2005
Alegres nuevas de Cumorah
Mayo de 2005


Alegres nuevas de Cumorah

Tanto ustedes como yo no sólo podemos sobrevivir, sino salir triunfantes, como Moroni, al esforzarnos por defender la verdad en tiempos peligrosos.

Al visitar la pequeña y humilde vivienda restaurada de troncos de José Smith, percibí que me encontraba en un lugar santo; me encontraba en el lugar donde el ángel Moroni se le apareció por primera vez a José Smith para iniciar esta obra grande y maravillosa de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Al reflexionar en la conexión que hubo entre esos dos grandes profetas: Moroni, el último profeta de su época, y José, el primer profeta de nuestra dispensación, he pensado en experiencias en las que me he identificado con lo que ellos pasaron. Quisiera relatar algunas de esas lecciones a medida que testifico de esta “obra grande y maravillosa”.

Cuando José vio a Moroni por primera vez, tenía sólo 17 años, la edad que tienen muchas de ustedes. Sabemos la hora y el lugar específicos; fue la noche del 21 de septiembre de 1823, en una habitación superior, mientras cinco de sus hermanos dormían. José oró “para saber de [su] condición y posición ante [Dios]” (José Smith—Historia 1:29); se sentía inepto e indigno ante Dios. Dijo que no era culpable de “cometer pecados graves o malos”, pero que “cometía muchas imprudencias y manifestaba las debilidades de la juventud” (José Smith— Historia 1:28), de modo que oró para pedir tranquilidad del alma. Comprendo perfectamente los sentimientos del joven José, al igual que muchas de ustedes. ¿Cuántas veces nos hemos puesto de rodillas al sentirnos incompetentes y necesitar tranquilidad del alma de una fuente divina?

En respuesta a la oración contrita y fiel de José, Moroni, un mensajero celestial, se le apareció. José registra: “Me llamó por mi nombre, y me dijo… que Dios tenía una obra para mí” (José Smith—Historia 1:33). José se maravilló “grandemente de lo que [le] había dicho este mensajero extraordinario” (José Smith—Historia 1:44).

Nosotras, también, podemos recibir tranquilidad espiritual en respuesta a nuestras oraciones; podemos recibir una confirmación de que nuestro Padre Celestial nos conoce por nuestro respectivo nombre y de que Él tiene una misión terrenal para nosotras.

El ángel Moroni se le apareció a José dos veces más durante la noche, después, una vez más en el campo y en la colina al día siguiente, y cada año durante los próximos cuatro años en lo que ahora conocemos como el cerro de Cumorah. Ese primer día, Moroni repitió el mismo mensaje una y otra vez. ¿Les parece esto semejante a lo que ustedes pasan? A veces, mis hijos se ríen de mí porque les repito las cosas una y otra vez. No sean demasiado duras con sus padres ni con sus líderes cuando repitamos las cosas. El Señor hizo que Moroni instruyera a un joven profeta mediante la repetición, ya que ésta graba los principios del Evangelio en la mente y en el corazón.

Por medio de esas visitas habituales del ángel, nació un magnífico vínculo entre ese antiguo profeta que selló las planchas y el profeta moderno que fue escogido para sacarlas de nuevo a la luz. Creo que también debemos fomentar en nuestros corazones el amor por los profetas, tanto antiguos como modernos. Cuán apropiado es que una estatua del ángel Moroni se encuentre en lo alto de la mayoría de nuestros templos modernos; esas estatuas sirven de recordatorios de que Moroni es ese glorioso “ángel del Señor [que] del cielo descendió” (Himnos, Nº 9) sobre quien cantará el coro esta noche.

Fue mucho lo que José Smith aprendió de Moroni, y posteriormente, en la seguridad y santidad de esa casa de troncos donde se apareció Moroni, José compartió con su receptiva familia gran parte de lo que había aprendido. Su madre dijo:

“José siguió recibiendo instrucciones de cuando en cuando, y todos los atardeceres reuníamos a nuestros hijos a fin de escucharlo contar con respecto a ellas… Supongo que nuestra familia tenía un aspecto más singular que cualquier otra que viviera sobre la faz de la tierra: todos sentados en un círculo… prestando nuestra más profunda atención a las enseñanzas religiosas de un muchacho de dieciocho años” (véase “El testimonio que he dado es verdadero”, Liahona, diciembre de 2002, pág. 44).

