2003
Escojan, por tanto, a Cristo el Señor
Noviembre de 2003


Escojan, por tanto, a Cristo el Señor

Cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón… ella lleva al Señor al corazón de su hogar y familia.

Hermanas, me parece una gloriosa doctrina el que podamos escoger dar a Cristo todo nuestro corazón: que podamos escoger colocar a nuestro Salvador y Redentor en el centro de nuestro corazón. En cada una de nosotras, el Evangelio restaurado de Jesucristo se puede “[escribir] no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”1. Nosotras escogimos seguir a Cristo en nuestro primer estado. ¡Qué noticia tan maravillosa es saber que podemos escogerlo a Él cada día de nuestra jornada terrenal!

En calidad de mujeres del convenio que vivimos en muchas naciones, es esencial que Cristo esté en el centro de nuestra vida. En estos “tiempos peligrosos”2, ¡cuánto lo necesitamos! Él es la fuente de fortaleza y seguridad; Él es luz, Él es vida; Su paz “sobrepasa todo entendimiento”3. Siendo nuestro Salvador y Redentor personal, Él nos invita, una a una, con los brazos extendidos, a “[venir] a él”4 de las formas más personales. Hermanas, cuando una mujer acepta la invitación del Salvador, es fortalecida individualmente y otras personas son bendecidas mediante la recta influencia de ella.

Creo que cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón, en el núcleo de su mundo personal, ella lleva al Señor al corazón de su hogar y familia, ya sea que ésta conste de una o de muchas personas. Doquiera que ella viva, y cualesquiera sean sus circunstancias, siendo ella el corazón del hogar y de la familia, lo que lleve en su corazón se reflejará en el ambiente y el espíritu de su hogar.

Cuando nos encontrábamos en una asignación en Japón, un líder de la Iglesia nos invitó a visitar su hogar. Nos sentimos honradas de tener esa oportunidad, pero nos preguntábamos lo que pensaría su esposa de la invitación de último momento que había hecho su esposo de llevar visitantes de Salt Lake City a su hogar. Por el camino, el hermano llamó por teléfono a su esposa, dándole lo que a mí me parecieron más o menos quince minutos para prepararse para esa visita inesperada.

Desde el momento en que pasamos por la puerta, nos quitamos los zapatos, y fuimos recibidas cortésmente por una hermana de la Sociedad de Socorro joven y de voz suave, percibí un espíritu de orden, paz y amor. Los niños corrieron arriba con sus juguetes; en esa familia de ocho hijos, con siete que aún vivían en casa, era evidente lo que la familia valoraba. Por doquier había evidencias del Señor: pinturas del Salvador en la pared, una foto familiar y una pintura del templo en un lugar prominente, ejemplares bastante usados de las Escrituras y videos de la Iglesia bien acomodados en un estante cercano. “…el fruto del Espíritu… amor, gozo, paz… benignidad, bondad, fe”5 moraba en ese hogar. Me imaginaba la pequeña habitación llena de niños de todas las edades, mientras los padres se sentaban alrededor de la mesa de baja altura para “[hablar] de Cristo… [regocijarse] en Cristo, [predicar] de Cristo, [profetizar] de Cristo… para que [sus] hijos sepan a qué fuente han de acudir para la redención de sus pecados”6. Pude percibir la respuesta que los niños en ese hogar darían a la pregunta que hizo el élder Jeffrey R. Holland: “¿Saben [sus] hijos que amamos a Dios con todo nuestro corazón y que anhelamos ver el rostro —y postrarnos a los pies— de Su Hijo Unigénito?”7. Creo que la respuesta a esa pregunta en ese hogar japonés sería un rotundo ¡!

Cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón, no sólo elige poner en práctica todos los días un comportamiento semejante al de Cristo, sino que también enseña a su familia a hacer lo mismo. Como ustedes saben, queridas hermanas, en ese asunto de practicar a diario un comportamiento como el de Cristo es cuando nos enfrentamos con algunos de nuestros más grandes desafíos.

