El milagro de última hora
    Notas al pie de página

    El milagro de última hora

    El autor vive en Aragua, Venezuela.

    Yo era joven e inexperto, y tenía poco tiempo. ¿Podría realmente una sencilla oración obrar un milagro?

    A los dieciséis años de edad, asistía a la escuela secundaria en un centro de formación técnica para obtener un diploma en Electrónica. Un requisito para recibir el título era realizar prácticas durante treinta días en una empresa local a fin de mostrar mis habilidades técnicas.

    Mi período de prácticas lo realicé en una empresa de artículos de papel. Mis deseos de servir en una misión de tiempo completo habían comenzado a crecer, y ese trabajo me ayudaría a ganar el dinero suficiente para poder ir. Pero éramos tres aspirantes y la empresa solo seleccionaría a uno de nosotros para trabajar a jornada completa.

    La empresa tenía una máquina que se había estropeado. Cuando funcionaba bien, aquella máquina podía realizar el trabajo de tres máquinas similares. Dicha máquina llevaba algún tiempo averiada y la empresa había hecho un pedido de repuestos al extranjero para poder ponerla en marcha pero seguía sin funcionar. Yo acepté el desafío de tratar de arreglarla.

    Circuit board

    Ilustración por David Curtis

    Día tras día pasaba horas estudiando la máquina, pero era complicada, y no sería fácil determinar en solo treinta días la razón por la cual había dejado de funcionar, especialmente para una persona inexperta como yo. No obstante, sentía que podía hacerlo. Cada mañana, antes del trabajo, leía artículos de la revista Liahona y oraba a mi Padre Celestial. Además, entablé amistad con mi jefe, un experimentado ingeniero eléctrico, el cual recibió permiso para que yo pudiera llevarme a casa copias de los planos los fines de semana. Yo los estudiaba atentamente.

    Al llegar a su fin el período de prácticas, mis dos compañeros acabaron los proyectos que se les había asignado, y yo sentía que la presión iba en aumento. Pero a pesar de los comentarios negativos (y aun burlones) de los que me rodeaban, nunca dudé. El viernes que marcaba el fin de nuestro período de pruebas llegó rápido. Aunque había resuelto algunos de los problemas, la máquina seguía sin funcionar. Confiaba en que estaba a punto de arreglarla, así que le dije a mi jefe que, si me daba permiso para trabajar el sábado, la máquina estaría arreglada el lunes.

    Mis palabras dejaron a mi jefe tan perplejo, que pidió permiso personalmente al director de la empresa. Luego mi jefe me informó que, al día siguiente, los tres —el director de la empresa, mi jefe y yo— trabajaríamos, solo hasta mediodía. “¿Los tres?”, pregunté. Él me explicó que el director de la empresa, un ingeniero eléctrico, estaba interesado en mi propuesta porque había habido muchos intentos fallidos de reparar la máquina y él ya había perdido toda esperanza de lograrlo.

    Al día siguiente me sentía muy intimidado ante la idea de trabajar junto a dos ingenieros adultos. Yo era joven y falto de experiencia. No obstante, ellos se ofrecieron a trabajar como mis ayudantes; me sentía incómodo y, al mismo tiempo, muy privilegiado.

    Solo quedaban unos minutos para el mediodía cuando el director y mi jefe se dieron cuenta de que nuestros esfuerzos habían sido en vano. Me excusé y fui al baño. Me arrodillé en ferviente oración a mi Padre y sentí una maravillosa e inexplicable fortaleza. Le pedí que me ayudara a conseguir el trabajo, porque lo necesitaría para poder pagar mi misión.

    Salí del baño con un sentimiento electrizante, pero a esa hora mis ayudantes ya habían cerrado los compartimentos del circuito y habían recogido las herramientas. Yo volví a abrir la máquina y miré detenidamente las quince placas de circuito que había dentro. Me di cuenta de que una simple clavija entre las cuatro mil que había en el sistema no estaba conectada a la placa. La conecté, la puse en su lugar y encendí la máquina. ¡Y funcionó! Fue un milagro.

    Fue un momento inolvidable y muy emotivo. Mi jefe me abrazó, y el director de la empresa me estrechó la mano y me felicitó con gran energía.

    Pude trabajar en esa empresa prácticamente dos años, ahorré el dinero que necesitaba y salí a mi tan esperada misión. Cuando expliqué el motivo de mi partida, el director de la empresa se despidió de mí y dijo: “Ya sabes adónde volver para trabajar cuando acabes tu misión. Te deseo mucho éxito”.

    Esta experiencia me demostró que no hay nada imposible para Dios. Si no dudamos, se manifestarán milagros, pero solo después de la prueba de nuestra fe… incluso en el último momento. Sí; los milagros sí ocurren.

    Circuit board