Como resultado de esas noches de hogar diarias, Lucy Mack Smith dijo que ésa fue una época de cariñosa unidad, felicidad y tranquilidad en su hogar. ¡Qué gran modelo es el joven José acerca del fortalecimiento del hogar y de la familia!, ya que no guardó para sí mismo su testimonio y experiencias espirituales, sino que los compartió a menudo con sus padres y hermanos. Nosotras podemos hacer lo mismo en nuestros hogares.

Los miembros de la familia Smith tenían que permanecer unidos debido a que las persecuciones en contra de José y de ellos eran constantes. Tal vez las enseñanzas y el ejemplo de Moroni le hayan servido al profeta José para aprender a ser testigo en un mundo inicuo. Moroni vivió en la clase de mundo que él predijo que existiría en tiempos modernos, un “día en que habrá… asesinatos, y robos, y mentiras, y engaños, y fornicaciones, y toda clase de abominaciones” (Mormón 8:31).

Moroni también había experimentado la soledad y el desaliento. Después de una grande y terrible batalla entre los nefitas y los lamanitas, en la que todo su pueblo fue destruido, se lamentó, diciendo: “…me hallo solo. Mi padre ha sido muerto en la batalla, y todos mis parientes, y no tengo amigos ni adónde ir; y cuánto tiempo el Señor permitirá que yo viva, no lo sé” (Mormón 8:5). ¿Pueden percibir la soledad y el desaliento de Moroni?

Sé que a veces muchas de nosotras también nos sentimos solas y sin amigos en un mundo inicuo; algunas de nosotras pensamos que no tenemos “adónde” acudir al enfrentarnos con nuestras pruebas, pero tanto ustedes como yo no sólo podemos sobrevivir, sino salir triunfantes, como Moroni, al esforzarnos por defender la verdad en tiempos peligrosos. ¿Qué hizo él al enfrentarse con un mundo solitario y hostil? En fiel obediencia a las instrucciones de su padre, terminó el registro en las planchas de oro; se familiarizó con los escritos de los profetas y, sobre todo, salió de su estado de desánimo al aferrarse a las promesas del Señor para el futuro; se aferró a los convenios que Dios había hecho con los de la casa de Israel para bendecirlos para siempre.

Moroni ejerció la fe en las bendiciones prometidas para las generaciones futuras. El élder Jeffrey R. Holland explicó que esa gloriosa expectación de los profetas antiguos, incluido Moroni, se debía a que habían visto nuestros días en visión. Vieron a jóvenes fuertes, que guardaban sus convenios, como ustedes, que llevarían a cabo la obra del Señor en esta última dispensación. El élder Holland dijo: “Los líderes de esas épocas pasadas pudieron seguir adelante… no porque supieran que ellos tendrían éxito, sino porque sabían que ustedes lo tendrían… una congregación magnífica de [jovencitas] como ustedes… en un esfuerzo firme de ver al Evangelio reinar y triunfar” (“Terror, triunfo y una fiesta de bodas”, Transmisión vía satélite, del SEI, 12 de septiembre de 2004; véase www.ldsces.org). Nosotras tenemos esa enorme responsabilidad de llevar a cabo esa “gloriosa expectación” de Moroni.

Nosotras, las que pertenecemos a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, estamos obligadas por convenio al Señor; Él ha dicho: “…yo nunca me olvidaré de [ustedes]… en las palmas de las manos [las] tengo esculpida[s]” (Isaías 49:15–16; véase también 1 Nefi 21:15–16).

