Mi regalo a Jesús


“Demos presentes al nuevo Rey: nuestro gran amor y fe” (“Canción de los Pastores” Liahona, diciembre de 1993, Sección para los niños, pág. 8).

“¡Es hora de hacer la noche de hogar!”, exclamó papá.

Corrí hacia la sala; siempre hacíamos cosas divertidas en la primera noche de hogar de diciembre.

Mi hermana menor, Michelle, corrió por delante de mí, dio un salto y se sentó en el suave sillón azul.

“¡No es justo!”, exclamé. “Te sentaste allí la semana pasada, hoy me toca a mí”.

“Llegué primero, así que me puedo sentar aquí”, respondió. “Tú te puedes sentar en el sofá”.

“No me quiero sentar en el sofá”, dije irritada.

Salí enojada hacia la mecedora y la di vuelta para no tener que ver a Michelle. ¡A veces me hacía enojar tanto! Ella pensaba que podía tener todo lo que quisiera; y cuando yo me quejaba, mamá me decía que tenía que ser generosa.

Después de que nuestra familia cantó el himno y oró, papá dijo: “La Navidad es una época emocionante, y debemos recordar el verdadero significado de este día festivo. Esta noche vamos a empezar con nuestros regalos para Jesús”.

Nuestros regalos para Jesús. ¡Me había olvidado de eso!

“Celebramos la Navidad porque Jesús nació”, continuó papá. “Él hizo posible que nosotros recibiéramos el el regalo más grande: la vida eterna con el Padre Celestial”.

“¿Y qué nos ha pedido hacer a cambio?”, preguntó mamá.

“Seguirlo y guardar Sus mandamientos”, contestó mi hermano.

Mamá nos dio a cada uno una tarjeta y un bolígrafo. Se suponía que teníamos que escribir cómo le mostraríamos a Jesús que lo amamos. Ése era nuestro regalo, escoger algo que haríamos para ser más como Jesús.

Yo supe de inmediato cuál debía ser mi regalo. Jesús nos enseñó a amar a los demás, incluso si nos hacían enojar. Sabía que Jesús quería que amara a mi hermana, así que escribí: “Seré amable con Michelle”.

Pusimos nuestras tarjetas en una caja envuelta en papel dorado. Pusimos la caja debajo del árbol de Navidad, y cada vez que mirábamos la caja, debíamos recordar el regalo del Salvador para nosotros, y el nuestro para Él.

Unos días después, vi que Michelle se había puesto mi blusa favorita sin pedirme permiso. Me dieron ganas de gritarle, pero vi la caja dorada y recordé cuánto amo a Jesús. Le podía mostrar amor siendo amable con mi hermana. Dije: “Estás muy linda hoy, Michelle”.

Ella sonrió: “Siento no haberte pedido si podía usar tu blusa. No estabas aquí cuando me vestí y quería vestirme especialmente bien para la fiesta de Navidad de mi clase”.

Tuve un sentimiento cálido; estaba contenta de haber escogido ser amable con Michelle en lugar de enojarme con ella.

El resto del mes, intenté recordar ese buen sentimiento y mi meta de ser como Jesús. Mejoré en ser paciente y amorosa.

La Nochebuena, papá leyó la historia de la Natividad, y el resto de nosotros la representamos. Decidí ser el ángel en lugar de discutir con Michelle en cuanto a quién debía hacer la parte de María.

Después, abrimos la caja dorada y leímos nuestros regalos para Jesús en voz alta. Cuando leí el mío, mamá dijo: “He notado que has sido más amable con Michelle. ¡Estoy muy orgullosa de ti!”.

Yo también estaba orgullosa. Aún no había abierto ningún regalo, pero había recibido algo especial: un sentimiento del Espíritu Santo que me decía que había hecho lo correcto.

Élder Russell M. Nelson

“Durante esta época navideña, entre todas nuestras tradiciones navideñas, espero que nos centremos en primer lugar en el Señor Jesucristo”.

Élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Christ the Savior Is Born” [Ha nacido Cristo el Salvador], New Era, diciembre de 2006, pág. 2.