Después de trasladarme a Nueva York por razones de trabajo, una noche de diciembre salí a comprar algunas cosas para mi nuevo apartamento. Hacía poco se había desatado una tempestad en la ciudad, por lo que en las calles la nieve llegaba a la altura de las rodillas. Yo iba bien abrigada mientras me dirigía hacia el metro, en medio del bullicio de la gente que salía de compras para la Navidad.

Esperaba con impaciencia a que llegara el tren, pensando en las cosas que tenía que comprar. Cuando por fin llegó, entré y empecé a buscar un lugar donde sentarme; el asiento más cercano estaba directamente enfrente de un anciano sin hogar que no llevaba ni abrigo ni ropa pesada; sólo tenía unas bolsas de plástico llenas de chucherías.

No quería sentarme cerca de su mal olor, y su tosca apariencia me hizo pensar si sería peligroso. Pero más que nada, no quería que me pidiera dinero. Rápidamente me dirigí hacia el otro extremo del carro y me senté. Todos los otros pasajeros también se dirigieron al extremo del carro, dejando al hombre solo.

Al poco rato, un jovencito se subió al tren y se acomodó en el asiento directamente enfrente del anciano. Sin vacilar, el joven extendió una amable sonrisa, un apretón de manos y un cálido saludo. Al hombre se le iluminó el rostro, y ambos empezaron a conversar amigablemente, cosa que hicieron durante los próximos quince minutos, disfrutando la compañía mutua.

Al observarlos, recordé el verdadero espíritu de la Navidad. Mientras aún conversaban amenamente, el joven se puso de pie y se quitó el chaleco, la camisa y una segunda camisa de manga larga que llevaba puesta abajo. Quedándose en camiseta, le dio entonces la camisa de manga larga al anciano, quien la aceptó de buena gana, y ambos siguieron conversando. Me bajé del tren en la parada siguiente, conmovida por la bondad del jovencito. Me sentí culpable por mi egoísmo, pero tuve el deseo de ser una persona mejor.

El Rey de reyes vino al mundo en las circunstancias más humildes, en un humilde pesebre. Al mundo se le dio un don precioso y salvador: el Hijo de Dios. Estoy agradecida por el don del Salvador en mi vida y por el recordatorio de Su amor y compasión infinitos por los hijos de Dios. En aquella Navidad, sentí el renovado deseo de ser más amable, menos egoísta y más semejante a mi Salvador Jesucristo.