Una madre hizo todo lo posible por enseñar los pasos del arrepentimiento en su hogar. Entonces llegó el día en que ayudó a su hijo de cinco años a asimilar los principios cuando lo acompañó a la tienda a pagar un caramelo que él había robado. Ésa fue una experiencia que el niño jamás olvidará. Él aprendió por sí mismo a hacerse responsable de sus acciones. Con gran temor, devolvió el caramelo, pidió disculpas al propietario, y prometió nunca volver a robar. Me complace informarles que él ha cumplido su promesa; lo sé porque yo era la madre, y el niño de cinco años era mi hijo.

A toda familia llega esa clase de experiencias, incluso cuando nos esforzamos por afianzar en el Evangelio a nuestros amados hijos, nietos, sobrinas y sobrinos. El tratar de ser como Cristo8 requiere práctica, lo cual después se convierte en hábito. El elegir hacer de Cristo el centro de nuestro corazón nos sirve de muchas maneras al esforzarnos por enseñar a los demás a colocar al Señor en sus corazones. A veces pensamos que no estamos logrando mucho, pero en los días desalentadores, recuerdo las palabras consoladoras del Salvador: “No os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra”9.

Si escogemos esa buena parte y colocamos al Salvador en el centro de nuestra vida, suplicándole a diario que nos dé Su guía y ayuda, Dios nos dará “poder y sabiduría”10; nos bendecirá con perspectivas espirituales que fortalecerán a nuestras familias. Cuando Doug, padre de tres niñitos, perdió el empleo inesperadamente, los medios que utilizaron para mantener a su familia fueron el subsidio de desempleo, además de algunos ahorros y ayuda de familiares. Su esposa, Lori, trataba de ser positiva, a la vez que ambos desempeñaban trabajos temporarios para cubrir los gastos. Continuaron haciendo las cosas correctas: oraron, leyeron las Escrituras, asistieron al templo y pagaron los diezmos; sin embargo, a pesar de someter cientos de currículum vitae y de hacer muchas averiguaciones, las entrevistas de trabajo eran escasas sin que se le hicieran ofertas de empleo.

Un día, después de casi seis meses de búsqueda, Lori llamó a su madre por teléfono; llorosa y con enojo en la voz, le dijo: “No creo que el Padre Celestial nos esté escuchando. No creo que pueda seguir orando. De nada vale”.

Durante la conversación telefónica, acudieron a la madre de Lori palabras y pensamientos inspirados mientras expresaba su testimonio y le recordaba a su hija las cosas que ella ya sabía. “Lori, tú lo sabes bien; tú sabes que nuestro Padre Celestial te ama y está al tanto de tus necesidades, pero a veces tenemos que esperar. Tal vez ésa sea tu prueba purificadora, no lo sé; pero lo que sí sé es esto: Debes ir ahora mismo a tu habitación, arrodillarte y orar, y pedirle al Señor que te consuele y te dé paz. Doug encontrará trabajo, pero quizás tome más tiempo. Recuerda a todos los que te aman y que están orando por ti y te están ayudando. Eres muy bendecida”.

De lo que Lori se dio cuenta, es que cuando se arrodilló y oró, y debido a que tenía su atención en el Señor, cambió el enfoque de sus pensamientos; llevó el amor del Salvador a su propia vida y a su hogar.

Queridas hermanas, he sentido el amor del Señor con frecuencia en mi vida. En los días buenos, y en aquéllos en los que me he sentido incapaz de hacer frente a los desafíos, he acudido al Señor para suplicarle ayuda. Testifico que Él siempre está a nuestro alcance, con Sus amorosos y misericordiosos brazos extendidos hacia ustedes y hacia mí. Con todo mi corazón declaro que Jesucristo es mi fortaleza; Él es mi esperanza; Él es mi Salvador y Redentor. Junto con ustedes, digo: “…pero yo y mi casa serviremos a Jehová”11. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. 2 Corintios 3:3.

  2. Gordon B. Hinckley, “Los tiempos en los que vivimos”, Liahona, enero de 2002, pág. 83.

  3. Filipenses 4:7.

  4. Omni 1:26.

  5. Gálatas 5:22.

  6. 2 Nefi 25:26.

  7. Jeffrey R. Holland, “Una oración por los niños”, Liahona, mayo de 2003, pág. 85.

  8. Véase Canciones para los Niños, pág. 40.

  9. D. y C. 64:33.

  10. Alma 31:35.

  11. Josué 24:15; cursiva agregada.