El gozo de la observancia del día de reposo


Marcos A. Aidukaitis
Testifico que al adorar a Dios y Su día santo recibimos gozo y bendiciones —incluso bendiciones que ahora no vemos.

Crecer como Santo de los Últimos Días en un ambiente que no era SUD fue una de las experiencias de los primeros años de mi vida que disfruté. Lo que más recuerdo es cuando nos reuníamos con familiares y amigos para los cumpleaños, los días feriados, los partidos de fútbol, y de vez en cuando para un churrasco (una parrillada) con la familia. Otro de mis recuerdos favoritos es el ir a la Iglesia todos juntos con mi familia los domingos.

Santificar el día de reposo y adorar a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo fueron aspectos básicos y normales para nuestra familia. Cuando era joven en la Iglesia, siempre esperaba con ansias jugar al fútbol los martes por la noche, pero también aguardaba con entusiasmo ir a la reunión sacramental, a la Escuela Dominical y a las reuniones del sacerdocio los domingos. Me sentía tan bien de estar con nuestros hermanos y hermanas en el Evangelio que al terminar no nos apresurábamos a volver a casa.

No fue hasta que me casé y tuve mi propia familia que en verdad aprecié el buen ejemplo que mis padres me habían dado durante mis años de formación. En calidad de padre de familia, llegué a comprender mejor lo importante que es “[ir] a la casa de oración y [ofrecer nuestros] sacramentos en [el] día santo [del Señor]” (D. y C. 59:9). Llegué a comprender mejor las bendiciones que Él ha prometido a aquellos que guardan este mandamiento.

Recuerdo claramente lo felices que nos sentíamos mis amigos y yo cuando éramos jóvenes y podíamos decir que no habíamos faltado a una sola reunión de la Iglesia durante todo un año. Puede que no hayamos sido plenamente conscientes del efecto que causaba en nosotros nuestra asistencia fiel; sin embargo, nos estábamos conservando sin mancha del mundo. Además, teníamos corazones felices, nuestros semblantes eran alegres y nuestro gozo era verdaderamente cabal (véase D. y C. 59:9, 13–15).

Una tradición del día de reposo

Durante muchos años, mi esposa, mis hijos y yo hemos tenido la tradición de pasar las vacaciones de verano en una pequeña playa cerca de nuestra casa en el sur de Brasil. Aunque a veces nos mudamos por razones de trabajo, sin importar lo lejos que viviéramos de esa pequeña playa, siempre hicimos el viaje anual con mucha expectativa y alegría. De igual modo, los parientes y amigos viajaban largas distancias para que todos pudiéramos estar juntos una vez al año. Todos llegaban tan pronto como podían y se quedaban tanto tiempo como les era posible.

En esa pequeña playa, nuestra familia tuvo muchas oportunidades maravillosas de crecer espiritualmente y de enseñar el Evangelio. La mayor parte de nuestros familiares no eran miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ni compartían nuestras creencias religiosas. Para ellos el día del Señor era sólo otro día para jugar y divertirse. Debido a que habría más de nuestros familiares en la playa los fines de semana que los otros días de la semana, no sólo se esperaba que fuéramos y participáramos en las actividades del domingo, sino que nos lo pedían con insistencia —incluso nuestros hijos.

Nuestros hijos eran pequeños y apenas empezaban a aprender cómo poner en práctica las verdades del Evangelio. Para ellos la tentación de participar en actividades con sus primos y amigos los domingos era grande. Pasar tiempo con la familia es una parte importante del Evangelio, y hubiera sido fácil justificar el hecho de quebrantar el día de reposo. Después de todo, la capilla más próxima de la Iglesia en aquella época estaba a más de 96 km de distancia de la playa. Los amigos y vecinos de la congregación a la que pertenecíamos estaban muy lejos, y ninguno de ellos sabría si nos quedábamos en la playa en vez de manejar hasta la capilla y asistir a las reuniones del domingo. Íbamos a la Iglesia todo el año y la familia extendida podía estar junta sólo unas pocas semanas al año.

Sin embargo, nunca faltamos a la Iglesia los domingos —¡ni una sola vez! Nos acordamos de las enseñanzas del Señor:

“Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;

“porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo…

“Pero recuerda que en éste, el día del Señor, ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo… 

“Y en este día no harás ninguna otra cosa sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o en otras palabras, que tu gozo sea cabal” (D. y C. 59:9–13).

Optamos por guardar este mandamiento y enseñamos a nuestros hijos que ellos también debían guardarlo. Pronto comprendieron que era más importante adorar a Dios en Su día santo que complacer a la familia y a los amigos, o satisfacer sus propios deseos.

Bendecidos debido a la obediencia

Los domingos durante las vacaciones en la playa, nos levantábamos temprano, nos vestíamos para la adoración dominical y viajábamos en automóvil hasta la capilla más cercana. Durante el viaje y en el transcurso de todo el día, disfrutábamos de la paz y la alegría que el Señor ha prometido a los que guardan Sus mandamientos. Llegamos a entender que ese sentimiento de paz y de alegría no viene del mundo.

Después de varios años de esa rutina, sucedió algo maravilloso. Nuestros hijos dejaron de cuestionar la importancia de adorar a Dios en Su día santo, y ¡varios de los primos de nuestros hijos empezaron a preguntar si podían ir a la Iglesia con nosotros! No sabíamos que el sentimiento de paz y alegría que sentíamos también lo sentían nuestros sobrinos y sobrinas cuando regresábamos de las reuniones. Con el tiempo, el resultado fue una gran bendición. Después de que algunos de esos niños llegaron a ser adolescentes, dos de ellos, de una misma familia, dijeron a sus padres: “Queremos ser Santos de los Últimos Días”. Pronto toda la familia fue bautizada. Hace poco, uno de esos niños, que ahora es ex misionero, se casó en el templo.

Todavía vamos a la playa todos los años, pero todos saben que el domingo nuestra familia no estará allí para jugar. En lugar de ello, iremos a la Iglesia y adoraremos a Dios con los familiares que nos acompañen — ¡un grupo que se ha hecho cada vez más grande todos los años!

Cuando recordamos esos años y pensamos en la decisión que tomamos, damos gracias a Dios por ayudarnos a tener el valor de hacer lo que era correcto y por enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo. No tenemos la menor duda de que esa decisión fortaleció a nuestros hijos, así como a nuestros familiares. Nos trajo la paz prometida del Señor, jugó un papel importante en la conversión de integrantes de la familia y nos bendijo con una satisfacción que no se encuentra en otras actividades del domingo que no llenan el alma.

Doy testimonio de que al adorar a Dios en Su día santo recibimos alegría y bendiciones — incluso bendiciones que ahora no vemos. Y testifico que “bienaventurado [es] el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Salmos 144:15).