ella conoce mis principios, y no habrá ningún problema”.

Sin embargo, sí empecé a preguntarme si las “diferencias sutiles” que había notado en el pasado habían sido la causa de que nuestros senderos se apartaran más de lo que esperaba. De modo que seguí las impresiones del Espíritu y llamé a mi amiga para cancelar la cita. Tenía mucho miedo de ofenderla. ¿Cómo podía explicar lo que son las impresiones espirituales a una amiga que no entiende la misión del Espíritu Santo?

Le expliqué que no me sentía cómodo con una de las actividades que habíamos planeado, con la esperanza de que eso me diera una razón aceptable para cancelar la velada. Ella se sintió desilusionada y propuso que cambiáramos los planes. Sentí un gran alivio y accedí al cambio ya que pensé: “Tal vez era la actividad por lo que el Espíritu me estaba advirtiendo”; pero la preocupación que sentía no se iba.

Esa noche lo estábamos pasando bien, pero de vez en cuando el Espíritu me indicó que la advertencia que había recibido previamente era importante. Al principio nada pareció alarmante, pero en el transcurso de la noche, fue evidente que a pesar de que proveníamos de orígenes similares, íbamos en direcciones completamente diferentes. Nuestras normas no eran las mismas, incluso en las cosas más pequeñas. Cuando ella pidió vino, le expliqué que prefería no tener que pagar por bebidas alcohólicas. Ella respetó mis deseos y lo pagó ella misma.

Mi angustia espiritual seguía aumentando a medida que pasaba la noche. Cuando terminamos de cenar, me encontraba sentado al borde de la silla, listo para salir, ya que sabía que el último tren saldría pronto y yo vivía demasiado lejos para tomar un taxi. Mi amiga, al darse cuenta de mi preocupación, dijo que yo podría dormir en su casa. En ese momento el Espíritu no me dejaba en paz, confirmando lo que yo ya sabía: el quedarme no era una opción.

Mientras caminábamos a su casa, me esforcé por parecer tranquilo. “¿Estás seguro de que no te quieres quedar?”, preguntó ella. Estaba seguro. No se comportó de manera atrevida ni ofensiva, pero el Espíritu habló calladamente más claro que el ruido de un trueno: ¡Simplemente no podía perder el tren!

Esperé hasta que me cercioré de que estaba adentro, y después corrí lo más rápido que pude para llegar a tiempo a la estación del tren. No pude evitar pensar en José, en Egipto, cuando corrió de la tentación (véase Génesis 39:7–12).

Al pensar en lo ocurrido esa noche, siento miedo y gratitud a la vez; miedo por lo que podría haber pasado, y gratitud por la compañía del Espíritu Santo. El Espíritu habló, y a pesar de que debí haberlo hecho antes, estoy contento de que por fin escuché.

Es obvio de que mi percepción de la situación aquella noche definitivamente no era tan clara como la del Señor. Tal como registró Isaías:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8–9).

Algunas decisiones que enfrentamos en la vida se toman y se olvidan rápidamente; otras decisiones vienen con lecciones que bien haríamos en no olvidar nunca. Estoy tan agradecido de saber que cuando prestamos oído a las impresiones del Espíritu Santo —y cuando lo hacemos de inmediato— podemos permanecer más fácilmente en el sendero que Jesucristo marcó para que sigamos.

¿Una leve desviación?

President Dieter F. Uchtdorf

“…con demasiada frecuencia… emprendemos lo que esperamos sea un viaje fascinante, sólo para darnos cuenta, demasiado tarde, de que un error de unos cuantos grados nos ha puesto en un sendero que conducirá al desastre espiritual”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “Cuestión de sólo unos segundos”, Liahona, mayo de 2008, págs. 58–59.

Ilustración por Jeff Ward.