El poder unificador y fortalecedor que los convenios tienen en nuestra vida se volvió algo muy real para mí cuando hace poco unos queridos amigos sufrieron una terrible pérdida en su familia. Cuando Catherine y Kimball Herrod, y sus cuatro hijitos, entre las edades de nueve meses y siete años, regresaban a casa después de una cena familiar en casa de los abuelos, el neumático doble de un enorme camión que iba por el lado contrario de la supercarretera (autopista), de pronto se soltó, salió volando hacia el otro lado y fue a estrellarse en la camioneta familiar, del lado del conductor. Kimball, el conductor, esposo y padre, resultó gravemente herido y quedó inconsciente. De algún modo, Catherine guió el vehículo hasta un lado de la carretera y solicitó ayuda de emergencia. Mientras observaba al equipo médico atender a su esposo y a los dos hijos mayores, se sentó en un auto de la policía, con los dos niños más pequeños en el regazo, y oró en voz alta: “Padre Celestial, sabemos que tienes el poder para curar a Kimball, si es Tu voluntad; pero si no es así, tenemos fe en que, de alguna manera, Tú nos darás fortaleza en todo esto”. Kimball fue transportado por vía aérea al hospital, adonde no llegó con vida.

Una vez que se atendieron los cortes, las magulladuras y otras heridas leves de los niños, y que fueron dados de alta del hospital y cuando ya se encontraban descansando en casa, Catherine regresó al hospital para darle el último adiós terrenal a su marido. No obstante lo difícil que fue hacerlo, les dijo a sus padres que la acompañaban: “Sé que Kimball y yo estamos sellados por nuestros convenios del templo y que algún día volveremos a estar juntos”. En la prueba más dura de la vida de una joven madre, los convenios le infundieron ánimo.

Durante el funeral, se nos recordó el poder que tienen los convenios para sostenernos en momentos de “tristezas y pesar”. Al entonar el último himno, oímos por encima de todos la voz de Taylor, el hijo de cinco años, que cantaba en alto: “Las familias pueden ser eternas” (Himnos, Nº 195). Fue un gran gozo para la congregación saber que a un niño se le había enseñado en cuanto a los convenios selladores que lo ataban a su padre y a su madre.

A nosotros también se nos enseñó sobre el poder de los convenios en el discurso que pronunció el padre de Catherine, quien citó un pasaje del valioso registro que Moroni había sellado y que después le llevó al profeta José, recordándonos que el Evangelio nos promete una roca en las tormentas y en los torbellinos, y no un paraguas.

“…recordad… recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos… no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria… a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro” (Helamán 5:12).

La gran fortaleza que demostró la familia proviene del conocimiento de que están eternamente unidos el uno al otro como familia, y de que están atados a nuestro Padre Celestial y no pueden ser separados de Él.

Al igual que Moroni, José Smith y Catherine y Kimball, nosotras también podemos salir victoriosas de las tribulaciones, de la iniquidad y de las persecuciones. Los convenios del sacerdocio nos atan eternamente a nuestra familia terrenal y celestial, y nos arman de rectitud y poder.

¡Qué agradecida estoy de vivir en esta época grande y maravillosa en la que el Evangelio ha sido restaurado! Expreso mi testimonio y mi gratitud por los dos grandes profetas, Moroni y José Smith, que se reunieron en aquella habitación superior y trabajaron juntos para sacar a luz el Libro de Mormón. Para concluir, permítanme hacer eco a la gloriosa exclamación del profeta José en cuanto al Evangelio restaurado:

“Ahora, ¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría!…

“…¡Alegres nuevas de Cumorah! Moroni, un ángel de los cielos, declarando el cumplimiento de los profetas: el libro que había de ser revelado…

“Hermanos [y hermanas], ¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande?… ¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!…

“…Ofrezcamos, pues, como iglesia y como pueblo… una ofrenda al Señor en rectitud” (D. y C. 128:19, 20, 22, 24).

Sé que ésta es la Iglesia de Jesucristo. Ruego que permitamos que el Evangelio se arraigue profundamente en nuestras almas a fin de que amemos y sirvamos a Dios con íntegro propósito de corazón, en el nombre de Jesucristo. Amén.