Hablamos de Cristo

Toda prueba puede traer mayor fe

Por Giorgia Murgia

La autora vive en Cerdeña, Italia.

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Cuando a los siete años me enteré de que mi padre había muerto en un accidente, oré por un milagro.

De niña, uno de mis momentos predilectos del día era esperar a que papá llegara del trabajo. Al asomarme por la ventana y verlo venir, contaba cada uno de sus pasos hasta que llegaba a casa, esperando entusiasmada la alegría que nos traía. Nunca pensé que tendría que vivir sin ese sentimiento.

Un día, cuando yo tenía siete años, en lugar de papá llegó un hombre con cara seria que se paró a la puerta y nos dijo que mi padre había muerto en un accidente.

Ese día permanecí en silencio; miré a mi hermano de cuatro años y a mi madre, tan jóvenes y solos, y no lloré; no pensaba que pudiera ser cierto, de modo que fui hasta la ventana y me quedé viendo la calle. Empecé a sentir una fuerza abrumadora sobre los hombros, un peso que no me permitía respirar normalmente, una presión que me sofocaba.

Poco después de la muerte de mi padre, me fui sola a mi habitación con la luz tenue del atardecer y, tal como se me había enseñado, oré a mi Padre Celestial; le supliqué que me permitiera ver a mi amado padre una vez más, para darle un abrazo. En el corazón tenía la certeza de que mi Padre Celestial podría concederme ese milagro.

Ese día no vi a mi padre ni lo abracé, pero se me concedió mucho más; fue como si hubiese sentido las manos del Salvador sobre mis hombros. Su presencia fue casi tangible al quitarme el peso que me oprimía el pecho.

Ilustración por James Johnson.

Ahora, más de veinte años después, nunca he dejado de sentir ese alivio. A veces he sentido tristeza, pero nunca vacío por la pérdida de mi padre. Puedo mirar hacia atrás y ver las muchas veces que el Espíritu ha venido a consolarme, ayudarme y mostrarme cómo seguir los benditos pasos del Salvador. Siento Su presencia en mi vida gracias a esa primera prueba, lo cual me ayuda a ver los problemas cotidianos con una perspectiva eterna. Sé que el tener el Evangelio en nuestra vida es lo que nos permite sentir la caricia invisible de la mano del Salvador.

Contraje matrimonio por la eternidad, y ahora mi esposo y yo tenemos tres niñas, quienes han traído un toque del cielo a nuestro hogar. Cuando las veo, me regocijo en la paz y el conocimiento de que toda aflicción, prueba y desafío de la vida puede brindar mayor fe, un nuevo testimonio y milagros maravillosos. Me regocijo en la profunda certeza de que cuando ellas necesiten algo que esté más allá de lo que mi esposo y yo podamos concederles, ellas serán protegidas, consoladas y salvas, tal como lo fui yo.